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Y los derechos humanos de los demás ¿quién los defiende?

La defensa de los derechos humanos es una de las banderas más populares a todo lo largo de nuestro ancho mundo; tanto así que quien no la enarbola, aparte de ser visto como un tipo carente de sensibilidad, es considerado como alguien fuera de época.


Los derechos humanos en México


Una causa que apasiona, que atrae, que deja quedar muy bien a todo aquel que empieza a protestar por las violaciones –reales o ficticias– que se han cometido en contra de esos derechos naturales que para el hombre son irrenunciables.

Defender los derechos humanos está muy bien visto. Es algo políticamente correcto.

Ahora bien, suele ocurrir que, en la defensa de esos derechos que se supone han sido atropellados, muchas veces se cometen violaciones en contra de los derechos de terceras personas.

Pongamos un ejemplo: Cuando un centenar de sujetos bloquean una avenida porque su empresa no les da un aumento de salario, en ese momento se atropella el derecho que tienen los automovilistas de llegar temprano a sus trabajos para que no los despidan o el derecho que tiene un enfermo de que la ambulancia lo lleve cuanto antes al hospital.

¿A cuántos miles de personas perjudican continuamente quienes bloquean la Autopista del Sol que conduce al Puerto de Acapulco?

El caso es que tanto bloqueo y tanta marcha arruinaron la economía de los acapulqueños, los hoteles recibieron miles de cancelaciones y también fueron miles quienes se quedaron sin las propinas que esperaban recibir durante la mejor época del año.

¿Acaso no se estaban violando los derechos humanos de esos miles de guías de turistas, maleteros, taxistas, recamareras, meseros, etc., que se quedaron sin ingresos?

Y si hablamos de las marchas de la CNTE que durante meses desquiciaron la capital del país, viene ocurriendo lo mismo: Gente que llegó tarde a su trabajo, enfermos cuya gravedad aumentó en el trayecto, alumnos que se quedaron sin clases, comercios saqueados, daños en la vía pública, etc., etc.

Esos miles y miles que, por causa de las protestas callejeras, vieron afectada su situación económica e incluso su salud… ¿no estaban siendo lesionados en sus derechos humanos?

¿Es justo que a un policía se le prohíba disparar al aire cuando es agredido y en cambio se tolere que los energúmenos de las marchas quemen patrullas, destruyan comercios de pequeños propietarios y ataquen a pacíficos transeúntes?

El caso es que se está tolerando la conducta abusiva de los revoltosos en demérito de los derechos civiles del ciudadano de a pie.

Dos pesas y dos medidas que solamente sirven para desanimar a quienes cumplen con su deber y para envalentonar a quienes violar la Ley resulta un deporte.

Y lo peor del caso es que se castiga con saña al policía que somete a un revoltoso al mismo tiempo que se suelta pidiéndole disculpas al anarquista capturado cuando incendiaba o destruía.

Una situación a todas luces injusta que si no se corrige a tiempo puede traer gravísimas consecuencias.

Una de ellas sería el que los ciudadanos, ante la torpeza cómplice de las autoridades, decidan hacerse justicia por su propia mano.

Ya hemos sabido de casos de linchamiento en que turbas enardecidas ejecutaron a ladrones, violadores y homicidas.

Por supuesto que condenamos tan bárbaro proceder puesto que nos coloca en el nivel propio de la ley de la selva, o sea, aquel en el cual es el más fuerte quien siempre gana.

Y todo porque la gente se siente insegura al ver cómo las autoridades nada hacen por defenderlas.

Urge remediar una situación que, aparte de injusta, es contradictoria.

Urge hacerlo cuanto antes, pues si la ciudadanía, en el momento de exigir justicia, se transforma en turba, entonces cualquier cosa puede ocurrir…

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