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Caminamos bajo la sombra de la esperanza

 

“Señor, nos hiciste para ti,

y no descansaremos

hasta que no estemos en ti”

- San Agustín

La vida nunca será fácil, aunque para algunos será más complicada y para otros menos. La situación actual del mundo se presenta verdaderamente turbulenta y llena de crisis mundiales, nacionales, regionales, sociales, familiares y personales, en un ambiente que por momentos parece demasiado pesado y oscuro.


El camino a la salvación


En un tiempo el hombre pensó que la ciencia y la tecnología darían la respuesta a todos los problemas humanos y viviríamos en una especie de nueva creación; sin embargo, hoy que tenemos a nuestro alcance maravillas tecnológicas no imaginadas hace tan sólo pocos años y explicaciones científicas para todo, no encontramos que esto se refleje en bienestar, libertad y sobre todo paz interior.

Si caemos en las clasificaciones simplonas y dividimos al mundo en dos corrientes de pensamiento económico llamados de derechas o izquierdas, o capitalistas y socialistas, encontramos que en ambas a final de cuentas está un materialismo y la manipulación del hombre por los políticos y dueños del capital; y por la otra, de los políticos que además quieren ser también los dueños del capital y de la libertad de todos, donde lo único que cuente es, a final de todo, los intereses, y a la persona no se le usa más que como una herramienta para ganar votos o para tener adeptos a dichos sistemas.

Ante un mundo sin Dios, y donde las cosas espirituales parecen estar sepultadas o superadas, como dicen algunos que ven en esto un beneficio para que sea la luz de la razón la única guía humana. Sin embargo, el hombre, en una reacción natural, empieza a volverse sobre sí mismo a buscar una respuesta que va más allá de lo material sobre la explicación de su existencia. Su esencia y su destino se vuelve entonces, ya sea sobre las religiones tradicionales o nuevas, o ajenas formas de espiritualidad, para ver si encuentra una respuesta a sus más íntimas inquietudes.

No trato yo aquí de entrar en una polémica sobre si tal o cual movimiento es mejor que otros, si tal o cual religión presenta ventajas, o si la forma de meditación oriental o cristiana nos conduce a mayor espiritualidad. Lo único que pretendo en este breve comentario es reflexionar sobre la certeza de la esperanza cristiana en cuanto al origen y destino del hombre y cómo influye ésta en nuestro caminar por la vida.

San Agustín, ese hombre que anduvo de búsqueda por tantos caminos antes de encontrar la luz que lo condujo a encobrar su camino en Dios, lo resume magistralmente en dos renglones: “Señor, nos hiciste para ti y no descansaremos hasta que estemos en ti”.

Y es que lo fenomenal para nosotros los cristianos es esa certeza de que Dios me ha creado específicamente a mí con la finalidad de ser eternamente feliz al final de este tiempo terrenal, con la convicción de que, además, me acompañará por el camino, aun en las situaciones más difíciles y desesperadas.

El Papa Francisco el 26 de Abril decía:

La fe no es ni una alienación ni un fraude, sino un camino concreto de belleza y de verdad, trazado por Jesús para preparar nuestros ojos y mirar sin gafas «el rostro maravilloso de Dios» en el lugar definitivo que está preparado para cada uno. Es una invitación a no tener miedo y a vivir la vida como una preparación para mirar mejor, escuchar mejor y amar más.

El Papa Francisco centró su homilía en el pasaje evangélico de san Juan (14, 1-6): «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

«Estas palabras de Jesús (comentó el Pontífice) son precisamente palabras muy bellas. En un momento de despedida, Jesús habla a sus discípulos propiamente desde el corazón. Él sabe que sus discípulos están tristes, porque se dan cuenta de que la cosas no van bien». He aquí, entonces, que Jesús los alienta, los anima, los tranquiliza, les propone un horizonte de esperanza: «No se turbe vuestro corazón». Y comienza a hablar así, como un amigo, incluso con la actitud de un pastor. Yo digo: la música de estas palabras de Jesús es la actitud del pastor, como se comporta el pastor con sus ovejas. “No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí».

Por la certeza que tenemos de esta cercanía con Dios, es la razón por la cual la meditación cristiana es más bien un diálogo y no se centra tan sólo sobre uno mismo, es un silencio donde, desde luego, primero me encuentro yo conmigo mismo, fuera del ruido y de los engaños del activismo; y ya en esa tónica, inicio un diálogo con Dios sobre una base muy sencilla y al mismo tiempo inexplicable: Dios me ama.

Es por ello que cuando tenemos fe, los cristianos caminamos, pese a nuestros temores, dolores, dudas, angustias, caídas y, a veces, oscuridades muy profundas, con la seguridad de que luchando llegaremos a ese lugar que Jesús nos ha preparado junto al Padre que describe el Apocalipsis:

«Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. El enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado. Y el que está sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas». (Apocalipsis 21-4)

He podido presenciar la muerte de personas de fe y ver que dentro de su dolor y angustia naturales, en verdad en el último momento, sienten que entregan su alma a Dios y llega una gran serenidad, además de las narraciones documentadas de muchas vidas de Santos, donde su último aliento es un canto de esperanza.

Por eso, la ventaja de la fe, aun desde un punto de vista práctico, es enorme, porque sé de dónde vengo, sé a dónde voy, sé lo que tengo que hacer para llegar, y que en el camino Dios me acompañará siempre y me ayudará, aunque a veces parezca que está lejos.

El miércoles 4 de diciembre de 2013, el Papa decía en la plaza de San Pedro:

«En primer lugar, la propia Sagrada Escritura contiene un camino hacia la plena fe en la resurrección de los muertos. Ésta se expresa como la fe en Dios Creador de todo hombre (cuerpo y alma) y como fe en Dios liberador, el Dios fiel a la alianza con su pueblo. El profeta Ezequiel, en una visión, contempla los sepulcros de los deportados que se vuelven a abrir y los huesos secos que vuelven a la vida gracias a la infusión de un espíritu vivificante. Esta visión expresa la esperanza en la futura “resurrección de Israel”, es decir, en el renacimiento del pueblo derrotado y humillado (cf. Ez 37:1-14). Jesús, en el Nuevo Testamento, lleva a cumplimiento esta revelación, y vincula la fe en la resurrección a su propia persona y dice: “Yo soy la resurrección y la vida”» (Jn 11:25).

Es por ello que nuestro cristianismo es una doctrina de vida, ya que nuestra vida no termina, tan sólo se transforma en una vida definitiva donde la felicidad será plena, y es por ello que cuando parece que vamos a perecer bajo el candente sol, nos cubre la fresca sombra de la esperanza bajo la cual llegaremos a nuestra meta final.

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