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Lo que quiere el Amor

Acaso sea yo muy ingenuo, pero para creer en la existencia de la vida perdurable no preciso de grandes argumentos; me basta con razonar así:



Lo que quiere el amor –el amor verdadero, ya se entiende– es que el ser amado viva; no quiere otra cosa. El amor es el ansia, el deseo vehemente de estar juntos. François Mauriac (1885-1970), el gran novelista francés, lo dijo mejor que nadie en uno de sus artículos periodísticos: «El amor es la imposibilidad física de vivir lejos del objeto amado, de respirar un aire distinto del que él respira».

Si el ser amado muere, se pierde, desaparece, huye o se aleja, causa en el que se queda un dolor agudo y un inconsolable llanto. ¿Por qué se va, por qué nos deja? Amar a un ser significa querer que viva, sí, pero que viva conmigo, es decir, no lejos de mi radio de acción, ni ausente de mi diaria actividad.

Ahora bien, pese a ser un apasionado querer, el amor humano goza de un muy limitado poder. Yo no puedo muchas cosas, y entre esas muchas cosas que no puedo hay una en particular que no puedo de ninguna manera: que el otro, el ser que amo, viva siempre, que sea eterno. Mi amor estará siempre herido por la impotencia, y la persona que me ame deberá aceptar desde ahora el hecho de que, aun cuando la vea agonizar, yo no podré hacer por ella nada esencial, salvo, quizá, permanecer a su lado tomándola de la mano.

Pero si es cierto –como lo creemos– que Dios nos ama, entonces hay que creer también que Él quiere nuestra vida, que quiere que vivamos. Y como Él es omnipotente y todopoderoso, su querer no está constreñido a ninguna limitación y es ya en sí mismo poder. Esto lo comprendió muy bien Simone de Beauvoir, que, aunque atea, escribió así en uno de sus ensayos: «Si Dios es la infinitud y la plenitud del ser, en él no existe la distinción entre su proyecto y la realidad. Lo que él quiere, eso es» (Pirrus et Cineas).

En Dios, pues, el amor no es sólo el querer, sino ya en sí mismo el poder de que el otro viva, y que viva siempre. Jesús, el único que ha hablado perfectamente la lengua de Dios y la lengua de los hombres, lo dijo muchas veces: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven» (Cfr. Marcos 12, 18-27).

Lo que nosotros no podemos (¡a nosotros sí se nos muere lo que amamos!), Dios sí que puede hacerlo, y de hecho lo hace. Pero, conste, no sólo porque sea poderoso, ni sólo porque sea Dios, sino porque es Dios y además nos ama. Un Dios que no nos amara, nos dejaría hundirnos en la nada como si tal cosa; pero otro ser, por mucho que nos amase, si no es Dios, no podrá impedir que nos muramos.

Los griegos, por ejemplo, eran hombres profundamente religiosos, según dio fe de ello San Pablo en su célebre (y muy poco exitoso) discurso en el Areópago de Atenas; pero eso no quiere decir que creyeran en la vida perdurable; de hecho, no creían; creían en la existencia de los dioses, pero no que sus dioses los amaran: he ahí la diferencia. Y, puesto que no los amaban, ya podían lindamente dejarlos volver a la nada sin que se tomaran el trabajo de mover por ellos uno solo de sus divinos dedos.

Cuando en 1985 Waldemar Verdugo-Fuentes entrevista a Jorge Luis Borges y le pregunta: «¿Cómo ve usted la relación del hombre con Dios?», obtiene literalmente esta respuesta:

«Yo no me complico la vida con ese problema, porque en primer lugar no creo en Dios, y en segundo lugar, no me cabe duda de que, de haberlo, no tendría ningún interés en relacionarse conmigo».

Poco después, siempre en la misma entrevista, Borges dirá que tampoco cree en la vida eterna y que su única esperanza es poder morir en cuerpo y alma porque ya está cansado de ser Borges, etcétera: en fin, lo que siempre decía cada vez que se lo preguntaban.

Ahora bien, si traigo a cuento esta entrevista es porque, al menos en lo que se refiere a esto, el escritor argentino repite exactamente lo que ya afirmaban Epicuro (341-270 a.C.) y sus discípulos casi 2,300 años antes que él, y porque en esta breve declaración está expresada de una manera bastante elocuente la manera de sentir de una gran parte de los griegos de la antigüedad: 1) los dioses no existen, 2) pero, aun cuando existieran, no parece probable que tengan ningún interés específico en relacionarse con los hombres, pues no los aman. Conclusión: ¿por qué debería existir la vida perdurable?

En “La agonía de Proteo” el filósofo español Eduardo Nicol (1907-1990) resumió todo lo que pueda decirse acerca de este asunto en apenas dos renglones: «Los dioses griegos se entrometían en los asuntos mundanos sin comprometerse con ellos, o sea, sin asumir la misión de redentores». Sí, así era, en efecto.

La fe en la vida eterna, pues, no es más que la fe en el amor que Dios nos tiene, sólo que expresada con diferentes palabras. Se trata, para decirlo ya, de la misma moneda, sólo que vista desde la otra cara.

Si creemos que Dios es un Ser personal (y no una mera Energía, como dicen muchos) que se interesa especialmente por nosotros, entonces ya estamos listos para creer en la verdad de la vida que no termina, pues una verdad lleva necesariamente a la otra.

«Existir –dijo Jean Guitton en uno de sus libros– significa ser dignos de ser infinitamente». ¿Es verdad esto? Lo es. Pero sólo porque existir es ser amados por un amor poderoso, por un Dios que nos ha tomado tal vez demasiado en serio; de lo contrario, no habría por qué abrigar demasiadas esperanzas.

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