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¿Cómo está la comunicación en tu familia?

Escuché hace poco a un experto decir: “La familia está más comunicada que nunca gracias a los avances tecnológicos y redes sociales, pero tristemente más alejada que nunca”.



Parece algo fácil y a la vez resulta difícil en el día a día. Veremos el porqué:

Las personas nos relacionamos a través de la comunicación que se hace mediante el lenguaje ayudado por gestos y movimientos del cuerpo.

El lenguaje es el primer sistema de señales que emplea el hombre para relacionarse con su medio y para aprender lo que le rodea. El niño, desde la más temprana edad, aprende a identificar los primeros sonidos y su significado y distingue el tono con el que se le habla. Hacia los nueve meses, sabe si sus padres están enojados o lo tratan con afecto y cariño.

Además del lenguaje, contamos con gran cantidad de mecanismos para manifestarnos y ponernos en contacto con los demás: los gestos, las miradas, la expresión de la cara. No sólo es lo que decimos con palabras, sino lo que expresamos no verbalmente, poniendo de manifiesto actitudes, sentimientos, predisposiciones y motivaciones.

Desde los primeros momentos de la vida, el bebé capta la intensidad del afecto, aprecia si se le aguanta o se le abraza; valora el tono afectivo de la mirada del adulto cuando le acerca el juguete. Lo mismo ocurre entre las personas adultas y entre los miembros de una familia.

Cuando se trata de la comunicación entre padres e hijos, se puede fácilmente caer en dos formas extremas de diálogo: hablar demasiado o no hacerlo.

Hay padres que, con la mejor de las intenciones, procuran crear un clima de diálogo con sus hijos e intentan verbalizar absolutamente “todo”; se convierten en interrogadores, en sermoneadores, o en ambas cosas. Los hijos acaban por no escuchar o se escapan con evasivas. En estos casos, se confunde el diálogo con el monólogo y la comunicación con el aleccionamiento. “Les entra por un oído, y les sale por el otro”.

Hay que saber guardar “silencio”, es un elemento fundamental para el diálogo, ya que da tiempo al otro a entender lo que se ha dicho y lo que se ha querido decir. Un diálogo es una interacción y, para que sea posible, es necesario que los silencios permitan la intervención de todos los participantes.

Junto con el silencio está la capacidad de escuchar. Hay quien prescinde de lo que dice el otro, hace sus exposiciones y da sus opiniones, sin escuchar las opiniones de los demás. ¿Qué pasa? Se pierde la motivación por la conversación: si mis padres no toman en cuenta mis opiniones… dejo de hablar.

Evita los discursos

Esta situación es la que con frecuencia se da entre padres e hijos. Los primeros creen que estos últimos no tienen nada que enseñarles y que no pueden cambiar sus opiniones, los escuchan poco, o si lo hacen es de una manera inquisidora, sobre todo cuando son adolescentes.

A través del diálogo, padres e hijos se conocen mejor, conocen sobre todo sus respectivas opiniones (aunque no estén de acuerdo), y esto se fomenta con la convivencia en familia, es decir, es mucho más lo que se aprende “viviendo y conviviendo” que verbalizando.

Hay que tener presente que la familia es un punto de referencia vital para el niño y el joven: en ella puede aprender a dialogar y, con esta capacidad, favorecer actitudes tan importantes como la tolerancia, la asertividad, la habilidad dialéctica, la capacidad de admitir errores y de tolerar las frustraciones.

¿Por qué es importante la comunicación en la familia?

Porque no sólo trasmitimos información, sino sentimientos, pensamientos, emociones y actitudes, que hacen que nos unamos y apoyemos, o bien, que nos alejemos e ignoremos.

Algunas ideas que pueden ayudarte para que la comunicación mejore en tu hogar:

- Dar información positiva: hacer lo posible para que lo positivo domine a lo negativo.

- Ser recompensante: hacer saber al otro cuando hace algo bueno.

- Entrenarnos para mejorar nuestras habilidades de comunicación. Si tienes problemas para relacionarte en tu familia, puedes mejorarlos.

- Empatizar o ponernos en el lugar del otro.

- Dar mensajes consistentes y no contradictorios.

- Saber escuchar con atención.

- Expresar sentimientos (aunque seamos los padres).

- Crear un clima emocional que facilite la comunicación.

- Pedir la opinión de los demás.

Esto, sin duda alguna, ayudará a que en tu familia se viva un ambiente más cordial, tranquilo y feliz, para que cada uno de los miembros: padres e hijos lo reflejen en su trabajo, escuela o al lugar donde se desenvuelven.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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