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Presuntos desgraciados… ¡son felices, sin saberlo!

Estás frente al espejo y encuentras en tu cabeza la primera cana. («¡Dios mío, dices, soy un viejo ya!»). Buscas quitar de tu camino a esa inoportuna que te recuerda en el momento menos indicado, como si tú no lo supieras, que el tiempo pasa, que pasas también tú. La localizas trazando un cerco en torno a ella para expulsarla de tus territorios capilares. Ya la tienes entre tus dedos pulgar e índice; ahora un leve tirón, y ya está: eso era todo. Sonríes como deben sonreír los generales después de una victoria especialmente agotadora. Ah, pero volverá a salir; sí, volverá a salir. Resignado, encoges los hombros aceptando de antemano que seguramente así será. ¡Pero, por el momento, ninguna cana más!


México; felicidad; Kierkeggard


Desde un ángulo de tu cuarto, el aparato de radio envía los ecos de una canción conocida. ¿Cuánto hace que no escuchabas aquella canción? No lo sabes con exactitud, pero tratas de calcularlo: cuando estabas en la secundaria ésa era la canción de moda... ¡Felices tiempos aquellos! Toda una vida por delante y muy pocas penas detrás. La canción ya va en la parte final y tú no quieres que se acabe porque, exclamas convencido, «¡en aquel tiempo fui tan feliz!...».

Y es verdad. Eras feliz sin saberlo. A los quince años vivir no es nada fácil, para ti no lo fue; y, sin embargo, ahora que lo piensas, aquella fue la mejor época de tu vida. ¿Es que no hay manera de darle una vuelta a la manivela del tiempo? ¿Es que no hay modo de volver atrás? Sí, entonces eras feliz con todo y tus problemas: los conflictos con la autoridad paterna, los celos locos del primer amor, los celos menos locos del amor segundo, el quieto sosiego del amor tercero, ese cinco en matemáticas que no sabías cómo hacer público ni ante el tribunal del cariño materno, pero feliz a fin de cuentas.

Sin embargo, cuando pasen veinte años más y estés nuevamente ante el espejo y no veas sino canas en tu cabeza, descubrirás otra cosa más sorprendente aún: que hace veinte años también eras feliz. Y entonces volverás a ponerte nostálgico, pero ahora con una canción de Madonna o de los Backstreet Boys. Hace veinte años, o sea, cuando descubriste tu primer cabello blanco, sin siquiera advertirlo te encontrabas en la cima de la felicidad. ¿Quién iba a decirlo? Entonces también había problemas, claro: estaba lo de tu hijo de 15, Ricky; lo de Alejandro, ese hijo que con sus comentarios inoportunos te ponía siempre los pelos de punta, y también lo de Ana, que quería ser astrónoma; ¡pero, vamos, en realidad ésos ni a problemas llegaban! «¡Para problemas, los de hoy!», dirás. Porque ahora está la jubilación que se acerca con la violencia de un meteoro, el olvido de los hijos que ya se casaron y parece que se fueron a la luna (sin ser astrónomo ninguno de ellos, claro) porque no los ves más que en los días festivos, el adelgazamiento del intestino grueso, la hinchazón del intestino delgado y el ataque implacable de las dos más temibles enfermedades acuáticas: las cataratas y la gota.

Pero si vivieras veinte años más, descubrirías que aquello, a decir verdad, tampoco era el acabose, porque todavía podías hablar, moverte, caminar, tomarte un té con tus amigos a las cinco de la tarde (café ya no por eso de las disfunciones gástricas). «¡Para problemas, los de ahora!», volverías a decir. Y tendrías igualmente razón.

¿Pero qué es lo que pasa con la felicidad? Ya lo dijo Sören Kierkeggard (1813-1855), el filósofo danés: «La felicidad es un fantasma que sólo existe cuando ya se ha ido». Pareciera que, como al Dios del Éxodo, sólo nos es permitido verle las espaldas.

«¿Es que no ardía nuestro corazón cuando nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lucas 24,32), se preguntaron consternados los discípulos de Emaús cuando el Señor había desaparecido. ¡Ah, pero era ya demasiado tarde! ¿Por qué no lo reconocieron en el momento justo, es decir, antes de que se marchara? ¿Por qué ha de ser siempre después cuando nos damos cuenta que nuestro corazón era entonces una llama de amor viva? ¿Qué parche, antifaz o lo que sea cubre nuestros ojos para impedirnos detectar la felicidad presente? ¡Nunca nos consideramos felices a pesar de serlo, y de qué manera! ¿Será que de la felicidad no puede hablarse más que en pasado?

En “La tregua”, la novela de Mario Benedetti (1920-2009), el escritor uruguayo, la señorita Avellaneda habla así:

«La teoría de mi madre, la gran teoría de su vida, es que la felicidad, la verdadera felicidad, es un estado menos angélico y hasta bastante menos agradable de lo que uno tiende siempre a soñar… No, la felicidad es otra cosa, y es seguro que muchos presuntos desgraciados son en realidad felices, pero no se dan cuenta, no lo admiten, porque creen estar muy lejos del máximo bienestar».

Palabras sabias. Quiera Dios que la madre de la señorita Avellaneda no haya descubierto esta verdad demasiado tarde, cuando ya no había nada que hacer.

Detectar la felicidad presente... ¿Y si fuéramos los hombres una raza de seres felices que no saben que lo son? Pero de esto hablaremos con más detenimiento en el capítulo que sigue...

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