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La sonrisa del Ángel

En el ocaso de su vida, a sus 92 años de edad, Jean Guitton (1901-1998), el filósofo francés, fue invitado por una amistad querida a escribir un libro diferente, un libro que rezumara no ya ideas, sino intimidad. «Durante su vida ha escrito usted mucho -le dijo-. Pero era para exponer sus pensamientos, para tratar de convencer. Lo que le pido ahora es algo completamente distinto. Debería permitirnos penetrar en sus confidencias. En el fondo, lo que le pido no es que explique una función, ni que recite una parte, sino solamente que sea usted mismo».


México; la sonrisa del ángel


El filósofo acoge la invitación, acepta el desafío y nace así uno de sus libros más bellos: “Lettres ouvertes” (Cartas abiertas), libro en el que cada capítulo es una carta dirigida a un ser vivo, muerto o imaginario. He aquí el título de algunas de ellas: “Carta a un millonario”, “Carta a Juan Pablo II”, “Carta a un desesperado”, “Carta a un periodista”, “Carta a un cachorrillo”, “Carta a mi confesor”. Por supuesto, hay otras muchas más.

Escribe así a su Ángel de la Guarda: «Te imagino hecho de dulzura y vigor, como el ángel que abatió a Jacob pintado por Delacroix. Tus alas son inmensas; tus cabellos, rayos de luz; tu rostro resplandeciente es luz venida de la luz. En ti no veo brazos ni manos: eres una llama. Y sonríes siempre. Cuando los escultores te representaron en la piedra, te dieron la sonrisa, que parece ser tu único lenguaje... ¡Oh ángel que sonríes aun en la escultura, ángel de Reims, ángel de Marthuret en Riom, ciudad de mi madre, ángel que haces sonreír también a las piedras...., no me olvides en mi última hora!».

La sonrisa, también yo lo creo así, es el verdadero lenguaje de los ángeles, y los hombres sólo nos parecemos a ellos en la medida en que sonreímos.

Hace más de un siglo ya, Mark Twain (1835-1910) hablaba de la decadencia del arte de mentir; hoy habría que hablar, más bien, de la decadencia del arte de sonreír: cada vez lo hacemos menos.

Según Aristóteles (384-322 a.C.), el filósofo griego, lo que distingue al hombre del animal no es otra cosa que la risa; la bestia es naturalmente seria, pero el hombre es capaz de vencer la bestial seriedad con su sonrisa.

Ahora bien, así como amar es mucho más que decir «te amo», sonreír es mucho más que enseñar los dientes.

Cuando Aristóteles definió al hombre como un ser capaz de risa, seguramente ya había visto en las calles de Atenas que los perros, cuando se acercaban sigilosos a las pantorrillas y mostraban su dentadura, no lo hacían para dar clases de higiene dental o para saludar a los desprevenidos transeúntes, sino para algo, digámoslo así, radicalmente distinto. «Cuando un perro parece que sonríe, hay fundados motivos para temer, o, por lo menos, para correr», pensaría tal vez el filósofo viendo a los reflexivos atenienses emprender la graciosa huida ante un perro que se les echaba encima.

Pero con el hombre es distinto: si te sonríe, es que puedes acercarte. Al sonreír, superamos nuestra animalidad y sacamos a la luz lo que nos asemeja a los ángeles.

Cuando Fedor Dostoievski, el gran novelista ruso, fue llevado en 1848 a aquella prisión siberiana en la que estuvo recluido durante cuatro largos años, sintió que la vida había acabado para él. ¡Qué áspero y sin atractivo era todo en aquel lugar! «Allí nadie podía asombrar a nadie», dice en “La casa de los muertos”. «Lo que más me llamó la atención desde mi entrada en aquella vida, y lo recuerdo bien, fue el no poder encontrar nada extraordinario o, para expresarlo mejor, nada inesperado».

Pero un buen día alguien río en aquel desierto frío y el hielo se derritió; la vida se hizo entonces más cálida y el infierno más habitable. ¿Quién era este ser que allí reía? No sabemos su nombre, pero Dostoievski dice de él que «era un anciano muy versado en las Escrituras; tenía un carácter muy comunicativo, siempre estaba contento y reía con frecuencia, pero no con esa risa grosera y antipática de los forzados, sino con una risa dulce y clara que armonizaba muy bien con su cabellera gris, en la cual se adivinaba su gran sencillez e ingenuidad». Y concluye el novelista: «Tal vez me equivoque, pero me parece que es posible conocer a un hombre por su risa, y que si al primer encuentro un desconocido nos sonríe de una manera agradable, es indicio de que tiene un fondo excelente».

No, no se equivocaba Dostoievski: la sonrisa caldea el entono y humaniza el mundo. Cuando alguien nos sonríe, es como si nos dijera que podemos acercarnos a él, pues no nos hará daño; y, cuando le sonreímos, es como si ya lo aceptáramos en nuestra compañía. La sonrisa es la distancia más corta entre dos personas.

«No te dejaré ir hasta que no me bendigas» (Génesis 32,27): he aquí la súplica que Jacob hizo al ángel. El hombre que ha detectado la angelicidad del otro, no lo quiere dejar ir, pues en su cercanía intuye una bendición.

De alguna manera –de una manera misteriosa, lo sé–, sonreír a alguien es una manera de bendecirlo.

«Si no te sientes feliz, aparenta serlo –aconsejaba Rabí Nahmán de Breslau (1772-1810) a sus discípulos–. Aunque te encuentres totalmente deprimido, pon una sonrisa en tus labios. Actúa como si estuvieses alegre. De esta manera, surgirá la genuina alegría». Y también: «A veces la gente se siente terriblemente deprimida y no tiene a nadie con quien descargar su problema. Pero si tú llegas con un rostro sonriente, los alegras y les das nueva vida».

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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