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La desventura del Señor Fiaschi

El profesor Fiaschi escuchó un día en uno de los pasillos de la Universidad que pensaban ascenderlo a director y, para decirlo ya, la idea no le pareció desagradable. «¡Vaya, ya era hora que reconocieran mis méritos!», se dijo a sí mismo en voz muy baja. Sin embargo, mientras no hubiera nada oficial, lo mejor era callarse. Y así lo hizo. Jamás preguntó, ni siquiera a sus colegas más íntimos, si de veras era cierto lo que se andaba rumoreando por ahí. En cierta ocasión, uno de estos colegas, interceptándolo a la salida de la Facultad, le preguntó:


México; Pobre señor Fiaschi


-¿Ya lo sabes?

-¿Qué cosa? –preguntó el señor Fiaschi mientras ponía cara de asombro y fingiendo no imaginarse nada; claro que sólo fingiendo, porque en realidad estaba que se moría por escuchar lo que su amigo estaba a punto de decirle.

-Que piensan nombrarte director. Lo he oído de voces muy autorizadas. ¡Oh, no es Juan de las Cuerdas quien lo dice!

-¿Director yo? –volvió a sorprenderse el señor Fiaschi, e hizo un ademán que, traducido en palabras, quería decir: «¿Cómo se te ocurre?», o algo por el estilo.

No obstante, en el fondo, como queda dicho, todo esto ponía eufórico al profesor; pues, ¿quién había publicado más trabajos, es decir, quién había hecho rugir las prensas con más furor que él?, ¿qué otro profesor en su entorno vital inmediato conocía las cuatro lenguas que él hablaba sueltamente y con tan elegante corrección? Inglés, italiano, francés y alemán. ¡Y, por si esto fuera poco, ya empezaba a aprender el alfabeto del chino mandarín! Además, uno de sus libros, el último, acababa de ser traducido al inglés y al español, lo que, por supuesto, ya quería decir algo… Méritos, por tanto, no le faltaban, y ahora que veía las cosas con cierto detenimiento lo que le extrañaba no era que pronto fueran a nombrarlo director, sino que no lo hubieran nombrado antes. Repasaba mentalmente los nombres de aquellos que, en un dado caso, podrían competirle el puesto, pero ninguno le pareció que pudiera estar a la altura de sus merecimientos académicos. Por consiguiente, sí, era justo obtener tal recompensa. «No quiero faltar a la modestia –se decía a sí mismo el profesor Fiaschi-, pero hablemos claramente y con franqueza: ¿qué otro gallo podría entonar mejor cantos que yo?».

Y tres meses después de desatados los primeros rumores, fue el profesor Fiaschi, en efecto, nombrado director. Él estaba que no se lo creía y, ya en su casa, se daba pellizcos de gusto en el brazo derecho para cerciorarse de que aquello era verdad. ¡Y vaya que lo era! Por fin «los de arriba» -como solía llamar a las autoridades universitarias- se habían fijado en él para tomarlo de la mano y subirlo a su altura. ¿Por qué no lo habían hecho antes? ¿En qué habían estado pensando que no se acordaban de él?

¿Ah, con qué garbo, con qué majestad se paseaba ahora el señor Fiaschi por los pasillos de la Universidad! De haber visto cada uno de sus movimientos, un pavo real se habría sentido humillado por la vulgaridad de los suyos… No obstante, pronto sucedió algo que nuestro profesor no había previsto, y era que ahora casi todo el tiempo se le iba en reuniones, juntas y cenas protocolarias. Ya casi no podía escribir, ni dar esos paseos a la hora del crepúsculo que tanto bien le hacían.

Cerca de la facultad había un bosquecillo por el que caminaba todas las tardes a paso lento. ¡Y cómo disfrutaba el señor Fiaschi esos paseos vespertinos! Entre aquellos árboles frondosos se gestaron uno a uno todos sus libros, pero ahora tenía que conformarse con ver sus copas desde lejos y únicamente a través de las ventanas. ¡Qué desdichado era!

Antes, una vez a la semana, y a veces hasta dos, recorría las librerías de la ciudad para enterarse de lo que él llamaba «las últimas novedades» y ponerse así al día en cuestiones bibliográficas, pero ahora tampoco para esto tenía ya tiempo. Una que otra vez, es verdad, seguía escapándose de su oficina para comprar algunos libros, pero ya no le era posible leerlos y éstos iban amontonándose en su escritorio sin que pudiera por lo menos verles el índice.

Antes de ser nombrado director, el señor Fiaschi estaba por terminar una nueva obra -le faltaban, a lo mucho, dos o tres capítulos-, y cada vez que pensaba en ella se ponía a maldecir contra esos colegas inútiles que habían pensado en él únicamente para desgraciarle la vida. «¡Como ellos no escriben nada!», gemía restregándose las manos. «¡Cómo lo único que les importa son los cheques que reciben y las comilonas a las que asisten!»...

¡Pobre señor Fiaschi! ¡Y él que creía que tan pronto como lo reconocieran los de arriba vería resueltos todos sus problemas! En realidad, desde que lo nombraron director no hubo para él más que problemas; problemas, además, que ni siquiera eran suyos… Y cayó en una depresión horrible. Una depresión de la que ya no pudo salir. Casi podría jurar -yo, que lo conocí en Roma y platiqué con él no una, sino innumerables veces- que su muerte fue debida a la tristeza. No del infarto del que hablaron después los médicos, sino de esa nostalgia que ya no pudo sacudirse nunca más. Entre paréntesis hay que decir que tampoco pudo acabar su último libro, ni volver a sentarse a la sombra de los árboles del bosque.

Amigo Fiaschi, te lo digo ahora que ya no estás como te lo decía cuando aún estabas en este mundo: no fuimos hechos los humanos para alcanzar todas las glorias. Y si la tuya era una gloria humilde (caminar por el bosque, leer en silencio y convertir en libros tus pensamientos) debiste aceptarla con agradecimiento y conformarte con ella. ¿Para qué ser director, para qué ser decano, para qué ser aquello que, en el fondo, no te iba a dar nunca la alegría que sentías leyendo un viejo libro encontrado por puro azar en los tenderetes de los bouquinistes? Es verdad que lo único que deseabas era ser reconocido y apreciado. Y lo fuiste, finalmente. Pero, ¿a qué precio? Hubieras dejado que los grandes se pavonearan a su gusto. Tu grandeza estaba en otra parte. ¿Por qué te avergonzaste de ella? ¿Por qué no la aceptaste?

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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