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La era de las incomunicaciones

Lo cuenta Sigmund Freud (1856-1939) en su “Introducción al psicoanálisis”. Una vez, un niño que tenía miedo a dormir solo en su habitación llamó desde su cama a una de sus tías:



-Tía, tía, háblame, tengo miedo. Está muy oscuro.

Y la tía, que lo escuchaba desde el otro lado de la puerta, le respondió así:

-¿Y de qué sirve que te hable, querido, si no me ves?

Y el niño:

-Háblame. Es que cuando me hablan se hace más claro.

¡Ay, sólo cuando nos hablan la vida se hace más clara y la noche menos espesa! La palabra humana es compañía, agua para el viaje en el desierto, píldora contra los nervios, elíxir de larga vida. ¡Qué insoportable sería la vida si nadie nos hablara! Haga, haga usted la prueba: vaya a una ciudad donde nadie lo conoce y verá cómo se siente muy pronto al borde de un ataque de nervios.

Nuestra existencia tuvo su origen gracias a una Palabra divina («¡Existe! ¡Sé!»), y sobrevive gracias a las palabras. Cuando alguien nos habla, algo se despierta en nosotros: acaso el recuerdo de aquella Palabra originaria que nos sacó de la nada y nos hizo ser.

Según Platón, el filósofo griego, en el alma de todo hombre habita el recuerdo (casi sería mejor decir la nostalgia) de las ideas puras que había contemplado en el Hiperuranio antes de su caída en este mundo. ¿Pero, no será, más bien, que lo que añora es volver a oír esa Palabra que lo creó y por eso se emociona tanto al oír lo que más se parece a ella: las palabras, las simples y sencillas palabras humanas?

¡Claro que hay diferencias entre el habla humana y el habla divina! He aquí lo que, a este respecto, escribió el poeta mexicano Octavio Paz (1914-1996): «Los hombres hablamos palabras que designan esto o aquello; no decimos cosas, sino nombres de cosas. Por esto, las palabras tienen sentido, dirección: son puentes entre nosotros y las cosas y los seres del mundo. Cada palabra apunta hacia un objeto o una realidad fuera de ella. El lenguaje nos relaciona con el mundo, sus cosas y sus entes. Los dioses, en cambio, según nos cuentan las cosmogonías, hablan estrellas, ríos, montañas, caballos, insectos, dragones. Para ellos hablar es crear... Los dioses, al hablar, producen; los hombres, al hablar, relacionan».

En efecto, los hombres cuando hablan no crean, pero se acercan a los otros. Hablar es relacionarse, y sin el calor que aportan las palabras, nuestras vidas se marchitan. La palabra es como un lazo que une a dos seres que se encuentran, una especie de hilo invisible salido de sus bocas (según la representaban los aztecas en sus códices) que los aproxima y los liga. «Si hablo solo es porque siempre estoy solo. Al hombre le es necesario el diálogo», dice casi llorando Louis, el viejo avaro, en una novela de François Mauriac (“Nudo de víboras”). Sí, el hombre es un ser de palabra, y si no hay en este mundo nadie que le hable y le responda, se pondrá al final a platicar con las piedras, y entonces se dirá de él que está loco. Pero no es locura: es simplemente falta de diálogo, carencia de interlocutores.

Y, no obstante esto, hemos de reconocerlo: cada vez nos hablamos menos. Pareciera que conforme las máquinas de comunicar avanzan, la voz humana retrocede o se apaga. ¿Es que existe una relación inversamente proporcional entre la comunicación de masas y la comunicación cara a cara? Diera la impresión que sí.

Antes, la madre hablaba con su niño, le contaba historias, le refería fábulas; hoy simplemente le pone un CD y deja que las historias las cuenten otros: ella no tiene ni tiempo ni ganas; «además», dice, «yo nunca he sido una buena narradora». En el pasado, le cantaba canciones al oído: hoy le compra un disco del tipo Mozart para niños, y buenas noches.

En el mundo de la comunicación global se hace cada vez más penosa y rara la comunicación interpersonal. No se sonríe la gente que viaja en el mismo autobús, no se saluda, no se habla. Uno va desdoblando su periódico; otro, hojeando apresuradamente una revista ilustrada; aquel se entretiene jugando con su teléfono móvil, y el de más allá lleva los audífonos puestos para no oír a nadie: cada uno en su mundo y bien instalado en su propia soledad.

En los países del Primer Mundo hasta los niños de primaria cargan ya en un bolsillo de su chamarra o de su pantalón un lindísimo BlackBerry debidamente protegido con una funda de plástico. Hablan con el amigo lejano, pero descuidan al que tienen a un lado.

-Me llaman, dicen sintiéndose muy importantes. Con permiso.

Muchas veces, más que iniciar diálogos, dichos artefactos no sirven más que para interrumpirlos o terminarlos.

La cultura del saludo, del hablarse, está en vías de extinción, ¡y precisamente en el siglo de las comunicaciones! Nos ha pasado como a aquellos conocidos míos que, habiéndoseles roto un botón del estéreo de su auto y sin la posibilidad de regular el volumen, con tal de oír música durante el camino, no se dirigieron la palabra en las ocho horas que duró su viaje.

A nuestras noches les falta la voz humana. Y no es que éstas vayan a dejar de ser oscuras porque los otros nos hablen; pero es que, si nos hablan, se hacen más claras.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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