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El juego del destino

Cuenta Jean Guitton en su libro “Ce que je crois” que cuando estuvo recluido en un campo de prisioneros de la Alemania nazi, en tiempos de la Segunda Gran Guerra, durante una de esas largas noches de insomnio común, se puso a jugar con siete u ocho compañeros de la misma barraca a un juego que él llamó “el juego del destino”.



«Consistía –explica– en contarse el uno al otro, en cuanto podíamos saberlo o reconstruirlo, cómo aquellos que serían nuestros padres habían conocido, amado y encontrado a aquellas mujeres que con el tiempo iban a ser nuestras madres».

«Entonces nos percatamos –sigue diciendo el filósofo– que a menudo en el origen de todo estaba un acontecimiento fútil, tal vez demasiado frívolo, inadvertido, como por ejemplo la preferencia de nuestros padres por una cierta forma, un cierto color de cabellera, una cierta luz en la sonrisa, un vestido. En ciertos casos se trataba de un error de maniobra, de un tren que no llegó, de un cálculo de interés; en otros, de una sorpresa o de una debilidad de la carne. Y recuerdo todavía el silencio que siguió a esas siete u ocho confesiones cuando caímos en la cuenta de que la sustancia de nuestra existencia, nuestro carácter fundamental, ese centro inmaterial y sin duda eterno de nosotros mismos, esa constelación de cromosomas que nos constituyen y hacen que cada uno sea sí mismo y no otro, había tenido lugar gracias a una casualidad».

Yo también, sin haber leído todavía el libro de Jean Guitton, había jugado muchas veces a este juego (¿quién no lo ha jugado alguna vez?), aunque con algunas variantes. Lógicamente, nunca se me había ocurrido ponerle un nombre. Me imaginaba a ese joven espigado y bien parecido que con el tiempo iba a ser mi padre lanzando a una jovencita llamada María Luisa la primera mirada amorosa. ¿Cuándo fue que coincidieron, cómo es que se encontraron, frente a qué tienda, alrededor de qué pozo, bajo la sombra de qué árbol? ¿Y qué se dijeron estos jóvenes cuando por primera vez pudieron hablarse? Porque antes, en aquellos tiempos que hoy los niños llaman jurásicos, los novios se veían poco y se hablaban menos todavía. Pero, aun así, yo me los imaginaba intercambiándose algunas frases.

Después me remontaba hasta mis abuelos. Reconstruía mentalmente el decorado de algún pueblo mexicano de principios de siglo y los hacía encontrarse por una de sus calles.

Pensemos: para un transeúnte ordinario aquellas escenas no podían ser más triviales, más anodinas: dos jóvenes que se ven primero con atención, después con estupor y por último amorosamente; pero desde el punto de vista de la trascendencia, de Dios, en ese momento yo, este pequeño e insignificante yo que nacería muchísimos años después, entraba en el fascinante campo de lo posible. En cierto sentido, yo estaba ya allí –al menos en potencia- cuando mis tatarabuelos, cuando mis bisabuelos, cuando mis abuelos, cuando mis padres se encontraron unos a otros gracias a ese algo que por falta de otra palabra llamamos casualidad. Pero no solamente me hacía presente yo; también aparecieron en ese instante mis hermanos, y los que serán los hijos de mis hermanos, y los hijos de sus hijos, y los hijos de los hijos de sus hijos, en una sucesión a la vez maravillosa, asombrosa e infinita.

¿Y si estos seres no se hubieran encontrado? ¿Y si mi padre, por pereza o por lo que fuera, hubiese tomado otra calle de la que tomó, habría conocido a mi madre? Y si mi madre se hubiera quedado cinco minutos más de lo ordinario platicando con sus amigas a la salida de la escuela, ¿habría conocido a mi padre? Nunca lo sabremos; todas estas cosas pertenecen a eso que bien podríamos llamar los secretos de Dios.

En la vida de cada persona, ¡cómo es decisivo cada minuto, cada paso, cada mirada! A veces basta un solo segundo, un solo paso, una sola mirada para cambiar un destino, o dos, o mil.

«Cuando veía a un hombre con gafas de aros dorados de inmediato me recordaba a alguien que nunca había visto: al doctor Ibarra... Siempre me había parecido que de alguna manera aquellas monturas habían empujado a mi madre a casarse con mi padre y que, como consecuencia, había nacido yo. Y que, por tanto, uno viene al mundo por cosas así de banales», dice el protagonista de Últimas noticias del paraíso, la novela de Clara Sánchez. «Mi bisabuelo se casó con mi bisabuela porque sabía cocinar el pollo. Si ella no hubiera sabido cocinar el pollo, él no se habría casado con ella. Si Batsheva Raphaelovitch no hubiera sabido cocinar el pollo, yo no existiría», dice a su vez la heroína de El desván de la casa de los Schepher, la bellísima novela de Tamar Yellin. También estos dos muchachos, por lo que puede verse, disfrutaban mucho jugando al juego del destino.

Es bueno dedicarle tiempo alguna vez, pues jugándolo caemos en la cuenta de que todos nuestros encuentros, aun los que parecen más insignificantes y cotidianos, adquieren, vistos desde la distancia, caracteres decisivos y eternos. ¿Quién iba a decir que una simple sonrisa, una mirada, una declaración de amor hecha con palabras inexpertas y titubeantes, un tren que no llegó, unos simples aros dorados, un pollo bien cocinado iban a ser tan brutalmente necesarios para el nacimiento de un amor?

El juego, claro está, termina con una sincera acción de gracias a Dios por gobernar el mundo con acierto  y previsión y no dejarnos en manos del acaso.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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