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El Papa reconoce la riqueza de la cultura mexicana

El Papa Francisco fue recibido en Palacio Nacional. Un momento histórico, pues nunca un Pontífice de la Iglesia Católica había entrado y recibido oficialmente. Tuvo una reunión privada con el Presidente Enrique Peña Nieto. Al concluir le mostró los murales de Diego Rivera que entre sus figuras contiene no pocas imágenes contra la Iglesia. El mismo Palacio Nacional contiene mucha historia anticlerical de momentos hoy la superados. De ahí la trascendencia de ese encuentro.


Viaje Papa


En el evento de Palacio estuvo representado el mundo laico del país: funcionarios del Estado, políticos, empresarios, mundo de la cultura y representantes de otras iglesias.

El Presidente recogió en su mensaje no pocas expresiones de la encíclica Laudato si, del Papa Francisco. Fue un discurso conciliador del cual conviene rescatar la vinculación que el Presidente Peña hizo de dos conceptos que pareciera que en el pasado estuvieron en conflicto: Estado laico y libertad religiosa.

Todavía hasta las recientes reformas a la Constitución, en México se levantaron voces jacobinas, en foros en el Senado de la República, en las cuales se hicieron fuertes ataques a la Iglesia y a sus ministros, entre ellos al Cardenal Norberto Rivera, con odio poco disimulado. Voces que, en realidad, no eran expresión de laicidad sino de laicismo, entendido éste como una actitud antireligiosa. Por fortuna se impuso la cordura y hoy en México conviven las dos expresiones como cara de una misma moneda. Queda, sin embargo, pendiente de afinar la libertad religiosa, pues aún existen expresiones jurídicas y prácticas que no permiten que esa libertad sea plena.

Por su parte, el Papa Francisco reiteró la disposición, fundada en hechos históricos concretos, de “la colaboración de la Iglesia católica, que ha acompañado la vida de esta Nación y que renueva su compromiso y voluntad de servicio a la gran causa del hombre: la edificación de la civilización del amor”.

Asumiéndose como Guadalupano, el Papa rindió homenaje al pueblo mexicano, del que señaló una identidad propia –negada por no pocos- con una riqueza cultural en la diversidad, que “no siempre fácil de encontrar y especialmente valorar”. Una riqueza de multiculturalidad que el Papa Francisco la asume como parte de la biografía mexicana que, además de su ubicación geográfica, la hace referente en América. Esta identidad, invitó el Papa, debe valorarse, estimularse y ciudarse. A ella haría alusión más tarde ante los obispos.

La identidad de México, recordó el Papa, se ha forjado en duros y difíciles momentos de su historia por grandes testimonios de ciudadanos que han comprendido que, para poder superar las situaciones nacidas de la cerrazón del individualismo, era necesario el acuerdo de las Instituciones políticas, sociales y de mercado, y de todos los hombres y mujeres que se comprometen en la búsqueda del bien común y en la promoción de la dignidad de la persona.

Aquí hizo alusión, sin duda, a las guerras fratricidas, el monopolio político y jurídico de la vida de México por parte de un grupo que hizo del Estado su patrimonio, y que requirieron y requieren todavía acuerdos en diversos temas en torno a la dignidad de la persona, como es el caso de la familia y la defensa de la vida desde su concepción hasta la muerte natural.

El Papa ha reconocido a México como una nación con futuro esperanzador porque es rica en juventud. Pero no dejó de poner un dedo en la llaga al indicar que esa esperanza se funda en el presente con “hombres y mujeres justos, honestos, capaces de empeñarse en el bien común, este «bien común» que en este siglo XXI no goza de buen mercado”. Y es que la búsqueda del privilegio o beneficio de unos pocos, en detrimento de todos, lleva a la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo.

Si alguien pensó que sería políticamente correcto y no haría alusión a los temas de corrupción, violencia, tráfico de personas, secuestros, asesinatos que hoy brotan por todo el país, se equivocó. No los silenció, no ofendió y agredió, pero en sus palabras enunció la raíz del problema. Pero también la solución: una política auténticamente humana y una sociedad que como él dice, acoja a todos para que nadie sea víctima de “la cultura del descarte”.

A los políticos y dirigentes sociales les dejó tarea: ofrecer a todos los mexicanos la oportunidad de ser actores de su propio destino allí donde se desarrolla la sociabilidad humana, ayudando al acceso de los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda adecuada, trabajo digno, alimento, justicia real, seguridad efectiva, un ambiente sano y de paz.

Pero también dejó tarea a la sociedad, recordando que esto no se logra sólo con la actualización o mejora de las leyes, sino en la responsabilidad de cada uno y la corresponsabilidad con los demás en la causa común del desarrollo, a fin de construir “la civilización del amor”.

Con sencillez, así habló el Papa a todos los mexicanos desde el centro de México, el Palacio Nacional. Nos corresponde a todos, ahora, atender el exhorto y responder en consecuencia.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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