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La adolescencia como paradigma de plenitud humana

¡Qué buena charla ayer con el profesor Ayuso Díez! Hablamos de muchos temas, pero uno que nos inquietó mutuamente es constatar cómo actualmente la adolescencia se ha propuesto como la plenitud humana, como el modelo de hombre perfecto. Sí, el “typus hominis”, actualmente, es el adolescente. La etapa que antaño era vista como un trago amargo, como una crisis, como una edad de la “choca”, es ahora el paradigma que todos debemos imitar: niños, adultos, ancianos. ¿Por qué?



El adolescente posmoderno es, como indica Philippe Muray, un “homo festivus”. La festivización de la vida entera es una realidad cotidiana. Lo lúdico pasó a ser una categoría que remplazó a la obligación moral o legal, a la paciencia y espera, al silencio y la contemplación. Lo que hace explotar el ánimo, escapar al aburrimiento, abatir la carga de los deberes es, de suyo, saludable. Y como la salud es la condición misma de seguir enfiestados, entonces lo festivo es el bien básico de toda sociedad. Hay fiesta, pero la dilatamos desde antes con un precopeo en casa de alguien -lo cual abarata el consumo en el antro, dicho sea de paso- y la continuamos con el “after” en casa de otro anfitrión. ¡La fiesta debe continuar!

La apología de la adolescencia continúa exaltando el emotivismo propio de esta edad. La lógica del “like” en Facebook o del emoticón de “carcajada” en el WhatsApp son fundamentales para poder comunicarnos. Clicar “me gusta” o “me divierte” es un comodín, es un tipo de omnitraductor, es un polivalente interesantísimo, pues a él terminan reduciéndose mecanismos que antes creíamos irreductibles: el consenso, la argumentación, la autoridad.

Las redes sociales paulatinamente se han vuelto una fuente de emociones, y no tanto para “pasar el tiempo” en lo que nos volvemos a ocupar en otro asunto, sino porque ya ocupar el tiempo significa estar de lleno en ellas.

El modelo de trabajo exitoso, el neoempresario, el ideal del adolescente que quiere ganar dinero y pasarla bien (pues sobra decir que la diversión posmoderna cuesta), es ser un Youtuber famoso. Qué mejor que Vegetta, que se gana un dineral grabándose mientras está en sus videojuegos, tiene 16 millones de suscriptores… Auronplay y el multicomentado MrGranbomba, Werevertumorro o Yuya, palidecen frente al ícono actual: PewDiePie con más de 50 millones de seguidores, y con cientos o miles de millones de visualizaciones de todos sus videos. Esos miles de millones de videos habrá que multiplicarlos por 10 o 20 minutos que duran cada uno. La atención que el mundo presta a un Youtuber, parafraseando a López Obrador, ¡no la tiene ni Obama!

En una entrevista que le hacían a Auronplay (¡por Dios, él es todo un perdedor frente a PewDiePie) decía que la media al mes de sus ingresos por colgar videos en YouTube era de unos tres mil euros (60 mil pesos), hay páginas web que dicen que gana el doble. Da igual. El amado PewDiePie gana poco más 15 mil dólares ¡al día! (casi medio millón de dólares al mes): mucho más rentable que la corrupción política o el narcotráfico. La diversión deja más pasta que la maldad.

Bienvenido a la idealización de este oficio. Usted cuelga dos videos de 15 minutos a la semana, en que además se la pasa bomba, haciendo bromas telefónicas, mofándose de los ancianos, jugando Minecraft, contando que le hace el amor a un extraterrestre o mentando madres a los políticos en turno, y encima gana un dineral. Nos aproximamos así ideal del eterno adolescente posmoderno: mucho dinero, mucha diversión, mucha vanidad… nulo trabajo, nula cooperación al bien común, nula generación de empleos, nula responsabilidad.

La multimentada “era del conocimiento” ha desembocado, entre muchos posibles caminos, en ser un “follower de un youtuber”. Esto, si no es verdad para muchos que me leen, sí que lo es para la gran mayoría de los adolescentes. ¿O acaso usted cree que escuchan los conciertos de Brandenburgo, o descargan aplicaciones de trigonometría y lógica matemática, o consultan las bibliotecas digitales Gallica o Cervantes Virtual? Hemos archivado lo mejor del conocimiento, lo hemos hecho accesible como nunca antes. La Biblioteca de Alejandría nunca imaginó el esplendor de Internet… y con todo, nunca antes la juventud había accedido tan poco a la cultura.

La antigüedad fraguó héroes, cuya emulación era el pivote educativo de la gran mayoría de niños y adolescentes; la cristiandad hizo lo suyo con las vidas ejemplares de santos. Hoy nuestra propuesta de hombre ideal es un permanente adolescente: un youtuber.

Soy de la idea que esto precisa un freno ya. Como siempre, la cosa comienza en casa. Por doloroso que parezca, por retrógrado que me puedan llamar muchos, comencemos por NO dejar que nuestros hijos tengan dispositivos móviles. ¿Qué va a ser de ellos? ¿Los dejaremos fuera de la cultura actual? ¿Serán la presa de burlas en el colegio? ¿Cómo me comunicaré con ellos? Seamos sinceros… dedique un día entero a hablar con su hijo o hija, a ver juntos todo lo que publican sus amigos en el Facebook, los videos que ve, las cosas que escribe. Todo un día dedíquelo simplemente a conocer la vida digital de su hijo. Después, tome la mejor decisión… aún tiene la patria potestad para velar por lo que mejor conviene a su prole.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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