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Francisco: La severidad de un profeta

La presencia del Papa Francisco en México ha marcado un hito para la historia del catolicismo en nuestra Patria. Habrá un antes y un después en muchos de los terrenos: en la familia, en el trato a los migrantes e indígenas, en la juventud, en los gobernantes, en los empresarios, en los niños y ancianos, en fin, en todos los que habitamos en las periferias existenciales.


Papa Francisco


La gran mayoría hemos sido interpelados por sus gestos, sus discursos, pero sobre todo por su testimonio. Es a partir de esta interpelación que cada vez comprendo más la figura de Su Santidad Francisco como profeta. Quisiera brevemente dar una clave para releer sus discursos y volver a escuchar sus palabras desde una perspectiva que me parece sugerente: la homilía final que dirigió en Ciudad Juárez el miércoles 17 de febrero.

Antes de viajar a Roma de regreso, ese día el Papa dirigió su predicación al pueblo mexicano desde una posición inusual. Algunos esperaban un discurso festivo o triunfal, que volviese a recordarnos cuán fiel es México, pero no fue así. Fue un mensaje severo. Misericordiosamente severo. Si cambiamos en esa homilía las palabras ‘Nínive’ por ‘México’ y ‘Jonás’ por ‘Francisco’, se darán cuenta de la gravedad del mensaje, que parafraseo a continuación:

México, un gran pueblo, se está autodestruyendo, fruto de la opresión y la degradación, de la violencia y la injusticia. Tenemos los días contados, ya no es sostenible la vida por la violencia que nosotros mismos hemos generado. El Señor movió el corazón de Francisco, que fue enviado como mensajero. El Señor le dijo a Francisco: ‘diles que dentro de cuarenta días México será destruido’. Ve y ayúdalos a comprender que con esa manera de tratarse, regularse y organizarse lo único que están generando es muerte y destrucción, sufrimiento y opresión. Hazles ver que si así siguen, no habrá vida para nadie, ni para sus poderosos ni para sus humildes. Ve y anuncia que se han acostumbrado de tal manera a la degradación, que han perdido la sensibilidad ante el dolor. Diles que la injusticia se ha instalado en su mirada.

Por eso vino Francisco. Dios lo envió a evidenciar lo que estaba sucediendo, lo envió a despertar a un México ebrio de sí mismo.

Así como Dios apeló a la bondad de los ninivitas, así nos interpela a nosotros los mexicanos. Apela a nuestra bondad, aunque esté dormida o anestesiada. Nos invita seriamente a la conversión y arrepentimiento a todos los niveles: gobernantes y gobernados, obispos y sacerdotes, pobres y marginados, ricos y empresarios, jóvenes, niños y ancianos, individuos y familias, enfermos y sanos, religiosos y laicos, presos y migrantes… Así como sucedió en Nínive tiene que suceder en México, el arrepentimiento debe ser asumido por la totalidad del pueblo; si no, no habrá un cambio verdadero y radical. La totalidad de los mexicanos debemos pedir el don de las lágrimas, como lo expresó el Papa: “Llorar por la injusticia, llorar por la degradación, llorar por la opresión. Son las lágrimas las que pueden darle paso a la transformación, son las lágrimas las que pueden ablandar el corazón, son las lágrimas las que pueden purificar la mirada y ayudar a ver el círculo de pecado en que muchas veces se está sumergido”.

La corrupción en nuestra patria es generalizada, y todos, por activa o por pasiva, tenemos responsabilidad en el estado actual de las cosas.

No seamos ingenuos: en la cárcel están quienes consumaron la maldad, pero todos socialmente hemos cooperado en las condiciones para que dicha maldad existiera: empleos mal remunerados, evasión de impuestos, no dar horarios dignos en las empresas para que los trabajadores estén en sus hogares educando a sus hijos, un culto idolátrico al dinero que ha producido violencia, narcotráfico y trata de personas, descuido del amor entre los cónyuges, irresponsabilidades en los estudiantes, legisladores que a medias legislan y ciudadanos que a medias cumplimos tales ordenamientos…

Todos, por acción o por omisión, somos responsables, por ejemplo, del aborto, al no dar comprensión, ayuda, escucha, seguridad, oportunidades, educación y cariño a quien por ignorancia o precipitación tomó esta dolorosa decisión. En fin, ante toda esta estructura de maldad que ha enceguecido nuestra mirada -como escribiera Dostoievski- “todos somos culpables, por todo, ante todos”.

El final de la homilía nos invita a un cambio fuerte y profundo, a un auténtico golpe de timón. Dice el Papa: “Siempre hay tiempo de cambiar, siempre hay una salida y siempre hay una oportunidad, siempre hay tiempo de implorar la misericordia del Padre”.

Esa homilía de Ciudad Juárez me hizo descubrir que vino un profeta a nuestra tierra. Un profeta no bienvenido por fariseos de izquierda, que querían un golpeador del gobierno y un aval de su pliego petitorio (pederastia, feminicidios y desaparecidos); tampoco fue bienvenido por fariseos de derecha, que se indignaron porque el Papa escuchase testimonios de familias heridas o rezase ante la tumba de Samuel Ruiz. Para ambos sectores la visita fue una decepción. También pudo haber sido decepción para alguien que esperase un discurso en que se nos felicitara por lo bien que están las cosas en todos los sectores y a todos los niveles. Es triste decirlo, pero México dejó de ser fiel. Nuestra fe es de oropel y nuestro compromiso deja mucho que desear en la política, la empresa y la educación. México es, al menos en la práctica, una sociedad secular y poscristiana.

No quiero asumir un tono pesimista, sino más bien escatológico a la luz de dicha homilía que invito a releer, meditar y profundizar. Si seguimos así, como estamos actualmente, tenemos los días contados; pero si nos arrepentimos, la misericordia de Dios nos transformará y hará de nosotros un gran pueblo. Vino a nuestra tierra un profeta a sacudir nuestras conciencias indoloras, a limpiar nuestra mirada y a destapar nuestros oídos. Que su visita no quede solamente en imágenes televisivas y fotos de recuerdos folklórico-religiosos colgadas en nuestro muro de Facebook.

El Papa dirigió un severo mensaje a todos, y el cambio empieza por mí y por ti.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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