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Una casa desordenada no es igual a niños felices

"Si tu casa es un desorden, estás haciendo las cosas bien. (...) Los chicos son más felices". Me llamó la atención esa afirmación que leí en un artículo y que, por experiencia, no considero del todo correcta.


Familia


En mi casa suele haber desorden cierta parte del día: exactamente la parte del día que mis hijos ocupan en jugar. Claro que hay juguetes tirados por todas partes, crayolas, papeles rayados, cojines por los suelos, mantas y sábanas colgadas de las sillas y las mesas a modo de "casitas"; pero cuando la hora del juego termina, les pido a mis hijos que recojan lo que sea que hayan sacado. Es responsabilidad de mi hija –desde los cuatro años– dejar tendida su cama y recogida su habitación.

¿Por qué? ¡Pobres niños! ¿En lugar de tender su cama podrían aprovechar para jugar y así aprender? O, ¿qué tal que al ratito vuelven a necesitar ese cochecito, o esa muñeca? Ahí, en el piso, están más a la mano que en su lugar. Sí, tal vez es cierto; pero los niños no necesitan tener las cosas "a la mano". No se van a morir por caminar tres pasos más, abrir un cajón y sacar su juguete; en cambio, lo que sí necesitan es aprender a vivir en el orden, a valorar el trabajo de sus padres, a colaborar en casa, a dar y, por qué no, entender también el valor de las cosas.

Los defensores de la idea de "casa desordenada es igual a niños felices" afirman que lo importante no es que la casa esté limpia, o que los niños hayan roto el sillón, o que hayan jugado a la piñata con los adornos, sino que es justamente permitirles todo eso que los hace felices, pues tienen suficiente libertad para explorar el mundo. De aquí se me ocurren dos conclusiones derivadas de estas afirmaciones: primera, las cosas no son importantes, las personas sí; segunda, las personas somos más felices cuando no hay reglas y todo vale: ¿es eso realmente libertad?

La primera conclusión me parece correcta en la formulación, pero no en la aplicación concreta del caso que nos ocupa. A ver, claro que es mucho más importante la persona que las cosas. Si tu hijo se pega contra un baúl y se hace daño, no corres hacia el baúl para ver si el niño lo rompió; vas hacia el pequeño y todo lo demás es irrelevante... Sin embargo, los chiquitos deben de aprender a cuidar las cosas, porque, más allá de las cosas en sí mismas, alguien (papá o mamá) trabajó duro para poder comprarlas. Es decir, detrás de las cosas hay alguien, una persona, que merece nuestro respeto y nuestra gratitud.

Enseñarles a los niños a cuidar las cosas es enseñarles a respetar y valorar el trabajo de los demás, es, justamente, poner a las personas por delante de las cosas. ¿Qué importa que rayen las paredes si eso los hace felices? Bueno, la pared no importa tanto como el hecho de que papá dedicó varias horas de su tiempo a pintarla la primera vez que la rayaron accidentalmente; deben entender que las paredes no se rayan, que tienen que respetar el entorno que no sólo es suyo, sino también de los demás miembros de la familia. ¿Qué importa que lleguen del jardín con los zapatos llenos de lodo y que manchen el piso de la cocina? Pues el piso es bastante irrelevante, lo que importa es que mamá se esforzó mucho en dejarlo limpio... ¿Qué importa que mientras juegan a la pelota dentro de casa, rompan un adorno? El adorno se puede sustituir por otro, lo que de verdad importa es que papá trabajó duro para ganar el dinero que se necesitaba para comprar ese adorno y mamá se esforzó en ahorrar para poder tener algo bonito que mejorara el entorno familiar.

Muchos padres tendrán la tentación de no hacer nada, porque los niños de todas formas van a pintar la pared, van a ensuciar el piso de la cocina (y básicamente el de toda la casa), y van a jugar a la piñata con los adornos. Mejor no pintar la pared, ni limpiar el suelo, ni preocuparse por decorar la casa, ¿no? Sucede que los padres muchas veces nos escudamos en nuestros hijos para explicar nuestros propios defectos. Cuidemos de no justificar nuestro cansancio y falta de energía para poner límites, con un "es que son niños y así son felices". Son niños, no cavernícolas. Los padres tenemos el reto de encontrar el equilibrio entre permitirles disfrutar su niñez, y a la vez enseñarles a ser responsables, cuidadosos, civilizados, respetuosos... La solución no es permitir que nuestra casa parezca siempre zona de guerra.

Las cosas son lo de menos, claro. Si una cosa sale lastimada en un accidente, no pasa nada, pero si las cosas son destruidas porque no hemos enseñado a nuestros hijos a cuidarlas, entonces, a los que en realidad hacemos daño es a nuestros hijos porque les estamos quitando la oportunidad de reconocer y valorar el esfuerzo de los demás.

La segunda conclusión es falsa. Las personas NO somos más felices cuando no hay reglas y todo vale. Si bien todos necesitamos normas para poder ser felices, esta afirmación es particularmente cierta cuando nos referimos a los niños: ellos necesitan pautas claras para sentirse seguros. La ausencia de preceptos no es libertad, sino libertinaje, y lleva a la anarquía, la anarquía al caos, y el caos a la desesperación.

El ser humano es un ser social por excelencia; sin los demás no podemos ser felices. Nuestros niños necesitan que papá y mamá les enseñen a vivir en sociedad. Pero, ¿cómo esperamos que nuestro hijo sea civilizado en la casa de unos amigos cuando en su propia casa no han aprendido a cuidar y a comportarse como personas?

Si no somos capaces de vencer en lo poco, tampoco lo seremos de vencer en lo grande, en lo importante. Puede parecer una nimiedad el dejar la cama tendida y la casa en orden, pero no lo es, pues todo eso es el inicio de la adquisición de hábitos que impactarán el resto de nuestras vidas. El orden exterior ayuda a vivir en orden interior, a ser organizados y valorar la belleza, a vivir en armonía y aprovechar mejor el tiempo. Cuando todo está en orden la vida es más grata. Claro que esto supone un mayor esfuerzo por parte de mamá y papá. No es justo que las reglas sólo apliquen para los pequeños; nosotros tenemos que demostrarles que también debemos cumplirlas, pues la primera fuente de formación para los hijos es el ejemplo.

Padres, hay momentos para todo: hay tiempo de jugar (y de tener la casa hecha un desastre), hay tiempo de recoger (y enseñarles a los niños a vivir en orden), tiempo de hacer los deberes (los de los niños y los de los adultos), tiempo de esparcimiento (televisión, lectura, deporte), pero siempre es tiempo de formar. En cada situación, en cada actividad, siempre tendremos la oportunidad de dejarles a nuestros hijos un valor, una idea, una convicción. Sólo tenemos que esforzarnos el doble hoy, para no tener que lamentarnos mañana.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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