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El reloj de Gulliver

Cuando, después de naufragar, Gulliver llegó a Liliput, hubo de jurar solemnemente que su venida a la isla no obedecía a fines malévolos. Ahora bien, para cerciorarse de que el gigante decía la verdad y que no llevaba consigo máquinas peligrosas, el emperador ordenó hacer una minuciosa revisión de sus bolsillos.



Como los liliputienses no tenían ni la más vaga idea de lo que podrían ser aquellos objetos extravagantes que Gulliver cargaba en su chaleco y también en su pantalón, las descripciones que hicieron de ellos son sumamente interesantes. He aquí, por ejemplo, la manera en que un funcionario real describió la caja de rapé: «Una enorme arca de plata, con tapa del mismo metal, que no pudimos alzar. Expresamos nuestro deseo de que fuera abierta, y uno de nosotros se encontró hasta media pierna en una especie de polvo, parte del cual nos voló a la cara y nos obligó a estornudar a los dos».

Los habitantes de Liliput eran pequeñísimos, de modo que todas aquellas novedades adquirían a sus ojos dimensiones casi fantásticas. La caja de rapé, como ya dijimos, era para ellos una enorme arca; y el pañuelo, una pieza de tela ordinaria, de bastante tamaño para servir de alfombra en la sala de Vuestra Majestad.

Pero, sin duda, la observación más interesante de todas es la que hizo el funcionario a propósito del reloj. Escribió con letra clara en el libro de registros: «Nos acercó al oído este aparato que producía un ruido incesante. Imaginamos que es, o algún animal desconocido, o el dios que él adora, porque nos aseguró –si es que no le entendimos mal, ya se expresaba muy imperfectamente–, que rara vez hacía nada sin consultarle. Le llamaba su oráculo, y dijo que señalaba cuándo era tiempo para todas las acciones de su vida».

Es curioso: ya en 1726, año de la publicación de “Los viajes de Gulliver”, el reloj se había convertido en el ídolo ante el que todos se arrodillan. Desde entonces no hay hombre, niño o mujer que pueda prescindir de él; a él se dirigen a cada momento sus miradas, y sus oráculos determinan todos sus movimientos. Hoy un hombre medio ve más veces su reloj en un día que Romeo vio en toda su vida el rostro de Julieta.

Así como los antiguos griegos se abstenían de acometer ciertas empresas cuando el oráculo se los desaconsejaba, así el emancipado hombre de nuestros días (lo llaman posmoderno, según sé) no se toma un vaso de agua si su reloj no se lo consiente. Actuar contra el reloj es perder grados en la escala social y sufrir la ofensa más grave que se pueda sufrir en la era del capitalismo flexible: la de ser tratado de lento e impuntual.

La profesión de fe del adorador del reloj es una profesión breve, hecha de unas cuantas palabras que se van pronunciando siempre en el mismo tono y con la misma rapidez a lo largo de la jornada, algo parecido a una jaculatoria que dice así: «No tengo tiempo». Los católicos recitan un largo credo, pero los fieles de Cronos, para ser fieles a la verdad que profesan, dicen solamente a manera de eslogan publicitario: «No tengo tiempo, no tengo tiempo, no tengo tiempo».

Esta sola frase basta para identificarlos. Es su santo y seña, su tarjeta de identidad y su carnet de pertenencia. No caminan, corren. Uno los ve rebasar autos, perseguir su sombra, meter quinta, dar codazos, y prefiere no acercárseles. ¿Para qué, si no habrá manera de detenerlos?

«-Buenos días –dijo el Principito un día a un ocupado hombre de negocios.

»-Tres y dos son cinco –respondió el hombre de negocios-. Cinco y siete, doce. Doce y tres, quince. Buenos días. Quince y siete, veintidós. Veintidós y seis, veintiocho. No tengo tiempo de encenderlo de nuevo. Veintiséis y cinco, treinta y uno. ¡Uf! Esto hace, pues, quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno»…

¿Quién puede amistarse con personas así? ¡Ni siquiera nos ven, ocupados como están en hacer sus sumas y sus restas! Para que nos encontremos y nos hagamos amigos es necesario a veces detenernos y caminar con «ese paso lento favorable a la conversación» de que hablaba Julien Green en su Leviatán. Pero los hijos de Cronos andan siempre tan apresurados, tan ansiosos, que mejor ahí dejamos la cosa. ¡Con ellos no hay remedio!

Un maestro mío caminaba siempre de este modo. Los asuntos más urgentes tenían que ser tratados casi a trote ligero por los pasillos de la Universidad. Así que un día me le puse enfrente y le dije:

-Usted es profesor en una facultad de comunicación; el objetivo de su materia, si no recuerdo mal, es que aprendamos a comunicar. Pues bien, comunique usted. Camine más lento. Déjese interceptar, salude, sonría de cuando en cuando. ¿Es que esto no importa nada para usted?

El maestro se me quedó mirando fijamente; por supuesto, había aminorado la marcha. 

-¿Era todo lo que querías decirme?, me preguntó. 

-Sí, era todo. 

-Bueno, ya me lo dijiste. Y, ahora, adiós. 

Y reemprendió su carrera, no sin antes haber echado una mirada ansiosa a su reloj.

Él se quedó en Roma, yo regresé a México, y ahora estamos los dos como si no nos hubiéramos visto nunca: no guardamos el uno del otro ni una sola palabra personal, ni una sola palabra de afecto, nada que ayude a crecer las flores de la memoria. Che peccato!

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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