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Los exiliados de Dios – Cap XLIV Exilio de México

Como el que nada debe nada teme, los jesuitas sufrían por las noticias que recibían sobre las persecuciones de sus hermanos, pero ellos ni siquiera sospechaban el enorme peligro que se venía sobre ellos.


La presencia de la Compañía de Jesús


En agosto de 1776 llegaba un nuevo virrey. El Marqués de Lacroix venía en compañía de Gálvez, un visitador que se rumoraba que quería revisar la administración de las haciendas de los jesuitas, de donde obtenían los recursos para sus escuelas y misiones.

Al mismo tiempo, el virrey empezó a organizar una milicia, cosa que empezó a causar extrañeza, pues es una realidad que la Colonia se mantuvo hasta esa época prácticamente sin Ejército, pues a diferencia de lo que siempre se ha enseñado, la mayoría de los habitantes de la Nueva España se sentían bien; por ello no se necesitaban muchas fuerzas militares para mantener el orden.

Después sucedió uno de los hechos más vergonzosos, que son poco conocidos por los mexicanos: A las cuatro de la mañana del 25 de junio de 1767 un pelotón de soldados llamó a las puertas de la casa anexa a la Iglesia de La Profesa, en las calles de Madero e Isabel La Católica, exigiendo que inmediatamente se reuniese a toda la comunidad en la capilla. Los padres acudieron rápidamente. Llenos de sorpresa escucharon atónitos la lectura del decreto de Carlos III, la Iglesia fue saqueada y las puertas cerradas. El veredicto: el exilio, sin acusación alguna.

Como si fueran unos auténticos criminales, aquellos hombres ilustres y buenos recibieron órdenes de llevarse casi  nada más que la ropa que llevaban puesta y sus libros de oraciones. Imaginando esta escena, no queda más que poder tomar dos actitudes: o la indignación o el llanto, imaginando a esos hombres que había entregado su vida a Jesús a través de tanto bien hecho a los mexicanos en sus campos y en sus ciudades, llegando hasta los extremos más lejanos, como lo hemos visto. El abuso del poder sin sentido en su máxima expresión.

De la misma manera se procedió en las demás casas y colegios, pero se toparon con el problema de que, como San Ildefonso era Internado, había muchos niños que no podían quedar desamparados, así que se concedió tres días para que los padres pudiesen pasar por sus hijos.

Como se sabía del gran amor de la ciudad por los jesuitas, enseguida se envió a la tropa por toda la ciudad y con trompetas se anunció que estaba estrictamente prohibido a cualquier ciudadano hacer, no digamos la menor protesta, sino hasta el menor comentario sobre el suceso, con la amenaza de cárcel inmediata.

De un plumazo, el despótico e irresponsable, por decir lo menos, de Carlos III destrozaba la columna vertebral de la educación en la Nueva España. Las escuelas, colegios y universidades quedaban abandonados, sin tener un plan alterno de cómo sustituir a tan insignes maestros, que no solamente enseñaban conceptos, sino algo más importante: enseñaban principios, algo de lo que hoy en día andamos también bastante escasos.

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