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Aylan y la indiferencia

La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.

– A. Machado

La semana pasada fuimos testigos, ya por las redes sociales, ya por los noticiarios, de una terrible imagen, de una trágica imagen, de una ignominiosa imagen: un niño sirio, arrastrado por las olas, a la orilla del mar. Hoy sabemos que se llamaba Aylan, y que tenía sueños, y que era un pequeño que naufragó, como tantos otros, y que junto a su hermano y madre, fue víctima del terror que siembra el Estado Islámico (ISIS) en Siria.


Conflicto Siria


Hoy, todos nos sentimos solidarios con este éxodo de inocentes. Los países abren sus puertas a los refugiados, el mismo Papa Francisco ha pedido a todas las parroquias y monasterios de Europa acoger a los refugiados; es una antiquísima tradición el asilo eclesiástico, el “acogerse a sagrado”, refugiándose en un templo, donde estaba impedido el acceso a la milicia. Espero también México sepa estar a la altura de las circunstancias y acoger refugiados, y no ser cómplice de la indiferencia.

Cuando preparaba estas líneas, releía un libro del filósofo lituano Emmanuel Levinas, que en unas líneas señalaba lo siguiente: “Los justos, antes que todos los demás, son responsables del mal. Lo son por no haber sido lo bastante justos para hacer brillar la justicia y suprimir la injusticia”. La frase apunta como dardo a las buenas conciencias de todos los que nos creemos justos por pagar impuestos, por no robar y no matar, pues nos hace ver que, si hay mal, es porque en realidad la justicia no ha brillado, porque nuestra supuesta bondad es de oropel. El termómetro para la bondad es la no-indiferencia hacia el prójimo.

Lo que sucede en Siria… (lo que sucede también con mis vecinos, con mis colegas de trabajo y los empleados de la tienda donde hago el supermercado) es pura y dura INDIFERENCIA. La indiferencia de los justos que somos prestos a escribir, a platicar, a señalar el error, pero muy lentos en abrir nuestras puertas de par en par para acoger a refugiados. Y sin embargo, tal vez ésta sea una muy buena aproximación a la realidad de la familia: acoger, ser refugio.

En efecto, en la familia es donde se acoge al otro “sin más”, donde no se le pide a alguien un currículum vitae para ser recibido, donde no hay condiciones para estar. En la familia se es aceptado incondicionalmente. El hogar es el refugio por antonomasia. Pensémoslo bien: ¿no acaso el vientre de la madre es un refugio, el primero de todos, el que nos habilita a la vida? Si hoy somos quienes somos es porque en nuestra temprana existencia se dieron esos dos factores fundamentales: acogida y refugio.

La familia debería ser “escuela de la no indiferencia”. Ciertamente, lo que sucede en varios países que cierran o limitan sus fronteras a los refugiados, es un acto de indiferencia… pero esos actos que hoy son políticos y demagógicos fueron aprendidos en el seno de un hogar. La globalización de la indiferencia que hoy vemos es, lamentablemente, el resultado de un sistemático debilitamiento de la familia. Nos familiarizamos a la indiferencia porque la indiferencia entró en las familias.

Hoy, la muerte de Aylan nos recuerda que “los justos, antes que todos los demás, son responsables del mal”… que no hemos hecho lo suficiente por erradicar la injusticia. Hoy “acogerse a sagrado” puede ser entrar en el seno de un hogar donde a uno se le ame irrestrictamente. Son tiempos de devolver a la familia su rostro de refugio. Hago votos porque Claudia Ruiz Massieu, nuestra Canciller, esté a la altura de los acontecimientos por venir: México no debe ser indiferente.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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