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Los exiliados de Dios – Cap XXXVI California, un sueño que no se cristalizó

Pese al fracaso del primer intento de colonización y evangelización de California el padre Kino siempre había mantenido en la mente y en el corazón la necesidad de concretar la misión antes iniciada; y, al fin, el padre superior de los jesuitas, Tirso González, aprobó que se reiniciara esta gran obra, se contara o no con el apoyo del gobierno español.


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Y para esta gigantesca tarea nombra al padre Eusebio Kino y al padre Juan María de Salvatierra para que se hicieran cargo. Sin embargo, afortunadamente, también el virrey estuvo de acuerdo y, para tal efecto, expidió una cédula el 6 de febrero de 1697, facultando a los jesuitas para la evangelización, imponiéndoles dos condiciones, a saber:

Que todos los gastos corrieran por cuenta de los jesuitas y que todos los territorios a los que llegaran los tomaran en posesión en nombre del rey de España. Asimismo, les otorgaría soldados y algunos funcionarios civiles, pero con la misma condición anterior: ellos deberían buscar los fondos para pagar a estas personas. A cambio, les concedía autoridad para mantenerlos en sus cargos o despedirlos si consideraban que no cumplían con su cometido y dando cuentas al mismo virrey.

Para reforzar esta misión también se incorporó al padre Juan de Ugarte, que se encontraba en la capital; por lo tanto, se le comisionó para que dedicara todos sus esfuerzos a reunir fondos. El padre lo hizo de una manera muy diligente y pronto empezaron a llegar cuantiosos donativos, con lo que se formaría el “Fondo Piadoso de las Californias”.

El padre Kino recibió la noticia con mucha alegría, pero entonces surgió una complicación: las autoridades y los pueblos de Sonora no querían que el padre Kino los abandonara, pues consideraban imprescindible su labor para la continuidad de la evangelización, civilización y progreso de los territorios de Sonora. Inclusive, las autoridades militares pidieron al provincial jesuita que no moviera al padre Kino porque era una pieza esencial de la paz en el territorio de las Pimerías.

Ante este conflicto de necesidades y sentimientos divididos, el padre Kino pidió permiso para que se le concedieran seis meses en Sonora y seis meses en las Californias. El padre Tirso González se lo concedió; pero, aun así, las súplicas de todos los pobladores de la región hicieron que el padre Kino no pudiera abandonarlos, y su gran sueño de ir a las California quedó frustrado, ante el amor que le manifestaban los indios de Sonora. Así que, en su lugar, se nombra al padre Francisco María Pïcolo para ir a California.

Mientras tanto, el padre Salvatierra esperaba al padre KIno en el río Yaqui, hasta que recibió la noticia de que no podría acompañarlo; entonces emprendió la marcha y su primera labor fue la fundación de la misión de Loreto.

No cabe duda de que los caminos de Dios son insondables. A veces los hombres pensamos que estamos destinados para cumplir una misión, y ciertamente todos tenemos una, pero a veces tardamos en descubrirla. Así, el padre Kino primero tuvo que renunciar a sus sueños de ir a misionar en el Asia, llegando en cambio a América; ahora comprendía que su misión ya no sería la anhelada California, sino que estaba ahí en Sonora, donde la gente le manifestaba su cariño y respeto, y además, todavía quedaba una enorme tarea por cumplir.

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