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El Papa en Filipinas

Algún encanto muy especial tienen las Islas Filipinas para que los últimos Papas le hayan demostrado una singular predilección.


La importancia de la visita Papal


El beato Pablo VI fue el primer Papa que visitó dicho país, acontecimiento que tuvo lugar en noviembre de 1970, y que por poco le cuesta la vida ya que fue entonces cuando un pintor boliviano intentó matarlo.

Pocas horas antes de morir, el Papa Juan Pablo I recibió a una comisión de obispos filipinos y aprovechó para decirles que las Filipinas tenían una vocación pendiente de ser cumplida: Convertirse en un faro que iluminase con la Luz de Cristo a todos los pueblos de Asia.

San Juan Pablo visitó dicho país en dos ocasiones: En febrero de 1981, con motivo de la beatificación de Lorenzo Ruíz, y en enero de 1995, cuando, en Manila, se alcanzó un récord nunca antes visto: La Misa allí celebrada por el Papa congregó a más de cinco millones de personas.

Pues bien, dentro de poco, será el Papa Francisco quien visite este país de más de cien millones de habitantes distribuíos en un archipiélago de más de siete mil islas.

Filipinas es el país de Asia que cuenta con mayor número de católicos y, dentro del Sacro Colegio Cardenalicio cuenta con tres cardenales.

Como todo pueblo católico, los filipinos son profundamente marianos y, en este caso, dicha devoción la manifiestan venerando, entre otras, a la Virgen de Antipolo.

Dentro de las devociones del pueblo filipino, destaca la del Santo Niño de Cebú representada por una bella imagen hecha en Flandes y que dejó allí el navegante Fernando de Magallanes cuando intentaba dar la vuelta al mundo.

La Virgen de Antipolo, el Santo Niño de Cebú y el Cristo de Quiapó son los tres imanes que atraen a los filipinos con una fuerza tal que les resulta muy difícil abandonar la fe católica.

Y eso que los filipinos tienen unos vecinos no solamente incómodos, sino incluso peligrosos: Los musulmanes que –como todos bien sabemos– son enemigos rabiosos del mundo cristiano.

La presencia musulmana es muy fuerte en la importante isla de Mindanao, tanto así que, desde allí, han salido grupos guerrilleros causando sangrientos atentados.

Sin embargo, a pesar tanto de la presencia musulmana como de estar rodeados por paganos idólatras, el pueblo filipino se mantiene dentro del catolicismo.

Estas circunstancias hacen que su fe adquiera el mérito propio de quienes viven en una región fronteriza en la cual continuamente se respira un ambiente bélico.

El hecho de que su primer santo, San Lorenzo Ruíz (su fiesta es el 28 de Septiembre) haya sido un catequista martirizado en el Japón en el siglo XVII, bien puede interpretarse en el sentido de que Filipinas está llamada a ser un país de misioneros dentro del inmenso continente asiático.

Eso explica tanto la predilección que le han mostrado los últimos Pontífices de la Iglesia Católica, como la presencia del Papa Francisco dentro de muy poco.

La presencia del Vicario de Cristo, aparte de confirmar en la Fe a un pueblo católico del Tercer Mundo, quizás obedezca a un viejo deseo que desde hace mucho tiempo se ha tenido allá en Roma.

Un deseo que se resumiría del modo siguiente: Convertir a Filipinas en una enorme plataforma misionera para evangelizar no solamente a los pueblos vecinos, sino para adentrarse nada menos que en el corazón de China.

Ni duda cabe que el pueblo chino recibiría con menos suspicacias a misioneros asiáticos que a otros llegados de lejanos puntos del planeta.

Esa podría ser la gran jugada de la Iglesia: Filipinas como antesala de China.

Ahora bien, ¿cómo fue que llegó el Evangelio hasta aquellas regiones tan distantes?

De eso hablaremos en nuestro próximo comentario, anticipando –ya desde ahora– el decisivo papel que jugaron México y España.

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