Últimas noticias:

Diálogos en el parque

Hace diez años y algunos meses –lo sé por el boleto de autobús, que se quedó a dormir la eternidad entre las páginas del libro–, mientras viajaba a la Ciudad de México, me puse a leer “Hambre”, la novela de Knut Hamsun, el escritor noruego (Premio Nobel de Literatura 1920); y si no recuerdo mal, el relato me aburrió entonces de tal manera, que me prometí a mí mismo no volver a abrir nunca más obras de autores tan monótonos y tediosos. Pero hace poco volví a leerla, faltando a mi juramento, y esta vez me pareció no sólo extraordinaria, sino profundamente humana y, en ocasiones, hasta divertida.


México; Hambre, novela


He aquí, por ejemplo, uno de sus pasajes. El protagonista de la historia, un muchacho con ambiciones literarias permanentemente hambriento, camina sin rumbo fijo por uno de los parques de Cristianía –la antigua capital noruega– donde se encuentra en una de las bancas con un viejo cegatón. El viejo carga consigo un periódico vuelto al revés, cosa que produce en la febril imaginación de nuestro héroe una infinidad de sospechas.

«El hombre estaba tranquilamente sentado y dormitaba. ¿Por qué no llevaba su periódico como cualquier individuo lo lleva, con el título hacia fuera? ¿Qué significaba tanta astucia?» –se pregunta el joven profundamente intrigado–. Y añade: «La imposibilidad de penetrar ese misterio me enloquecía de curiosidad».

El lector de estas líneas podrá pensar: «Hombre, pero si no era para tanto». Lo que prueba que no conoce todavía a este muchacho bueno y a veces un poquitín loco. Porque, sí, él se interesaba precisamente por este tipo de misterios.

Buscando entablar diálogo con el desconocido y descubrir así el enigma que oculta su persona, nuestro joven le ofrece un cigarrillo, pero como aquél no fuma tiene que intentar llegarle por otro camino.

-¿Hace tiempo que está usted con los ojos enfermos? –le pregunta–. Entonces, ¿no puede leer? ¿Ni los periódicos?

-¡Ni los periódicos, desgraciadamente! –responde el viejo, incitando todavía más la curiosidad de su interlocutor. ¡Así que ni los periódicos! ¿Y cómo es que traía uno entre las manos? ¡Ah, bribón!

-Vivo en la calle San Olaf, número 2 –volvió a decir el muchacho, mintiendo descaradamente, pues, como ya se dijo, era éste casi un vagabundo sin residencia fija.

-¿De veras? –preguntó el viejo, que conocía cada piedra de la Plaza San Olaf–. ¿En el número 2 ha dicho usted? Hubo un tiempo en que conocí a todos los vecinos del número 2. ¿Cómo se llama su patrón?

Mintiendo desvergonzadamente otra vez, nuestro héroe escupió un nombre.

-Happolati –dijo.

-Happolati, sí –aprobó el viejo–. ¿No es marino el señor Happolati? Creo recordar que el señor Happolati era marino.

-¿Marino? –respondió el muchacho–. No. Este es Happolati, agente.

¿Creía nuestro joven que el viejo iba a quedar callado o por lo menos un tanto desconcertado? ¡Pues no! Y, además, añadió:

-Parece que es un hombre hábil, según me han dicho.

¿Quién se lo había dicho, si todo era mentira, si ese tal Happolati ni siquiera existía? ¡Qué cinismo de viejo! Ya no cabía duda de que estaba ante un bandido, y un bandido peligroso.

-¡Oh! Es un hombre muy astuto: una gran cabeza en los negocios, agente para todas las cosas, sean las que sean –siguió el muchacho–: plantas de China, plumas de aves de todas las clases, pieles de Rusia, pasta de madera, tinta…

-¡Je, je! –rió el anciano–. ¡Valiente pillo!

-¿Ha oído usted hablar del salterio eléctrico que Happolati ha inventado?

-¡Cómo! ¿Eléctrico?

-¡Con letras luminosas en la oscuridad! Una empresa sencillamente colosal. Millones de coronas en movimiento.

-¡Qué me dice usted! – exclamó el anciano con dulzura.

Luego pasaron a hablar de la hija del ficticio Happolati, «una princesa que tenía trescientos esclavos y dormía sobre un lecho de rosas amarillas», etcétera.

-¡Ah! –exclamó el viejo–. ¿Tan bella es?

Pero a este punto, cansado ya de que el viejo le estuviera siguiendo la corriente todo el tiempo, el muchacho empezó a insultarlo y se apartó de él a grandes zancadas. ¡Viejo mentiroso! ¿Cómo hablaba con tanta seguridad de cosas que no conocía? ¡Más que esto se merecía por entrometido y hablador! Y así es como desaparece de las páginas de la literatura universal un pobre viejecillo que nunca más volverá a aparecer en ninguna otra. ¡Ah, y con lo bien que me había caído!

En realidad, al anciano le daba lo mismo tanto el señor Happolati como la Plaza San Olaf: él únicamente quería hablar, tener alguien a un lado para dirigirle la palabra y no sentirse tan solo en este mundo. Y si otro distinto de nuestro joven le hubiera mencionado al embajador de Persia o al chá de Irán, él lo mismo habría aprobado con la cabeza diciendo: «Parece que son hombres hábiles, según me han dicho». Lo importante era hablar, expresarse, ser tomado en cuenta.

Pienso que yo no hubiera abandonado tan pronto a aquel anciano. Me habría divertido mucho oírlo hablar. Y él, quizá, hasta se hubiera sentido un poco menos solo en este planeta redondo y de gente solitaria. De gente, a menudo, muy solitaria…

@yoinfluyo

comentarios@yoinfluyo.com

* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

Lo más visto

Síguenos en nuestras redes sociales

Yoinfluyo Yoinfluyo Yoinfluyo Yoinfluyo