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Charlie Hebdo, víctima del libertinaje de expresión

La masacre en las oficinas de Charlie Hebdo ha provocado una oleada de protestas sobre los atentados a la libertad de expresión. La indignación y las formas como se ha expresado parecieran ir más en la dirección de una protesta porque la libertad de expresión ha sido mancillada, más que por el hecho de que 12 personas perdieron la vida. En el extremo de las consideraciones, hay quienes parecen llevar duelo por la afectación de esa libertad y no por las personas. Ciertamente que por éstas hay que llevar luto y no por aquella.


Respeto y Tolerancia


Desde que apareció el concepto de Derecho a la Información, vinculado con la justicia informativa, la idea de la libertad de expresión debería haber opacado, pues se trata de un concepto liberal extremo que se resiste al reconocimiento de límites, por más que se diga que la libertad de una persona termina donde empieza la libertad de otra. En pocas palabras, el choque de las libertades parecería la fórmula de equilibrio cuando, en realidad, es el inicio del conflicto.

Ya ha sido suficientemente criticada la idea de que la libertad de expresión, de prensa y comunicación sea el concepto y criterio adecuado para regular dichas actividades, puesto que cuando ellas se realizan a través de los medios, surge una inevitable desproporción en la “fuerza” que se tiene para ejercer dicha libertad entre los que tienen acceso a los mismos y quienes quedan al margen. Y aunque pareciera que hoy todos podemos elevar la voz a través de Internet, son tantas las que circulan en el ciberespacio, que su presencia en las mismas no garantiza el equilibrio, pues no son pocas las voces que terminan aplastadas por el alud de las demás.

Como resulta insuficiente la idea de que mi libertad termina donde empieza la del otro, se ha hecho énfasis en un equilibrio diferente, en el binomio libertad-responsabilidad. La libertad para ser bien ejercida, reclama responsabilidad. Hacerlo de manera irresponsable, es libertinaje. Pero dentro del concepto liberal de la libertad de expresión, cuando más, la responsabilidad ocupa una dimensión ética que no implica, per se, una sanción, un castigo o una condena a los irresponsables. Todo queda a nivel de la propia conciencia y, cuando mucho, del repudio, también moral, de quienes observan esa mala conducta.

Todavía hasta fines del siglo pasado, en la mayoría de las legislaciones –incluyendo la mexicana– se reconocían límites a la libertad de expresión: el respeto a la moral, al orden público y los daños a terceros. Esos límites han sido abolidos jurídicamente o en la práctica, al convertirse en letra muerta. En un mundo relativista no se admite una moral objetiva y, por lo mismo, se rechaza la posibilidad de que alguien pueda definir qué es lo bueno o lo malo que, en un momento dado, pueda servir de criterio límite a la libertad de expresión. Al romperse el dique, hemos sido inundados de basura y de heces, como la pornografía, en todos los medios. Intentar frenar estos excesos se convierte en un riesgo para quien lo intente.

En cuanto a los derechos de terceros, antiguamente se definían como injuria, difamación y calumnia. Eran delitos que podían ser castigados, aunque raramente se hacía; sin embargo, estaban señalados y existía toda una teoría jurídica para explicar cuándo se producían estos delitos. La fuerza de la prensa hizo que desaparecieran, porque, se dijo, atentaban contra la libertad de expresión. En su lugar fueron sustituidos por el concepto de “daño moral”, figura poco clara y bastante subjetiva, que poco se aplica y hasta se olvida. Cuando mucho se trata de faltas que se resarcen con indemnizaciones. En la práctica también los jueces se niegan o temen abordar el tema, pues cuando fallan contra un medio a un comunicador, nuevamente se les aplica la fuerza de los medios para decir que se trata de ataques a la libertad de expresión.

La consecuencia de ello es que vivimos en medio de un creciente libertinaje de expresión, donde quien tiene una libertad “fuerte” aplasta la libertad “débil” de los demás. Una tesis, un argumento o una afirmación, puede ser rebatida o desmentida, cuando mucho. Pero, ¿y las caricaturas o los chistes? Frente a ellos no hay argumento, ni siquiera una contra-caricatura. Ellas son demoledoras y no tienen contrapeso.

La comunicación puede ser más letal que las balas. Las víctimas en Francia han sido elevadas al nivel de mártires de la libertad de expresión y héroes del periodismo satírico, de una vez y para siempre. Pero una víctima de la comunicación no muere, permanece en vida cargando el sanbenito que se le haya colocado. Se convierte en un apestado, pierde dignidad y se le margina. A quien mata con balas se le procesa y castiga. Quien mata con la pluma o la imagen, queda impune.

Lamentablemente, los fundamentalistas musulmanes que cometieron el asesinato múltiple en Francia, el fanatismo y la impotencia para exigir respeto, libertad responsable, se desbordaron en el ejercicio de otra libertad irresponsable: el uso de la fuerza. Es una escalada peligrosa que debe contenerse.

Por ello, más que enfocar el tema de la comunicación en el eje de la libertad, éste debe sustentarse en el del derecho. El concepto de derecho a la información implica que unos lo tienen y otros lo deben satisfacer. Y ya sea que se trate de los géneros informativos o de opinión, los criterios sobre los que deben sustentarse, son la verdad, el bien y la justicia. Y la violación a los mismos debería ser sancionada, no como el ataque a una libertad, sino como la lesión a un derecho.

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