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La cortesía

Cuenta una vieja leyenda hindú que un día, cuando era todavía joven, el Buda acudió a una fiesta. En ella se encontró con doscientas muchachas que no tenían con quien bailar y que se hallaban terriblemente desanimadas. Entonces, movido por la compasión y para no alegrar a unas mientras entristecía a las otras, el Buda se multiplicó por doscientos y así cada una de ellas, entre suspiros de júbilo, creyó tener entre sus brazos al único danzante.


México; la cortesía


Es don José Ortega y Gasset (1883-1955), el filósofo español, quien refiere esta leyenda en su “Meditación del pueblo joven” al hablar del entusiasmo. Pero no es ésta la única historia referente al Buda que habla de semejantes multiplicaciones. Jorge Luis Borges (1899-1986) refiere otra de ellas en “Qué es el budismo”; hela aquí:

«Al dejar la ciudad de Sravasti, el Buda debía atravesar una vasta llanura. Desde los diversos cielos los dioses le arrojaron sombrillas para que lo protegieran del calor. Para no ofender a ninguno de ellos, el Buda se multiplicó cortésmente y cada uno de los dioses pudo ver a un Buda distinto que caminaba protegiéndose con su parasol».

El mensaje de ambas leyendas es profundamente aleccionador: hay una virtud, hoy por hoy muy poco cultivada, que se llama cortesía. Su origen es la compasión y su fin el no contristar a los demás. Ser corteses es saber practicar el arte de multiplicarse para estar de lleno con cada persona.

El Buda, ciertamente, pudo haber dicho para sus adentros: «Lo siento, pero esto es demasiado para mí. No puedo bailar con todas ustedes, señoritas». O quizá también: «Puesto que tengo a mi disposición una gran cantidad de parasoles, elegiré el de colores más vistosos, o el que parezca de mayor calidad». Pero sabía que cada una de las doscientas jóvenes esperaba algo de él, y que cada divinidad tenía esperanza de que fuera su sombrilla la que lo protegiera durante la larga travesía; así pues, si no quería correr el riesgo de contristar a las jóvenes y a los dioses, no le quedaba otro remedio que multiplicarse. Y así lo hizo.

Cortesía, virtud olvidada. Pero, ¿es realmente una virtud? André Comte-Sponville, el filósofo francés, dice que no, o que, en todo caso, se trata de una virtud menor, y tan menor que bien podría confundirse con una mera disposición del alma. No importa. Virtud o no, la cortesía es necesaria, la cortesía es esencial.

¿No oímos decir a cada paso que «el tiempo es oro»? Por lo tanto, los encuentros, las entrevistas y los diálogos no se llevan a cabo si no es con un cronómetro en la mano. Pero nada hay más triste ni más descorazonador que una conversación en la que uno habla mientras el otro se sube discretamente la manga de la camisa para echarle un vistazo a su reloj y como diciendo: «Acuérdate que soy hombre importante y que no debes abusar del tiempo que te he concedido con tanta generosidad. Si quedó establecido que a las 5 acababa la cita, a las 4:58 te callas y a las 4:59 te desapareces». Lo de hoy no es multiplicarse, sino restarse o dividirse. Los manuales posmodernos de autoayuda insisten en que debemos aprender a decir que no, pero ¿cuántos libros se escriben para enseñarnos a decir que sí?

«Venid a un lugar aparte para descansar un poco» –dijo un día Jesús a sus discípulos–. Claro, todo mundo tiene derecho a estirar las piernas. Sin embargo, al final ni Jesús ni sus discípulos pudieron hacer nada de esto, pues cuando llegaron en la barca a la otra orilla ya los esperaba allí una muchedumbre insistente y enferma. Ahora bien, ¿se enojó Jesús por eso? ¿Dijo acaso: «¡Qué lío con esta gente que no nos deja en paz!», o algo por el estilo? No, sino que más bien «sintió compasión de ellos, ya que estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Marcos 6, 30). Por último, para que no pasaran hambre, multiplicó para ellos el pan. ¡He aquí otra historia de multiplicaciones prodigiosas! ¿No es curioso?

Bien, pero debemos concluir. ¿Qué es, pues, la cortesía? Una compasión que de tan fuerte se vuelve de pronto milagrosa. ¿Y la persona cortés? Aquella que dice (aunque no lo formule expresamente, ni lo diga con frases ampulosas o altisonantes): «Descuida, mientras estés bajo mi techo, mientras estés conmigo, frente a mí, yo me encargo de que te sientas bien, a gusto, como en tu propia casa. Durante todo este tiempo, tu felicidad corre por mi cuenta. Sí, me esperan en otra parte; debo llegar cuanto antes al otro polo de la ciudad, al otro extremo del mundo. Mira, mi móvil no deja de sonar, pero ahora mismo lo apago. Tú no te preocupes: ¡ya llegaré! Por lo pronto estoy contigo, y como no es nada seguro que nos volvamos a ver, contigo me quedo, aunque para eso tenga que multiplicarme».  Y porque lo quiere, lo consigue.

Nada hay más milagroso que la cortesía. O multiplica el pan, o multiplica cualquier otra cosa. Pero algo prodigioso sale siempre de sus manos, ya que se ha impuesto a sí misma la noble tarea de no entristecer a nadie inútilmente.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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