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Chéjov nunca recibió el Nobel

El 4 de noviembre de 1948, Giovanni Papini escribía en su cuaderno de notas: “En los últimos meses, muchos diarios habían anunciado que este año el Premio Nobel de Literatura sería concedido a Italia, y pronunciaban mi nombre junto al de -¡ay de mí!- Riccardo Baccheli.



“Esta noche la radio anuncia que ha sido concedido a T. S. Eliot, y estoy muy contento. Ante todo, porque considero a Eliot como un verdadero poeta y un excelente crítico, y luego porque este premio –que en Italia habría suscitado celos, envidias y clamores– es signo de vejez y advertencia de muerte”.

Ahí acababa la anotación de ese día. Pero pocas semanas después –el 13 de enero de 1949–, siempre en su diario, Papini volvió a referirse al Nobel: “Me han elegido para la Academia Cherubini de Música, Letras y Artes. Esta mañana había asamblea. Yo no fui; pero he sabido que los académicos –por unanimidad– han aprobado la propuesta de presentar mi candidatura en Estocolmo para el Premio Nobel de 1949. Muy poco confío en este premio –in articulo mortis–, pero he tenido que dar gracias a los amigos que han elevado la propuesta”.

Al leer estos párrafos me digo a mí mismo que las gestiones de los académicos italianos no sirvieron de nada. ¡Jamás Papini recibió el Nobel, a pesar de haber sido uno de los literatos más renombrados y leídos de su tiempo! ¿Por qué la Academia decidió no otorgárselo, prefiriendo, en cambio, a Winston Churchill? El que lo sepa, que nos lo diga.

El mismo día en que se anunció que el galardonado de este año –2016– era el cantautor norteamericano Bob Dylan, yo había comprado por la mañana el último libro –ya póstumo– de Umberto Eco: “De la estupidez a la locura”, y me admiré mucho de que los académicos de Suecia hubiesen preferido premiar no a éste, sino a aquél. Y no porque tenga yo nada contra los autores de canciones, pero es que los premios musicales suelen ser, por lo regular, otros. Dicho de manera distinta: si yo hubiese creído que los cantautores tenían derecho al Nobel, hubiese preferido que lo obtuviese Joaquín Sabina, que es más poeta que Bob Dylan, o por lo menos tan poeta como él. Pero, claro, el nombre de Dylan es mucho más mítico, por decirlo de algún modo.

Y ahora que me lo pienso, tampoco Franz Kafka recibió el Nobel. En cambio, quien sí lo recibió fue, por ejemplo, don Jacinto Benavente. Y esto francamente me molesta, pero no porque tenga algo contra don Jacinto, que era un buen dramaturgo, sino porque Kafka ha demostrado, con el tiempo, ser mucho más importante para las letras universales que él.

Tampoco Marcel Proust recibió nada, pero sí, en cambio, Carl Spitteler, a quien hoy nadie lee, ni creo que leería.

¿Y Georges Simenon? Él también se quedó, como suele decirse, con un palmo de narices, acaso porque consideró la Academia Sueca que lo que hacía –e hizo mucho– eran trabajos menores.

Jorge Luis Borges e Italo Calvino tampoco recibieron el Nobel, aunque se lo merecían: hoy, a varias décadas de su muerte, sus libros siguen siendo buscados, comprados y leídos. Pero en vez de a Borges se optó por otorgárselo a Harry Martinson, y en vez de Italo Calvino lo recibió el francés Claude Simon.

¿Y qué decir de Nikos Kazantzakis, ese gigante griego de las letras? Que también él fue lindamente ignorado, y que cuando los académicos suecos pudieron darle el Nobel, optaron por otro escritor: un sueco llamado Pär Lagerkvist.

Mientras pienso en estas cosas, ya me estoy indignando un poco, pero no es bueno indignarse, sino únicamente constatar y tratar de comprender. Tomemos ahora a don Miguel de Unamuno. ¿En qué librería no hay incluso hoy uno o dos títulos suyos, pese a haber muerto en 1936? Pero el español que recibió el Nobel fue su contemporáneo José Echegaray.

Pero sigamos adelante. En 1901, el Premio Nobel de Literatura fue concedido al poeta francés Sully Prudhomme; sin embargo, si uno observa las cronologías con alguna atención, verá que bien lo pudo haber recibido ese año el gran escritor ruso Antón Chéjov, que, por cierto, no lo recibió, sino el alemán Theodor Mommsen, un famoso historiador de la civilización romana. Incluso en 1903 la Academia Sueca pudo haber reparado su omisión, pero, una vez más, en vez de repararla se decantó por el escritor islandés Bjornsterjne Martinus Bjornson.

Y, por último, ¿no murió León Tolstoi el mismo día y año en que estallaba en México la Revolución, es decir, el 20 de noviembre de 1910? Esto quiere decir que hubo por lo menos nueve oportunidades para concederle el Nobel; mas la Academia Sueca, que se mueve por razones que, al parecer, la Literatura desconoce, prefirió, en vez de este gigante, a Fréderic Mistral.

Todo esto debería hacerme concluir lo que concluyó Papini en su diario, a saber: que no hay, después de todo, que darle demasiada importancia a este premio. Pero prefiero concluir algo mucho más evangélico y consolador: que los que hoy son juzgados grandes, mañana tal vez no sean nada, en tanto que los que hoy –por razones políticas, o por lo que sea– son considerados pequeños o indignos, acaso después nos muestren su verdadera grandeza: una grandeza póstuma, si se quiere, pero grandeza real a fin de cuentas, y no producida artificialmente, como los caldos de cultivo.

Cuando Cristo dijo que no había que esperar reconocimiento por parte de los hombres, sino sólo del Padre, que ve lo secreto, daba, a mi parecer, un excelente consejo. Para que nadie espere de los hombres lo que éstos nunca darán, a no ser que te ajustes a sus requerimientos o te adaptes a sus condiciones.

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