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Adiós a Murillo, oportunidad para la PGR

Se ha ido el Procurador de Ayotzinapa y de Tlatlaya, de la captura de Elba Esther Gordillo y la recaptura del “Chapo” Guzmán, de los arrestos de los ex gobernadores Fausto Vallejo y Andrés Granier. El Procurador en cuya guardia se liberó a Caro Quintero y a la “Reina del Pacífico” y se enfrentaron los casos del albergue de “Mamá Rosa” y Oceanografía.


Cambios en el gabinete


Será recordado por la insuficiencia de su respuesta ante la desaparición de los 43 normalistas de Tlatlaya, cuyo forzado carpetazo dejó en claro que no comprendió la trascendencia política y social de la mayoría de los desafíos de este principio de sexenio, por lo cual se exacerbaron algunos los problemas más complejos que ha padecido México durante las últimas décadas.

Pero se le recordará también y sobre todo por lo que no hizo, más que por lo que sí hizo, menos por su palabra y más por su vocación de silencio, evidenciada en su famosa frase “ya me cansé”, con la que cerró el diálogo en una rueda de prensa.

Aún en los casos en los que sí se actuó, fue evidente que se trató de actuaciones simbólicas, acciones de relumbrón que no atacaron la raíz de los problemas. Para quienes hemos dedicado parte sustancial de nuestra vida pública a combatir la corrupción, fue desesperante atestiguar que a los arrestos de figuras de renombre no le seguía el necesario “efecto dominó” que desarticulara las redes de poder que los sostenían.

Por dar un ejemplo claro: cayó Elba Esther Gordillo, pero no su aliado Miguel Ángel Yunes, contra quien presentamos una demanda penal con sobrados indicios que apuntaban a su enriquecimiento ilícito. Bajo esa misma lógica, tendríamos que asumir que el “Chapo” Guzmán, Vallejo, Granier, actuaron solos, sin apoyo de cómplices en las esferas del poder.

Teniendo eso en mente, como un nítido ejemplo a no seguir, esperamos que el nuevo liderazgo de la Procuraduría General de la República actúe con decisión y sin miramientos, desarticulando mafias completas y no sólo cabezas fácilmente sustituibles. Pues ya quedó claro que arrancar una cizaña no tiene efecto cuando sus raíces siguen carcomiendo al suelo de la patria, restándole fertilidad y haciéndolo propicio para la impunidad y la violencia.

Acabado el primer tercio del sexenio, hay una oportunidad para volver a empezar. Por el bien de México confiamos en que sea cabalmente aprovechada.

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