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Occidente se mira al ombligo

Los atentados terroristas en París vuelven a consternar y alarmar a Occidente. La alarma cunde en todas las naciones y los tambores de guerra suenan con estruendo. Todos se envalentonan y las condenas se escuchan por todos los rincones. Y no es sin razón, pero como diría el Papa Francisco, se trata de una autorreferencia. Las naciones occidentales se ven a sí mismas, se preocupan por sí mismas y lloran por sus hijos. Todos debemos llorar por ellos, pero no es suficiente.


Estado Islámico


Occidente está pagando el precio de su egoísmo, sus traiciones y sus errores estratégicos. No es la primera vez. Durante la Primera Guerra Mundial, Alemania necesitaba ablandar el frente ruso para enfocar sus baterías hacia Francia; entonces organizó el traslado de Lenin a Rusia para activar la revolución que le permitiera la paz en ese frente y volcar su fuerza para doblegar a Francia. Consiguieron activar la Revolución Rusa que más tarde se engulliría la mitad de Alemania, después de la Segunda Guerra Mundial. Es el típico caso de dormir con el enemigo.

Pero no es la primera vez. Durante la “Guerra Fría”, con tal de vencer a los rusos, Estados Unidos se alió con los guerrilleros que combatían contra la invasión rusa en Afganistán. Dieron dinero y armas, pues consideraban esa invasión como una gran amenaza a la paz. Ahí se fue gestando la fuerza que luego encabezaría Osama bin Laden, quien recibió el apoyo de 35 mil musulmanes en su batalla. La ministra pakistaní Benazir Bhutto advirió al presidente Bush que estaban gestando un Frankestein, pero los estadounidenses no hicieron caso. La historia le dio la razón a Bhutto.

Ahora, el primer ministro ruso, Dimitri Mendvédev, acusa a Estados Unidos de ser el culpable del fortalecimiento del Estado Islámico (ISIS), que ha desencadenado una “guerra santa” en Medio Oriente y patrocina atentados por todo el mundo.

Mientras la guerra es tan “lejana” como en Siria, las indecisiones y acciones contradictorias de Occidente no parecen preocupar y se finge un combate en serio. Pero cuando la guerra toca en casa, entonces cunde el pánico, porque Occidente se ve sólo a sí mismo. No es sólo una actitud de los gobernantes, la misma prensa sólo informa de manera aislada y sin seguimiento la masacre que ocurre en los países musulmanes invadidos por el “Nuevo Califato”, particularmente contra los cristianos, que aportan mártires y refugiados que huyen de esa violencia. Una persecución que no es de ahora, pero que ha sido sistemáticamente silenciada.

Durante muchos años ha existido una persecución en los países musulmanes. Argelia, Libia, Egipto, Jordania, Siria, Mali, Nigeria, etc., son parte de esa geografía. En París son 120 muertos; en el último año han muerto más de 2 mil cristianos. Boko Haram ha hecho gala de violencia. Las mujeres son violadas, los niños son secuestrados para adoctrinarlos y las niñas son vendidas como esclavas sexuales. La noticia aparece y muere. No hay seguimiento, no hay reacción. Al menos no al modo como vemos que ocurre cuando en Occidente ocurre un atentado. Son dos pesas y dos medidas.

El Papa Francisco ha pedido que se contenga esa masacre, pero no ha sido oído. El cristianismo languidece en esas tierras, mientras que los musulmanes florecen en Europa. La organización a “Ayuda a la Iglesia Necesitada” afirma que en un lapso de cien años, el cristianismo ha pasado de representar un 20 por ciento de la población en el Oriente Medio, al 2 por ciento en la actualidad. Es una agresión sistemática.

El clima de violencia imperante entre Israel y Palestina, también provoca emigración y daños colaterales. Los patriarcas de Tierra Santa han pedido insistentemente que no dejen de acudir peregrinos a los lugares santos, no sólo como manifestación de fe y reafirmación de la presencia cristiana en ese lugar, sino también para asegurar la supervivencia económica de los cristianos que viven en ese lugar.

Los musulmanes radicales están aplicando una guerra “glocal” –global y local–, en Occidente usan el terrón conforme a las reglas de este método: amedrentar, generar temor y paralizar. Sin embargo, y de manera curiosa, esta violencia está generando simpatías y “conversos” que incrementan las filas de estas fuerzas en un mundo relativista y escéptico, que de pronto encuentra principios firmes al extremo de acabar con quienes no los comparten.

Pero ese mismo terrorismo se aplica localmente en el territorio donde sienta sus plantas ISIS, para asegurar el control local y eliminar cualquier resistencia de los mismos musulmanes que no comparten sus principios extremistas.

Esto no lo ignoran las potencias de Occidente, pero han permanecido indiferentes, a pesar de las evidencias de violaciones de los derechos humanos en forma masiva. Pero esto no se toma en cuenta, mientras sea fuera de las fronteras locales.

Se trata, pues, de ver el propio ombligo y reaccionar y actuar sólo cuando éste se ve afectado, irritado o amenazado. Pero si eso es más allá de las fronteras, no se ve. Es una política ingenua que ha probado hasta la saciedad que no beneficia a nadie, pues lo que se ve lejos, tarde o temprano está cerca. Si ésta es la Tercera Guerra Mundial, sin fronteras ni lugar localizado, la estamos perdiendo.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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