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La maldita palabra éxito

La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.


Reflexión


– A. Machado

“Maldito”, según la Academia de la Lengua, es lo perverso, lo de mala intención, lo ruin, lo miserable. El “éxito”, por su parte, es lo que goza de un buen término dada la aceptación que se tiene de él.

Hoy el éxito se nos ha metido hasta la médula de la cultura. Debemos ser exitosos desde pequeños. Hay una marcha implacable de competitividad que nos orilla a ser los mejores en todo. Un alumno debe ser exitoso, lo mismo que un político, una ama de casa o un empresario.

Si por éxito se entendiese alcanzar las legítimas aspiraciones, estaría de acuerdo, pero la verdad es muy distinta: éxito es simple y llanamente ser el primero, ser el de la cima. ¿Según quién? ¿Por qué?

En una competencia de atletismo sólo uno alcanza la medalla de oro, los demás no la alcanzan. El éxito es sólo para el triunfador, para el primer lugar. Los demás habitan en un lugar común, cada vez más grande y sobrepoblado: el fracaso.

Recuerdo que cuando era novio, algunos me preguntaban: ¿cuándo te vas a casar? Luego casado me preguntaban, ¿cuándo van a encargar hijos? Ya que tuvimos al primer hijo, seguían preguntando, ¿cuándo vendrá la parejita? Ya que vino la parejita, y no sólo una, sino varios hijos más, me preguntaron todavía: ¿ya le vas a parar ahí, verdad? En fin, creo que nunca he sido un caso de éxito en las distintas etapas de mi vida conyugal, porque no he terminado de dar satisfacción a las demandas, no siempre bien orientadas y en muchas ocasiones contradictoras, de mis conocidos.

Y es que, en efecto, el éxito tal como hoy se plantea tiene más que ver con el llenar una expectativa social, un checklist, que en vivir plenamente.

Hoy ser un profesor no es ser exitoso, o al menos no escucho que cuando uno se presenta como un docente, la gente diga: "Mira, qué persona tan exitosa". Y así podríamos ir enumerando muchos y variados ejemplos. Haga usted un repaso y se dará cuenta que en la cima del éxito social no estamos la mayoría.

El éxito se usa cada vez más para lo extraordinario. Si alguien vive –incluso con alegría y total entrega– la cotidianidad de su vida sencilla, pasa desapercibido. ¿Cuál es el problema con esto? Que el bombardeo mediático y la presión social hacen sentir que la cotidianidad y lo ordinario tienen un equivalente social: el fracaso. La presión es mucho más fuerte cuando nos la hace un ser querido, como cuando un hijo le pregunta a su padre: ¿por qué pasaste veinte años de tu vida en una fábrica maquilando mezclilla?, o cuando nos la hacemos nosotros mismos: ¿por qué nunca triunfé como lo hicieron mis compañeros?

A partir del auge del liberalismo individualista y su implantación como modelo cultural, se ha venido imponiendo una expectativa social sobre lo que debemos ser. A quien la cumple, se le da el mentado galardón del éxito.

La gente hoy ansía el éxito laboral, el éxito social e incluso –y éste es mi mayor dolor– el éxito familiar. Cada vez más hay que exhibir en las redes sociales que uno es un amante extraordinario, un padre comprensivo y cariñoso, un hijo leal… la aprobación se medirá en el número de likes que darán a nuestro beso o a nuestro abrazo, a nuestra frase o a nuestro microrrelato. Tras ser aprobados, la sensación de éxito sobrevendrá a nuestras vidas.

Pero así como dependemos de saciar la expectativa de los demás, otro tanto ocurre de ellos hacia nosotros. ¿Por qué? Porque el éxito es exigido a todos. Yo exijo que mi esposa sea exitosa en lo que es, en su quehacer cotidiano, en sus expresiones, en su modo de vestir y de andar, de relacionarse con los demás. Demando que sea exitosa, pues es el precio que ella debe pagar por exigirme que yo a mi vez lo sea. Y aquí empieza el drama.

Nunca el otro llenará la expectativa que yo tengo de él, por dos motivos básicos: es imperfecto (como cualquier ser humano) y porque no necesariamente lo que yo exijo es lo conveniente ni lo justo para su persona, incluso, no coincide con su propia medida y concepto de éxito. Pero el otro debe ser exitoso, es decir, debe cumplir el checklist que yo le impongo para aceptarlo como tal. Me atrevo a afirmar –sin una base empírica amplia, sino sólo con mi reducida experiencia de amigos, familiares y conocidos– que muchos problemas conyugales no se están dando por violencia o por infidelidad, ya hay una nueva categoría que agrupa más casos: el no cumplir las expectativas del otro, el no ser como él exige, el no ser exitoso. Y es así que muchos matrimonios fracasan.

Como no cumplimos con el estándar de un matrimonio exitoso, ergo, el nuestro ha fracasado. Como mis hijos no cumplen con el estándar de unos hijos exitosos, ergo, fracasé como padre y ellos como hijos.

En Occidente hemos abandonado el ideal de vida virtuosa y feliz por el de la de vida exitosa. Pero este cambio de paradigma ha sido funesto. La felicidad es una meta común, no es a costa del otro, no la alcanza uno sólo en detrimento de los demás. La felicidad se conjuga en plural, y no tiene que ver con que las personas sean perfectas o imperfectas, exitosas o fracasadas, sino que estriba en amar y ser amado, tal cual uno es. Ambos, felicidad y éxito, precisan del otro, pero de maneras muy distintas: se es feliz cuando se hace al otro feliz. En cambio, se es exitoso, cuando el competidor ha fracasado.

Un texto que me ayudó a abrir los ojos fue un magnífico libro del Dr. Alejandro Fabre que se titula La terapia de la imperfección en las empresas. Este doctor, siguiendo la tesis de Ricardo Peter sobre la imperfección como terapia, analiza cómo el modelo de consumo y producción actual está destruyendo individuos.  Ojalá pronto escriba un libro sobre la terapia de la imperfección en la familia, pues urge reconsiderar a sus integrantes desde una imperfección que ha de ser aceptada, agradecida, amada y bienvenida. 

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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