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Egipto

«Ha venido a preguntarme Ezequiel si también yo estaba dispuesto a unirme al grupo. Tajantemente le he dicho que no. Siempre he sido un hombre de carácter y en esta situación me hallaba en el deber de serlo más que nunca. Él, por su parte, aunque no lo dijera, se hallaba más bien desconcertado, indeciso. Se lo noté en la cara, en los ojos, en la voz. Pero lo conozco bien y casi podría jurar que no se irá: en el fondo es pusilánime, aunque… Pero seamos indulgentes con nuestro pobre Ezequiel. ¡La verdad es que ha ocurrido todo tan de repente!...



Debo confesar que no es cosa que vaya con mi temperamento decidir a la ligera sobre asuntos tan delicados. Para decirlo ya, las cosas son como las monedas: hay que verles siempre las dos caras, pues de lo contrario corre uno el riesgo de que le den gato por liebre, como suele decirse.

Ahora bien, ¿no es verdad que Moisés pide demasiado? Moisés. ¡Cómo si no supiera yo quién es ese señor! Se me ocurre definirlo con esta sola palabra: lunático.

He oído decir en alguna parte que la hija de Faraón, hace muchos años, se lo encontró en una cesta flotante atorada entre los juncos del Nilo; otros dicen, en cambio, que esto no es verdad y que fue ella misma quien lo echó al río para luego fingir que se lo encontraba. Según esta última versión –la menos insólita y, por ende, la más creíble–, Moisés sería el fruto de los amoríos de la hija de Faraón con uno de nuestros mancebos… Pero detengámonos en esta última posibilidad, nada absurda, por lo demás. Si las cosas fueran realmente así, ¿no es verdad que Moisés tendría más de un motivo para aniquilarnos? Porque no hay que olvidar que se crió en la corte y que en ese ambiente se respira un antisemitismo nada atemperado. Por lo pronto, amor a su padre no le inculcarían: eso es casi seguro.

He oído decir también que, hace muchos años, Moisés mató a sangre fría a uno de los nuestros... ¡A sangre fría, sí, como en el reportaje de Truman Capote! Claro, claro, ya se entiende: con ese odio que nos tiene, que debe tenernos, ¿cómo no va a hacer de la caza a los judíos una especie de deporte? Aunque hay quien dice, por el contrario, que el muerto no fue un judío, sino un egipcio. ¡Yo no sé! En todo caso, Moisés es, como quiera que sea, un asesino. En el fondo abrigo la sospecha de que lo único que quiere es ahogarnos a todos, matar miles de pájaros con un solo tiro, como se dice: llevarnos danzando al precipicio como hizo aquel flautista de la leyenda con las ratas invasoras. Pues bien, conmigo no se dará ese gusto. ¡Yo no me muevo de aquí!

En la casa de al lado se escucha el ir y venir de la gente, el llanto iracundo de un niño, un fragor estruendoso de platos y palanganas, el ruido de un vaso de arcilla que cae al suelo y se rompe. ¿Qué es lo que piensa esa gente tonta? En el fondo no estamos tan mal en esta tierra de oportunidades. Trabajo siempre hay. ¿Es que nos ha faltado pan alguna vez, o cebollas, o una túnica para los tiempos fríos? Cuando le dije todo esto a Ezequiel se me quedó mirando, como si también él estuviera de acuerdo en este punto fundamental. Además, aquí ya tenemos un techo, una casa... Y llegando a la tierra de que habla Moisés, ¿tendrá cada quien que construirse una nueva, empezar de cero? Ezequiel no sabía qué responder, me miraba casi con rencor. Además, le dije, aquellas tierras ya están ocupadas: al llegar a ellas habrá que realizar una labor de desalojo, y no por cierto con escobas. Además aquella gente, por lo que he oído decir, es pagana, salvaje, sanguinaria, incivilizada...

¡Ay, tanto tiempo trabajar como un esclavo (y esta es una verdad que hay que tomar en un sentido asquerosamente literal) para acabar como un vejete muerto de hambre en un país extranjero! Moisés asegura que allá adonde nos lleva es una tierra que mana leche y miel, pero hay quien dice que ya sería mucho si por lo menos manara agua.

¿Qué pensarán los vecinos de al lado? ¿Se animarán a partir? ¿Y no han pensado que su pequeño podría morírseles de insolación en el camino? ¡Ay, mi casa! Después de todo no es tan fea mi casa. En ella han nacido todos mis hijos; todos sus ombligos están enterrados aquí. Estos muros, estos espacios están llenos de ecos familiares, de rincones queridos. Cada piedra habla y me dice algo. ¿Qué voy a hacer en otra parte sino morirme de nostalgia? Moisés, ese demente, dirá lo que quiera, pero a mí Egipto no me ha tratado tan mal después de todo»...

¡Vaya! No es absurdo que muchos judíos hubieran hablado así después de escuchar a Moisés, que los invitaba a salir de Egipto, el país de la esclavitud. En realidad, no es nada absurdo.

Leo lo siguiente en un bellísimo libro del escritor judío Moni Ovadia (Vai a te stesso): «De Egipto no salieron sólo hebreos, ni todos los hebreos salieron de Egipto. Parece que sólo una quinta parte del pueblo judío aceptó salir». Los demás, por supuesto, se hallaban al amor de la lumbre bastante bien acomodados a su situación.

«Al final nos arrepentiremos por los muchos ‘no’ que dijimos en la vida», me decía hace poco Leonardo, un amigo mío sevillano. Sí, las cosas más grandes y bellas sólo se nos ofrecen una única vez, y si no las tomamos al vuelo, se nos escapan para siempre. La expresión es grave, pero también verdadera: para siempre. Puedes quedarte en Egipto, si quieres, como los miles de hebreos que se negaron a salir, pero sabe que no serás parte del pueblo elegido, ni irás nunca a ninguna parte; que serás, para siempre, un esclavo de tus propios miedos.

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