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El rey se muere

Así se titula una de las mejores piezas teatrales de Eugène Ionesco (1912-1994), el dramaturgo rumano. El rey Berenguer está a punto de morirse, pero se rehúsa. Le quedan unas cuantas horas, unos pocos minutos y se agita. Inventa trucos, ensaya subterfugios, recita máximas filosóficas, se dice a sí mismo para consolarse que no pasará nada, que la muerte no existe, que es un sueño, que es sólo la muerte, que es...


México; rey Berenguer, muerte, vida


Pobre rey Berenguer. Apenas unas cuantas horas y todo habrá acabado. Pero mientras acaba, sostiene con la sirvienta del palacio (Julieta) un diálogo más instructivo que todo un ensayo de 1,200 páginas acerca de la vida y de la muerte.

Julieta se queja de lo aburrido que es fregar platos, lavar pisos, ir al mercado, tallar alfombras, pelar patatas, acomodar cacerolas todos, todos los días, de la mañana a la noche:

«Julieta: Estoy cansada, cansada, cansada.

»El rey: Después se descansa. Es bueno.

»Julieta: No tengo tiempo de descansar.

»El rey: Puedes esperar que lo tendrás... Echas a andar, tomas una cesta, vas a hacer las compras. Sacas el portamonedas, pagas, te dan el vuelto. En el mercado hay alimentos de todos los colores: lechugas verdes, cerezas rojas, uvas doradas, berenjenas violetas, ¡todo el arco iris! Extraordinario, increíble, un cuento de hadas.

»Julieta: Después vuelvo por el mismo camino.

»El rey: ¡Dos veces al día por el mismo camino! ¡El cielo encima! Puedes mirarlo dos veces al día. Respiras. No piensas en ello, pero respiras. Piensa en ello. Recuérdalo. Estoy seguro de que no prestas atención. Es un milagro.

»Julieta: Y después, y después friego los cacharros de la víspera. Platos llenos de grasa que se pega. Y además hacer la comida.

»El rey: ¡Qué gozo!

»Julieta: ¡Qué aburrimiento!

»El rey: ¿Te aburre? Hay seres a quienes no se comprende. También es hermoso aburrirse, y encolerizarse, y no encolerizarse, y estar descontento, y estar contento, y resignarse, y protestar. Se agita uno, y hablas y te hablan, tocas y te tocan. Una magia todo ello, una fiesta continua».

Berenguer sabe ya lo que es la vida, pero está a punto de morirse. Debió de haber sabido siempre que ésta, pese a todo, era una fiesta continua, un cuento de hadas: hablas y te hablan, dices y te dicen, tocas y te tocan. Ahora quisiera tener tiempo de aburrirse, de encolerizarse y de no encolerizarse, de sentir hastío. ¡Pero ya no tiene tiempo! El moribundo querría comprar el arco iris para contemplarlo después en la canasta del supermercado, ir dos veces al día por el mismo camino, lavar los cacharros, enojarse, pero no morirse. Mas, ¡ay!, el rey se muere. Ya no hay para él una segunda vez; no existe para él ni para nadie una segunda oportunidad.

«Soy como un estudiante que se presenta a examen sin haber hecho sus deberes. Sin haber preparado la lección. Me gustaría repetir el curso», vuelve a gemir lleno de angustia. A lo que responde la reina Margarita, su legítima mujer (porque estaba también la otra, María, la ilegítima): «Tienes que examinarte, querido. Este curso que es la vida no tiene repeticiones».

¡No tiene repeticiones! ¡Nunca volveremos a tener cinco años, a aprender a nadar, a ir al colegio, a dar el primer beso! Como en la canción de Agustín Lara, todo es aquí una vez nada más.

«Tal como la fresa sabe a fresa, así la vida sabe a felicidad. El sol es bueno; la lluvia es buena; todo ruido es música. Ver, oír, oler, gustar, tocar, toda una seguidilla de felicidades. Incluso las penas, incluso los dolores, incluso el cansancio tienen sabor a vida», reconoce asombrado André Comte-Sponville, el filósofo francés. ¡También el aburrimiento, también el cansancio, también la dura faena saben a vida! Todo esto lo ha comprendido Berenguer, pero es ya tarde y su cielo se oscurece… ¿Cómo no le dijo nadie que el sol se pone y que tras el crepúsculo viene la noche? ¿Cómo nadie se tomó el trabajo de decirle que la muerte existe y que hay un tiempo para cada cosa: un tiempo para abrazarse y otro para separarse, un tiempo para reír y otro para llorar, un tiempo para llegar y otro para irse, un tiempo para gobernar y otro para obedecer las férreas leyes de la vida?

Por el sólo hecho de haber escrito estos dos diálogos brevísimos, Ionesco merecería ser colocado entre los maestros de la humanidad, pues enseña a los hombres, aunque sólo sea indirectamente o como de rebote, por decir así, cómo deben vivir aquellos que pueden esperar que tendrán tiempo, es decir, los que aún se hallan en la posibilidad de convertir su vida en una fiesta, en un cuento de hadas, ya que les ha sido regalado el día de hoy y, en la esperanza, también el de mañana.

Lector, si Berenguer pudiera verte allí sentado donde estás, te envidiaría de verdad, y acaso hasta te daría una bofetada para que despertaras, diciéndote: «¿Qué esperas para ser feliz? ¡Tienes este día, tienes hoy, tienes mañana! ¿No te basta con esto?». Pero no: a menudo y por desgracia no nos basta con esto.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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