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Prudencia papal; favor de no confundir

Después de la visita del Papa Francisco a México se han escrito por todos lados cualquier cantidad de opiniones y juicios. Estoy de acuerdo con aquellos comunicadores que han afirmado desde un análisis sincero y objetivo que en la visita papal a México se enfatizaron los problemas importantes desde una "óptica general". Discrepo de los eternos insatisfechos que esperaban un discurso a modo, cómodo para ellos por coincidente con sus propias opiniones, predecible y fácil de comprar por los lectores tradicionales de sus columnas. Esos plumíferos del sensacionalismo deseaban que el Papa Francisco hablara a sus fieles, a sus públicos lectores, según sus usos y costumbres periodísticos.


Papa Francisco


La decepción por un pontífice que no habla "a la carta" hizo que las descalificaciones se mostraran como respuesta de resentimiento. Se quedaron estúpidamente esperando a que el Sucesor de Pedro hablara como político a los políticos, como activista a los activistas y como editorialista a los lectores de las columnas de opinión. Pero en su lúcida inteligencia el Papa ha hablado como lo que es: un pontífice, un hacedor de puentes que entiende su tiempo y circunstancia.

En la doble dimensión de su naturaleza –la del jefe de estado y líder religioso–, Francisco tenía que ser muy preciso. En Palacio Nacional su mensaje no fue condescendiente; fue directo, respetuoso y sumamente inteligente, excepto para los que anhelaban que reclamara con dedo flamígero por toda su ineptitud a los políticos allí reunidos. En hipotético despropósito, imaginemos por un momento que algún líder internacional cualquiera, digamos Obama, Merkel, Hollande o Cameron, en visita oficial a México se hubiese atrevido a criticar a la clase política por su nulidad para atender el problema de los desaparecidos, por ejemplo. Algo así habría merecido como mínimo un reclamo diplomático, cuando no la aplicación inmediata del artículo 33 Constitucional ante semejante descortesía. Habría sido una flagrante ofensa de las forma diplomáticas al escupir en la cara del anfitrión con impertinente intromisión en asuntos internos.

Previo a su llegada, el Vicario de Cristo había adelantado en un video inédito la naturaleza de su viaje: diálogo y encuentro con México y con su alma guadalupana. Llegaría para escuchar y empaparse de nuestra realidad, para encontrarse espiritualmente con nosotros. La comparecencia ante la Virgen del Tepeyac era parte central en su agenda.

El Santo Padre sólo estaba obligado a señalar a los suyos, a reclamar a sacerdotes y obispos de la Iglesia por su apartamiento del sendero testimonial de Cristo, lo cual hizo sin tapujos en su reunión de la Catedral Metropolitana. Sin dejar de tocar todos aquellos temas sensibles, en el entendido pastoral de que para un Papa "nada de lo humano le es ajeno", Bergoglio no tenía la intención de inmiscuirse en asuntos políticos, pues "al César lo que es del César".

Yo pregunto a todos los comentócratas y escribanos de los últimos días ¿por qué tendría que haber venido Francisco a decirnos lo que en justicia y en esencia corresponde decir a nuestros políticos? ¿Por qué se rasgaron las vestiduras ante la prudencia papal? ¿Es obligación de Su Santidad o de los gobernantes hablar con claridad sobre lo que pasa en México?

Vale la pena decirle a los decepcionados que se pongan a leer. Que estudien las relaciones Iglesia-Estado, la diplomacia y el derecho internacional antes de mojar en tinta el plumín. Sólo han demostrado una supina ignorancia y un resentimiento destilante en sus páginas. La prensa insatisfecha es tan perversa como la prensa acomodaticia, esa que exige que el mundo se ajuste a su línea editorial.

Somos los mexicanos quienes debemos generar una mejor sociedad y ciudadanía; nadie va a hacer por nosotros lo que no estemos dispuestos a hacer por nosotros mismos. El Papa Francisco no tenía por qué venir a hacernos la tarea o a corregirnos la plana. Aquellos que pensaron que el pontífice romano llegaría a reprender a unos y a convalidar a otros, o que calificaría aprobatoriamente a los de allá y reprobaría negativamente a los de acá, frustrados han quedado.

Por eso, hizo lo correcto ante el reclamo de reunirse con las familias de los 43 normalistas de Ayotzinapa, y ante las presiones para pronunciarse en alguna de sus intervenciones públicas. En un asunto donde hay aún tantas versiones como teorías, tanta desinformación y polémica, tantas falsedades y datos ocultos, tantos intereses e interpretaciones de la historia, Francisco acertadamente se reservó su opinión hasta que estuvo en el avión de regreso.

Resulta curioso que aquellos críticos indiferentes ante la Iglesia ahora hayan sido los más interesados en Francisco. Periodistas apartados de la religión o de sus preceptos, repentinamente se tornaron en censores especializados y exigentes. A todos ellos pregunto: si el Papa no se inmiscuye en la política italiana... ¿por qué habría de hacerlo en la mexicana? En la primera reunión que tuvo con los obispos romanos en mayo de 2013 les dijo: “con el gobierno italiano arreglaos vosotros, porque el Papa es para todos, y no puede meterse en políticas internas de un país; ese no es el papel del Papa". Entonces, al buen entendedor...

El líder de la Iglesia Católica ha venido a dar esperanza, no a resolver los problemas que le corresponde atender a México, a su gobierno y a sus ciudadanos. Resolver nuestros asuntos nos compete primeramente a nosotros. Los consabidos expertos en diagnosticar los males de México fueron una vez más los inconformes, porque los que necesitaban una voz de esperanza, la obtuvieron. Los sufrientes que imploraban alivio, lo encontraron; los presos que necesitaban aliento, lo recibieron. Los jóvenes buscaban palabras de esperanza y las escucharon. Los migrantes buscaban alivio y lo alcanzaron. Los indígenas buscaban reconocimiento y quedaron conmovidos por la humildad de un pastor que abrazándoles les pidió perdón.

El Papa latinoamericano había dicho que venía a aprender, no a impartir cátedra. No vino como fiscal ni como observador de Amnistía Internacional, mucho menos como auditor o inspector. Sólo vino como pastor, un humilde y extraordinario pastor, peregrino de misericordia y paz.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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