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La familia es escuela de humanidad

Isidoro de Sevilla, en sus Etimologías, comentaba que llamamos “humanidad” a la virtud por la cual llamamos humanos a los hombres por su amor y sentimientos de conmiseración hacia otros hombres. Y es que, en efecto, uno se vuelve realmente humano, al grado de ser humanitario, cuando tiene misericordia del otro, cuando se inclina al necesitado y lo socorre, cuando aprende a escuchar al que pasa por un problema, cuando simplemente se está junto a él y no se es indiferente a su situación.


Familia


Aunque ya varios han afirmado el que ‘la familia es escuela de humanidad’, entre ellos el Papa Francisco, quiero glosar esta frase no desde una cita –por muy valorable y respetable que pueda ser–, sino desde la experiencia de nuestras propias familias. Su familia y mi familia son verdaderas escuelas, y lo primero es ser conscientes de la gravedad y responsabilidad que esto supone, para, posteriormente, poder implementar algunas mejoras en nuestras vidas.

Lo que aprendemos en la familia

Hay siete disposiciones del corazón que se aprenden en esta escuela llamada “Familia” y que nos hacen verdaderamente humanos:

1. Compartir. El “destino universal de los bienes”, es decir, el que están hechos para el bien del mayor número de personas, se aprende en familia. El acto de compartir no surge de la conciencia de que las cosas (el pan y la carne) son limitadas, y por eso, para que nos toquen a todos, debemos repartirlas. No. El compartir surge porque considero que los bienes de los que yo dispongo no son para mí en exclusividad: son para todos. De ahí que la familia sea la primera experiencia, cotidiana y sencilla, del bien común.

2. La no-indiferencia. La familia me enseña a ver cercano, casi como propio, lo ajeno. El dolor y la soledad de un miembro de la familia afectan a todos, así como la alegría y triunfo de uno son también de todos. La familia es así la primera realidad orgánica de la que tenemos experiencia. Este hábito de resonar con el otro, de empatizar y no ser indiferente a él, se da en y por la familia.

3. Obedecer. El acto de la obediencia es una forma o variación de la confianza. Quien ama y confía en otro, se fía del otro, y por eso le cree. La fe natural y cotidiana que tenemos entre los seres humanos descansa en el afecto. Lo primero no es creer en esto o aquello, sino que lo primero y fundamental es creerle a tal persona, y por eso le creemos esto o aquello, y actuamos en consecuencia, por eso obedecemos. Tan cierto es que la autoridad familiar descansa en el amor, como el que la obediencia se asienta en dicha autoridad.

4. El desinterés. Esta actitud de no sentirse el ombligo del mundo y no considerarse el centro del universo también surge en la familia. El hecho de convivir y vivir para otras personas nos ayuda a la salud psíquica y espiritual, nos ayuda a una sana autoestima, que consiste en una verdadera valoración de la persona pero nunca sobre o en detrimento de quienes nos aman. Ser un padre o madre muchas veces consiste precisamente en esto: interesarse del hijo y desinteresarse de sí mismo.

5. Solidaridad. ‘Echar la mano’ y ‘arrimar el hombro’ son cualidades de una persona verdaderamente humanitaria. Más aún: no se puede ser humanitario sin ser solidario. Ayudar ‘sin más’, sin expectativa de recompensa, es formar ya en casa ciudadanos solidarios. ¿Quiere hacer un bien a sus hijos? Enséñelos a cooperar, aun en tareas que no los benefician directamente. Formar hijos que sólo se responsabilizan de sus cosas, es ir configurando una mentalidad individualista que terminará, eventualmente, acrecentando el atomismo social en que ya vivimos.

6. Compromiso. Una persona, lo mismo que una organización humanitaria, tiene, además de sentimientos nobles, actos que comprometen su quehacer en orden a crear la paz, a reivindicar las causas más justas y a socorrer al necesitado. La familia es escuela del compromiso, pues en ella los miembros prometen, es decir, se obligan autónomamente a procurarse el bien. La familia nace con una promesa, la de los cónyuges… pero se mantiene y perdura si la promesa se actualiza cotidianamente por sus miembros. La promesa consiste en hipotecar ‘mi’ futuro por el bien de un ‘tú’ a quien amo.

7. Perdón. Ser humano es ser finito, es ser imperfecto. Tomar en cuenta la imperfección propia y ajena y asumirlas como una realidad que también ha de amarse, es un signo de madurez y realismo. El perdón es una fuente de sanación para todos, pero también es una escuela de humanidad, porque es en el error y la falla que acogemos al otro tal cual es, es decir, falible y limitado, y amamos esa realidad, no rechazándola sino comprendiéndola.

Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que ahí donde encontramos actitudes inhumanas y realidades deshumanizantes, no hay una promoción y valoración de la familia. Por el contrario, querer un México más justo, más solidario, menos corrupto, más humanizado, comienza por querer y apostar a la familia.

Algo de tristeza me da la ingenuidad de quienes creen que un país saldrá adelante con reformas mal llamadas estructurales, cuando la verdadera estructura social humanizante y humanizadora es la familia. ¿Cuántos embates no se han hecho contra la familia en el mismo lapso en el que se han impulsado políticas energéticas, fiscales, de telecomunicaciones, laborales, penales, educativas, electorales y de transparencia? Estamos queriendo poner muros más elevados y techos más amplios a una casa a la cual le estamos, simultáneamente, minando sus cimientos.

La más radical reforma para transformar una nación es la reforma familiar, y ésa en parte depende de políticas públicas certeras y audaces, pero también y sobre todo de usted y de mí: que en casa hagamos una verdadera escuela de humanidad que recomponga el tejido social presente y futuro.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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