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Lo que importa es nuestra actitud frente a Amoris Laetitia

Por aquí quiero empezar, y tal vez sólo eso quiero tratar esta ocasión: la actitud con que se acoge el Magisterio papal.


Amoris Laetitia


Me preocupa ver noticias y páginas Web, presuntamente ortodoxas, cuyos titulares esta semana han sido, más o menos, los siguientes: “El Papa no cambia la doctrina”; “El tratamiento a divorciados vueltos a casar se mantiene igual”; “La Exhortación apostólica no es un acto de magisterio”, etc.

Con buena, o no con tan buena intención, sacerdotes, laicos y hasta cardenales salen al encuentro de los periodistas y de los medios para afirmar que no nos preocupemos, que el Papa no se ha salido con la suya, que la doctrina y la tradición multisecular está intacta.

Otras páginas me dan igual preocupación, pues voltean la tortilla en el sentido inverso, afirmando que el Papa rompe e innova, que cambia y moderniza nuestro concepto de matrimonio y de familia, desacatando las Escrituras y la Tradición.

Ante ambas posturas, quisiera dar un paso atrás y preguntarme: ¿Cuál es la actitud básica de un laico ante un documento tan importante?

El primer punto es tener conciencia de que la Iglesia es nuestra Madre y que el Papa es el Vicario de Cristo; que el Espíritu Santo le asiste en su actividad de Maestro y Pastor, no sólo cuando habla Ex cathedra, sino en su vida ordinaria, en sus gestos y palabras.

Como ocurre con un papá, lo primero y ordinario es la actitud de confianza. La vida en familia nos enseña mucho también de la vida en la Iglesia; y creo que a algunos les está faltando este cariño sincero, agradecido y fiado ante Francisco.

Al Papa hay que quererlo, y quererlo mucho. Con esto, la mitad de la tarea ya casi está realizada. Una frase de San Josemaría es clarificadora sobre la identidad de un católico: “omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!” El fin es Jesús, María es un modelo idóneo… pero siempre en compañía de Pedro (cum Petro).

Algunos biógrafos cuentan que cuando san Francisco pidió a Inocencio III (uno de los Papas más interesantes a estudiar) la aprobación de su orden, la primera regla estaba conformada de textos del Evangelio. ¿Cómo no aprobar una orden religiosa así? Si se desaprobaba, se desaprobaba el Evangelio mismo. Algo análogo me parece la última Exhortación Apostólica del Papa Francisco Amoris Laetitia: ¿cómo no estar de acuerdo con el Evangelio de la alegría, de la familia, de la misericordia? El Papa recurrió a la más bella Tradición, es decir, a la fuente misma de toda Tradición: el Evangelio. A veces vamos a documentos pontificios previos, al Derecho Canónico, al Catecismo, a santos y sabios de la Iglesia… y todo ello es muy bueno, pero recordando que toda doctrina se extrae del Evangelio, de la Persona de Jesús que sigue vivo y resucitado entre nosotros. El primer criterio de ortodoxia es la compatibilidad con la persona y propuesta de Jesús.

Amoris Laetitia también nos pide andar en una actitud muy olvidada: la caridad. En efecto, a veces confiamos en que el solo cumplimiento de la ley nos hará justos, cuando no es así. San Pablo cuestionó seriamente esta soberbia del legalista en su Carta a los Romanos; Jesús mismo, seamos sinceros, con quienes más problemas tuvo fue con los doctos en la ley. Pero analicemos: el problema fundamental es desconocer el espíritu o fin de la ley misma y apegarnos a su letra. Cierto es que en ocasiones la mejor forma de cumplir el espíritu de la ley es cumplir la letra, pero en ocasiones no. En la homilía del 11 de abril de 2016, el Papa decía esto: “No les importa la vida de una persona, no les importa el arrepentimiento (…) Sólo les importa su sistema de leyes y tantas palabras y tantas cosas que han construido. Esa es la dureza de su corazón”. Si alguien lee el último documento del Papa desde el pedestal del fariseo, no entenderá nada, ni aprenderá nada y le parecerá indigesto… En cambio, si se le lee desde la conciencia de la propia limitación y pecado, desde la misericordia que Dios nos tiene, el documento será una luz brillante, y seguramente en más de un momento el corazón llegará a las lágrimas.

