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Incendio en alta mar

Lo cuenta Viktor E. Frankl (1905-1997), el gran psicólogo vienés, en uno de sus libros: «Un negro condenado a trabajos forzados a perpetuidad fue embarcado en Marsella con destino a la Isla del Diablo. En alta mar estalló un incendio en el barco que lo conducía con otros presos. El negro, que era extremadamente vigoroso, fue liberado de sus grilletes y salvó la vida de diez personas. Más tarde lo indultaron. Si todavía en el muelle de Marsella, al embarcarse rumbo al presidio, alguien le hubiera preguntado si creía que su vida tenía algún sentido, probablemente habría contestado que no».



Y concluye el doctor Frankl: «Nadie puede saber si tiene o no algo que esperar de la vida y qué horas grandes le aguardan en ella todavía».

La vida es una sucesión ininterrumpida de sorpresas. Hoy no sé lo que tendrá lugar mañana. Es posible que el presente me parezca sumamente desagradable, monótono e incluso absurdo, pero del mañana no sé nada.

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860), al escribir su “Eudemonología o tratado acerca de la felicidad”, sentenció que una vida feliz es aquella que, «tras una madura y fría reflexión, ha decidido que es mejor la existencia a la no existencia».

Pero supongamos que el día de hoy, movido por quién sabe qué inquietud existencial, me pongo a hacer un balance lo más objetivo posible de lo que ha sido mi vida hasta este momento. En una columna escribo, por ejemplo, las cosas agradables, y en otra las desagradables y dolorosas. Supongamos, también, que llego a descubrir que hasta el presente he sido más infeliz que feliz. Supongamos que así fuera; ahora bien, ¿tendría por eso derecho a emitir un juicio como el que sugiere Schopenhauer?, ¿podría decir, sin cometer una injusticia, que es mejor la no existencia a la existencia?, ¿y cómo podría hacer un juicio semejante si aún no he vivido toda mi vida? Conozco, es verdad, mi pasado, pero no sé nada del futuro, y éste también es parte de lo que debo llamar mi vida; ¿cómo juzgar entonces lo que todavía no conozco? Decir que es mejor la no existencia a la existencia sólo puede uno hacerlo en el lecho de muerte y apenas un segundo antes de exhalar el último suspiro.

Yo no puedo juzgar el futuro por la sencilla razón de que todavía no lo he vivido. Es posible que me lo imagine, pero siempre correré el riesgo de representármelo justamente como no será. El prisionero de la historia de Frankl pudo haberse dado un mazazo en la cabeza antes de poner los pies en el barco: siendo sinceros, objetivamente había pocas razones para esperar un cambio, aunque fuera mínimo, en el rumbo de las cosas.

Hoy se habla mucho de vivir el momento, y está bien. Creo firmemente que no puede haber verdadera dicha si no aceptamos ser contemporáneos del momento presente. Pero hay que tener cuidado, pues si no lo vivimos con una cierta dosis de relativismo (ese sano relativismo que nos hace decir de ciertas situaciones: «también esto pasará»), puede hacernos ir a dar a un barranco peligroso, a una trampa mortal.

«Es bastante grave, pero si pasa de hoy, creo que se salva», dice el doctor al marido atribulado en un relato de Mario Benedetti (Sábado de gloria). También el desesperado: lo que le ocurre es bastante grave, pero si pasa de hoy, se salva. Es más, debe ser capaz de pasarlo, renunciar a colgarse hoy de la viga más alta del techo. ¿Quién puede asegurarle que mañana no se solucionará eso que tanto le preocupa?

Cuando Agar, la esclava, fue despedida de la casa de Abraham debido a los celos que Sara sentía por ella, echó a caminar por el desierto de Berseba con el hijo del patriarca oculto en su regazo. Llegando a un punto del camino, el agua empezó a faltarles y, no sabiendo qué otra cosa hacer, la pobre mujer «puso al niño bajo una mata, y ella misma fue sentarse enfrente, como a un tiro de arco, pues decía: “No quiero ver morir a mi hijo”. Sentada, pues, enfrente, se puso a llorar a gritos».

¿Qué esperanza había para esta desamparada? Ninguna. Todo estaba perdido. Y ya esperaba la muerte cuando «oyó Dios la voz del chico, y el ángel de Dios llamó a Agar desde los cielos y le dijo: “¿Qué te pasa, Agar? No temas, porque Dios ha oído la voz del chico en donde está. ¡Arriba!, levanta al chico y tenle de la mano, porque he de convertirle en una gran nación”. Entonces abrió Dios los ojos de ella, y vio un pozo de agua… Dios asistió al chico, que se hizo mayor y vivía en el desierto, y llegó a ser un gran arquero». (Génesis 21, 1-21).

Si apenas unos minutos antes se le hubiera preguntado a Agar si vivir para ella tenía sentido, con toda seguridad habría respondido que no; en cambio ahora… Pues bien, sí, éste es nuestro Dios: un Dios que cambia sorpresivamente la suerte de sus hijos, que irrumpe repentinamente y sin avisar.

Que viva pues el presente. Pero que viva también el pasado con todo lo que tuvo de bueno y de bello y de difícil; y que viva también el futuro con lo que tiene de incierto y lo que tendrá de diferente. Aun cuando nos embarquemos con destino a la Isla del Diablo, donde nos aguarda una vida de trabajos forzados, siempre podremos esperar que en el último momento se desencadene una tormenta y cambie el rumbo de la nave. ¡Ni siquiera cuando ésta empiece a perderse en el horizonte tenemos derecho a pensar que todo está perdido!

Enseñaba a sus discípulos Rabí Nahmán de Breslau: «¡Nunca desesperes! Está prohibido abandonar la esperanza. Recuerda: las cosas pueden pasar de lo peor a lo mejor en un abrir y cerrar de ojos».

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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