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Historia de rabinos

Refiere el filósofo judío Martin Buber (1878-1965) en uno de los volúmenes de sus leyendas jasídicas que, una vez, el futuro Rabí Isaac, movido por una sed inextinguible de sabiduría y santidad, tomó la firme determinación de emprender un largo viaje para ir a sentarse a los pies de Rabí Shmelke, un maestro apreciadísimo entre los judíos piadosos de la Polonia del siglo XVIII. Mas como realizar un viaje semejante implicaba separarse por largo tiempo de su mujer y de sus hijos, su suegro hizo de todo por disuadirlo. Lo previno, lo amenazó, lo hizo imaginarse diez mil calamidades, esgrimió contra él todas las armas de la retórica griega y aun de la judía, pero no consiguió con ello sino que Isaac defendiera sus posiciones aún con más firmeza. Pese a todo, Isaac se iría, y contra esto no había nada que hacer.



Pasaron muchos meses, y cuando el suegro se enteró de su regreso, fue a recibirlo acompañado de un criado a las puertas de la ciudad.

-Y bien, Isaac, ¿qué fue lo que aprendiste? –le preguntó después de que se hubieron dado los mil y un abrazos de rigor.

-Aprendí -respondió el yerno- que existe el Creador del Universo.

El suegro no podía creer lo que estaba oyendo.

-¡Ah!… ¿Y para descubrirlo tenías que haberte ido tan lejos? ¡Aquí mismo un niño de brazos te hubiera podido decir que existe el Creador del Universo!

El suegro hizo entonces a su acompañante una seña para que se acercara.

-Dinos, Samuel, ¿sabes tú si por casualidad existe el Creador del Universo?

-¡Claro que existe el Creador del Universo, bendito sea!, exclamó el criado. ¡Pobre de mí si no lo creyese!

El suegro esbozó una sonrisa y dirigió a su yerno una mirada cargada de ironía.

-Y, sin embargo, Samuel no ha tenido que salir de casa, abandonando irresponsablemente a su mujer y a sus hijos, para aprender una verdad que aquí cualquier pastor o carbonero hubiera podido enseñarle…

-Por supuesto, por supuesto, exclamó Isaac. Todos dicen saber que existe el Creador del Universo. Pero, ¿cuántos saben exactamente lo que eso significa?

Existe el Creador del Universo. Esto es muy fácil decirlo. De hecho, todos los domingos, durante la Misa, los católicos recitamos en voz alta: «Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible». También nosotros, como el criado del cuento, confesamos y sabemos que existe el Creador del Universo. Pero, ¿sacamos de esta verdad todas las consecuencias?

Confesar que Dios es creador significa creer que todo cuanto existe ha sido querido por Él, y que yo mismo, en tanto existente, sólo podré comprender el misterio de mi ser aceptando el hecho de haber sido querido. En el mundo de Dios no existe más que lo que Él quiso, y en este mundo estoy también yo. El azar, la necesidad, el acaso, no pueden explicar satisfactoriamente mi presencia en el universo.

Es verdad que, de rastrear en sus orígenes, más de alguno podría descubrir que su nacimiento ha sido debido a un error de maniobra, a un tren que no llegó, a unos aros dorados, a una debilidad de la carne –como sucedió con los compañeros de Jean Guitton cuando jugaron juntos al juego del destino–; sin embargo, aun cuando alguien llegara a descubrir que su vida no estuvo planeada ni fue esperada, siempre podrá ir más allá y decir: «En efecto, yo no entraba en los planes concretos de mis padres, pero entraba en los de Dios. Aprovechando un descuido, o un error de cálculo, o un fallo en la maniobra, Él introdujo mi persona en este mundo».

Me dijo alguien una vez: «Desde que descubrí que no había sido querida, la vida ha perdido toda importancia para mí. No quiero vivir más». Mi interlocutora había leído en algún libro o escuchado en algún lugar que nuestra futura felicidad dependerá siempre y necesariamente de la alegría con que fuimos recibidos por nuestros padres en el momento de nacer. ¡Tonterías! Sí, es importante que nuestros padres nos reciban con amor y calor; que nos esperen, por decirlo así. Pero si uno no tuvo esa suerte, ¿qué? ¿Se acabó el mundo para él? Más allá del querer de nuestros padres está el querer de Dios: Él nos quiso, y saber esto es suficiente al menos para no amargarnos.

Como dice bellamente Anselm Grün en uno de sus libros, «tenemos que estar muy agradecidos por las buenas experiencias de nuestro padre y de nuestra madre, pero no debemos sujetarnos y agarrarnos firmemente a ellas, sino devolver a nuestros padres lo que ellos nos regalaron. Nos dieron la vida, la educación, la base para nuestra profesión. Tenemos que agradecerles las raíces de las cuales ha podido brotar el árbol de nuestra vida, pero no les debemos nuestra individualidad, nuestro ser único e irrepetible: esto se lo debemos sólo a Dios» (Caminos hacia la libertad).

Con esto quiso decir Anselm Grün, el monje benedictino alemán, que no pertenecemos ni siquiera a nuestros padres, sino ante todo a Dios, que fue quien nos quiso en este mundo. Y nos quiso de tal manera que, sin Él, nuestros padres no hubieran podido nada.

Exclamó San Agustín (354-430) lleno de alegría, dirigiéndose al Señor: «Me creaste porque me amaste». Esa es la única verdad con respecto a nuestras vidas. De otra forma no estaríamos aquí. Y creer esto firmemente, sin sombra de duda, es lo que significa, en definitiva, saber que existe el Creador del Universo.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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