Nuevo no es solamente lo que nunca hemos visto u oído; nuevo también es lo que cada día se dice de manera diferente, se ve con nuevos ojos. He escuchado muchas veces la frase “te quiero mucho”, y no por ello deja de ser bello y necesario escucharla de nuevo. La actitud de la novedad, del asombro frente al misterio, es necesaria para sacar provecho a la lectura. Es verdad que muchas afirmaciones ya las habían dicho Pío XI, Pablo VI, Juan Pablo II o Benedicto XVI, pero es bueno escucharlas de nuevo. Porque la novedad de Francisco no estriba en que diga algo distinto. Su novedad, más bien, radica en que presenta, acentúa y confirma todo lo anterior desde el misterio de la misericordia. Por ejemplo, el cuarto capítulo (en especial los nn.90-119), piedra de toque para entender todo el documento, es la carta magna de la misericordia cotidiana que ha de vivirse en familia. Nadie me había hablado tan claro, tan directo, tan profundo y tan esperanzadamente en mis retos y desafíos concretos, que el Papa Francisco. ¡Es como si se hubiese dirigido a mí, especialmente a mí! La gran tentación es creer que hay párrafos de Amoris Laetitia dedicados a mi esposa, a mis hijos, a mis amigos… y yo esquivar su interpelación.

Otra actitud que sugiero es la integralidad. Hay que leer el documento como un todo y buscar su sentido en conjunto. No hay que descontextualizar nada ni aislar frases para hacer decir al Papa lo que el texto ni dice ni busca decir. Este criterio no sólo es para leer al Papa, es un criterio básico para leer cualquier texto.

Me llamó la atención que el Papa no redujo el tema de la familia al matrimonio, y éste a la sexualidad, y ésta a la fecundidad, y ésta a la oposición a la contracepción y al aborto, caricatura que muchas personas hacen del discurso de la Iglesia sobre la familia. El Papa intentó abordar toda la familia, y por eso es un documento extenso: trata sobre los novios y su preparación, sobre el matrimonio, el erotismo, la fecundidad, los hijos y su educación, los abuelos, la familia extendida, las políticas públicas, el perdón cotidiano, la pornografía, el amor cuando la pareja llega a la ancianidad, la esperanza del embarazo, tips para novios y tips para los primeros años del matrimonio, el aborto, la viudez, la educación sexual, la apertura a la vida, el divorcio, la conciencia, la espiritualidad matrimonial y familiar, y un largo etcétera. Nadie antes había hablado tan ampliamente de la familia como Francisco, y estoy hay que agradecerlo.

Una actitud enfermiza consistiría en ir sólo y exclusivamente al capítulo VIII, a los numerales relativos a los matrimonios irregulares o a la ya famosa nota al pie 351. Esta lupa se parece a la de los fariseos y doctores de la ley que tenían atento el oído a las palabras de Jesús, pero no para convertirse, sino para “buscar la forma de condenarlo a muerte”, con algún traspiés o falta a la ley.

Jesús no se cuidaba de ellos al grado de incumplir la voluntad del Padre. La alegría del Evangelio llegó a pecadores, publicanos, prostitutas, adúlteras, cobradores de impuestos, enfermos, viudas, pobres, extranjeros y a toda la gente sencilla y humilde; el mismo Jesús expresó: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños” (Mt 11,25). Esta es la última actitud que aconsejo: leamos como los pequeños, no como los sabios e inteligentes.

¡Ánimo con la lectura! Será un texto que mejorará nuestras vidas en familia.

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