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¿El árbol… o los bosques?

Julio fue designado en 1957 como “Mes del Árbol” y comentábamos que no debería ser sólo del árbol, sino “Mes del Bosque”, ya que un árbol no es suficiente. Se requiere del bosque y más bien de los bosques, para que pueda subsistir la vida. Bien lo dice nuestro lema:


Julio Mes del Bosque


“Donde hay Bosques, hay Agua y Aire puro; donde hay Agua y Aire puro, hay Vida”.

Nunca nos ponemos a pensar en la acción tan maravillosa de los bosques, para que puedan existir las condiciones adecuadas para que se desarrolle la vida en todo su esplendor, que de hacerlo los apreciaríamos verdaderamente.

El papel que desempeña el bosque en el ciclo hidrológico es fundamental. Empecemos por mencionar que el bosque en su fotosíntesis suelta una cantidad enorme de oxígeno y a su vez toma el anhídrido carbónico (CO2) de la atmósfera, convirtiendo el carbono en madera. Esta acción purifica la atmósfera al eliminar gases contaminantes y soltar a su vez oxigeno purificador. Mientras más bosques tengamos, mayor será esta acción purificadora.

En la evapotranspiración el bosque suelta una cantidad enorme de agua a la atmosfera, que enriquece la cantidad de agua que en las nubes viene de los mares, y al mismo tiempo produce un efecto de enfriamiento que favorece la condensación del vapor de agua de las nubes que en forma de lluvia alivia la sed de la tierra. Regulando esta precipitación, evita los tremendos aguaceros y captando por medio del suelo vegetal del bosque el agua, con lo que no habrá escurrimientos superficiales broncos que al irse uniendo en los cauces provocarían erosión, deslaves e inundaciones, con aguas no aprovechables que sólo acarrean muerte y desolación. El agua retenida por el suelo vegetal del bosque se infiltra, enriquece los acuíferos subterráneos y forma con los manantiales cauces continuos aprovechables totalmente. Teniendo así el hombre suficiente agua disponible para la agricultura, la ganadería, la industria y el consumo doméstico.

Si desaparecen nuestros bosques o se reducen mucho, se corta un eslabón importante del ciclo hidrológico con todas sus funestas consecuencias. La evaporación del agua en los mares seguirá, los vientos llevarán las nubes sobre tierra firme, pero al llegar sobre terrenos talados convertidos en verdaderas parrillas, el aire caliente ascendente las dispersará y serán llevadas a otras partes donde se precipitarán en forma torrencial. Los bosques hubieran provocado –con corrientes frescas de aire ascendentes producidas por la evapotranspiración– la condensación del agua en las nubes, provocando una benéfica y tranquila lluvia.

Pero los bosques no sólo regulan la precipitación pluvial, sino también regulan el clima. Reducen el sobrecalentamiento y con él los tremendos cambios climáticos, que cada vez cobran más víctimas y pérdidas económicas. Sólo basta fijarse en los huracanes que cada vez son más numerosos, frecuentes y violentos. Luego están las tremendas sequias en grandes zonas, perdiéndose cosechas y gran número de ganado que muere de hambre y sed. Por otro lado, lluvias torrenciales con inundaciones, deslizamiento de cerros completos, enterrando viviendas y moradores, nuevamente pérdidas de cultivos y de ganado, que en lugares como en Paraguay en el Rio Paraná muere bajo las tremendas mandíbulas de las pirañas al tratar de llegar a nado a tierra firme. Quien no ha sentido en carne propia lo aterrador que pueden ser los cambios climáticos, no es capaz de imaginárselo siquiera.

Los bosques son las armas más efectivas para evitar todo este tremendo daño y, por otro lado, para brindarnos todos los beneficios, que redundan en progreso, bienestar, tranquilidad, combate a la pobreza y el hambre.

¿Qué esperamos para realizar lo necesario para recuperar la superficie de bosques que teníamos a principios del siglo pasado, por lo menos?

Un dicho muy mexicano dice que “de acuerdo con el sapo es la pedrada”  y otro “a grandes males, grandes remedios”.  Presumen de plantar muchos arbolitos en sus llamadas campañas de reforestación, pero muchas veces no basta con hacer mucho, sino que hay que hacer lo suficiente y lo llamado mucho, puede no ser suficiente.

El trabajo requiere una atención especial, no hay que minimizar el problema, porque la solución que se proyecte no será suficiente. Hay que darse cuenta del problema en toda su magnitud y darle prioridad sobre cualquier otro problema.

La superficie de México tiene una clara vocación forestal, el 70% estaba cubierta de bosques, durante el siglo pasado perdimos más del 90% de nuestros bosques. En 1994 Salinas de Gortari, en una reunión mundial del medio ambiente en la Selva Lacandona, afirmó que en los últimos 30 años (1960 a1990) habíamos perdido el 80% de nuestros bosques, lo que confirma lo anterior, porque las pérdidas al principio eran menores, aumentando paulatinamente. En 1996, festejándose en la Ciudad de México el Día mundial del Medio Ambiente, Elizabeth Dowdeswell, al frente del PNUMA (Programa de las Naciones Unidas del Medio Ambiente) para Centroamérica y el Caribe, delante del Presidente Zedillo afirmó que México perdía 1 millón 470 mil hectáreas de bosques al  año (el gobierno citaba 300 mil hectáreas).

Designemos a Julio como “Mes de los Bosques”, no sólo del bosque y menos del árbol. Son bosques los que necesitamos y son bosques los que podemos tener nuevamente. Pero para eso hace falta hacer a un lado la corrupción, superar la cultura de la muerte, que es la base de la primera. Como dice Ángela Merkel, Canciller de Alemania, tenemos que regresar a nuestros orígenes, a nuestras raíces cristianas, a Cristo, a leer la Biblia. Tenemos que recuperar nuestros valores, no perder nuestra identidad.

“Donde hay Bosques, hay Agua y Aire limpio; donde hay Agua y Aire puro, hay Vida”.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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