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Los exiliados de Dios - Cap XXXIX Misión cumplida

“Favores celestiales” fue como llamó el padre Kino a una especie de diario que hoy podríamos decir fue una autobiografía y por eso se conocen tantos detalles sobre su vida. Y yo agregaría sobre sus hazañas como colonizador, evangelizador, descubridor, cartógrafo y científico. El citado documento está lleno de cartas a sus superiores, de reportes para el rey, y de anécdotas y sucesos del diario acontecer, que nos dan una clara visión de la riqueza de vida del padre.


El papel de la Compañía de Jesús


Para él, los favores celestiales empezaban con la Creación, y se recreaba con todas las maravillas de la naturaleza que fue descubriendo en sus innumerables caminatas y cabalgatas por esos enormes territorios. Lo era la agricultura que proporcionaba al hombre alimentos, y un favor celestial mayor eran los indígenas a los que había conducido al conocimiento del Dios verdadero y los había sacado de un grado de primitivismo a una mejor forma de vida.

Su fortaleza física estuvo a la altura de su fortaleza moral y con ambas desafío a la naturaleza y a los poderosos que por intereses egoístas trataron de oponerse a sus ideales misioneros. Desde el seminario fue un gran admirador de San Ignacio de Loyola, el padre fundador de los jesuitas, y buscó como él encontrar en Dios la inspiración para todas sus obras.

Corría el año de 1771 y el padre Agustín Campos que estaba a cargo de la misión de Magdalena iba a realizar la bendición de una nueva capilla; entonces envió una invitación al padre Kino para que presidiera la ceremonia litúrgica. El padre, aunque ya anciano para esa época, se alegró mucho y montó como siempre en su caballo, superando su cansancio físico.

Llegó a Magdalena y fue recibido con enormes muestras de cariño. Al llegar el momento, se revistió e inició la ceremonia con una mezcla de alegría y solemnidad. De pronto, en medio de la ceremonia, el padre Eusebio se desvaneció e inmediatamente lo llevaron a una habitación y lo recostaron sobre dos zaleas de borrego y recostaron su cabeza sobre su montura, y poco a poco con gran tranquilidad su alma fue saliendo de su cuerpo para ir a su verdadera casa, a su  misión definitiva que era el cielo al lado de Jesús, a quien había predicado durante tantos años no sólo de palabra, sino con lo que en verdad vale: encarnando el Evangelio en la propia vida.

Así, el gran misionero podría haber exclamado ¡Misión cumplida! Tenía 65 años.

Mientras que en México permanecíamos indiferentes a la figura del padre Kino, en el Capitolio, en la ciudad de Washington, se develaba una estatua del padre Kino por su labor como misionero explorador y cartógrafo de la región de Arizona, junto con otro misionero jesuita, el padre Jacobo Marquette, misionero de la región de los Grandes Lagos.

Tal vez por vergüenza, el gobierno mexicano, por órdenes del entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, ordenó la búsqueda de los restos del padre Kino; y de aquella capilla de la Magdalena, tras enormes esfuerzos e investigaciones, se encontraron los cimientos de la capilla y los restos del padre Kino. Para honrar a este hombre extraordinario, después se remodeló la plaza en tiempos de Luis Echeverría; y hoy, al fin, el nombre oficial del lugar es Magdalena de Kino. También una hermosa bahía en el Mar de Cortés lleva este glorioso nombre.

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