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Defensa del Cielo

«No es que quiera hacer la bestia, pero no le encuentro sentido a la dicha de los ángeles». La frase es de Albert Camus, el pensador francés, y la dejó para siempre allí, en El verano, la obra de arranque de su carrera literaria. Pero, ¿realmente es sosa la dicha de lo ángeles? Y si es sosa, ¿por qué razón lo es?


México; defensa del cielo


Para Simone de Beauvoir el cielo debe ser aburridísimo por dos razones: primero, porque el cielo «es el reposo, la trascendencia abolida, un estado de cosas que se da y no puede ser superado» (Pirrus et Cineas); y, segundo, porque el hombre es por naturaleza inquietud, desasosiego, movimiento: ¿qué va ir a hacer un hombre al cielo?, ¿cómo se adaptaría a él?; no, no se adaptaría; más bien se moriría de nostalgia, de tedio, de aburrimiento. Cielo y hombre –dice la novelista filósofa- son como aceite y agua: no están hechos el uno para el otro.

Y, por lo demás, ¿cómo es el cielo? Nadie ha podido decírnoslo. Para imaginarnos el infierno no nos falta imaginación, pero del cielo no sabemos nada. Dante mismo, según nos dicen los que saben, fue más poeta describiendo el horror que cantando la gloria. «Menos divina es la Comedia cuando su teatro es el Paraíso, que cuando lo fueron el Infierno y el Purgatorio –dice don Eugenio d’Ors, el pensador español-. Su cantor, alma de amargura, fue más excelente en el denuesto que en la loa». Otro escritor, para explicar esta anómala situación, dijo así para justificar tanto a Dante como al cielo: «El ser humano, acorde a sus inclinaciones tenebrosas, posee un poder imaginativo mucho mayor en el terreno de lo horroroso que en el beatífico» (Franz Werfel). Y en sus Glosas de Sigüenza dice también Gabriel Miró: «Los artistas traducen en la piedra, en los retablos, en los vitrales, en las miniaturas, la delirante obsesión del suplicio de las almas. El paraíso, no; casi siempre escasea la glosa plástica y literaria de la bienaventuranza. Más que ansia de paraíso, siéntese miedo de infierno. La fantasía más inflamada se alimenta siempre de realidades, y el artista tiene más documentos de dolor que de felicidad». Son explicaciones válidas, después de todo.

Cuenta una historia judía que una vez Abrahamino Bloom, aburridísimo como estaba en el paraíso, fue a pedir audiencia al Todopoderoso:

-Señor del mundo, estoy harto. Me aburro enormemente.

-¡Cómo! ¿Te aburres aquí, en medio de serafines, arcángeles, potestades y profetas?

-La verdad es que sí. Quisiera algo diferente. Me gustaría regresar a París. ¡Ay, cómo se divertía uno en los tugurios de París!

-De acuerdo –concedió el Altísimo-. Ve adonde el arcángel Gabriel y pídele un boleto de ida y vuelta a París, abierto para quince días.

Abrahamino fue volando a París, se divirtió como loco –un poco así como se divierten nuestros jóvenes en los penumbrosos antros posmodernos-, y el último día de su estancia en la tierra se encontró en la calle a uno de sus amigos.

-¡Qué cara más sombría tienes, Abrahamino! ¿Te sucede algo?

-Estoy terriblemente preocupado, amigo mío. Nadie ha querido comprarme un boleto de ida al Paraíso.

-Comprendo, comprendo –dijo el amigo -. Pero, ¿y si lo regalas?

-Ya lo intenté, pero no lo aceptan ni gratis.

¡Y para que un judío no quiera algo ni gratis, algo debe andar mal allí!: tal parece ser la moraleja de la historia (tomada, precisamente, de un libro de chistes judíos).

Sería interesante investigar de dónde nos habrá venido la idea de que el cielo es aburrido. ¿De las descripciones de los teólogos o de la iconografía? Sin embargo, es verdad: la actitud estática, arrobada, ha sido siempre la actitud en la que se ha representado a los santos. Me preguntó en cierta ocasión una mujer: «¿No cree usted que será muy aburrido estar en esa posición por toda la eternidad?». Acababa de ver una pintura de San Ignacio de Loyola en pleno éxtasis místico y quería saber si a ella le esperaba lo mismo en caso de salvarse. Estaba en verdad preocupadísima, pues tanta beatitud le resultaba insoportable. Mucho más despreocupado fue Mark Twain, quien, en un acceso de ironía, declaró: «Al paraíso lo prefiero por el clima; al infierno, por la compañía».

Pero si en este momento aquella señora volviera a hacerme su pregunta, le respondería citando a Alain, el filósofo francés, quien dijo así en uno de sus libros: «La felicidad es un estado que no desearíamos que acabara nunca». El hombre feliz no busca el movimiento, no quiere cambios ni innovaciones: está bien como está. Desearía que su felicidad no tuviera fin: exactamente como le sucede a los bienaventurados. Ellos menos que nadie desearían un cambio en el orden de las cosas; son empecinadamente conservadores: a toda costa querrían eternizar su statu quo por los siglos de los siglos. Y le citaría también al filósofo italiano Remo Cantoni: «El hombre feliz es aquel que no quiere evadirse de su propio estado. Por eso la perfecta beatitud es la perfecta quietud». Los antiguos pintores no se equivocaban, y además no es preciso exigirles tanto: representar a los bienaventurados eternamente quietos e inmóviles era la única manera que tenían de decir que eran perfectamente felices, que no deseaban otra cosa pues estaban bien así.

Reloj, no marques las horas porque voy a enloquecer, cantaba el enamorado de la canción. Ahora bien, ¿por qué quería el enamorado que las horas no pasaran? Porque llegaría el momento en que habría de separarse de la mujer que amaba. Lo mismo pedía Goethe: «¡Instante, detente: eres tan bello!», sin ningún resultado, pues el tiempo seguía transcurriendo como si tal cosa. Pero a Dios sí lo obedece. Y a ese instante detenido para siempre lo llamamos simplemente eternidad.

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