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Los exiliados de Dios – Cap. XXXII Consolidando la cristianización de los pimas

Aunque no era un paraíso tropical ni un valle verde, se puede decir que, comparado con la aridez de la Baja California, estas tierras de Sonora eran fértiles, y los indios pimas eran bastante respetuosos de las misiones. Más al norte había otras tribus más hostiles y a ese territorio se le nombraba en general como la “Apachería”.


Una historia que construye


Fray Eusebio Kino tenía ya 42 años cuando inició la obra más importante de su vida, que consistió en recorrer multitud de veces una franja territorial de cerca de 400 kilómetros de longitud a lo largo de la frontera de Sonora y Arizona, abarcando desde Nogales y Sonoyta, hasta San Luis Río Colorado; y por el sur, Magdalena y Caborca.

Después de la celebración de la Navidad de 1690, hicieron un recorrido hasta el desierto de Altar y el 6 de Enero de 1691 celebró el padre Kino la misa de reyes con los pimas, muchos le pidieron al padre que bautizara a sus hijos y que enviara misioneros a los otros pueblos.

En estas expediciones acompañó al padre Kino otro famoso misionero: el padre Salvatierra, otro jesuita de gran experiencia. En una parte del recorrido aparecieron de repente una gran cantidad de indios pimas que llevaban cargando una multitud de cruces, se acercaron con entusiasmo para pedir a los padres que les enviaran más misioneros, pues reconocían que gracias a su gran labor misionera ahora había más paz y poco a poco aprendían oficios para mejorar sus condiciones de vida.

Sin embargo, no siempre todo era paz y tranquilidad, ya que de repente aparecían contingentes de apaches que llegaban para robar y amenazar, y se requería de la ayuda de los soldados que se encontraban en los cuarteles cercanos.

En 1693, los indios pimas trabajaban con esmero dando los últimos toques para la terminación de la Iglesia de la misión de Dolores en Sonora, que era la base de misiones del padre Kino; una vez concluida la obra, se preparó una gran ceremonia. Los indios asistieron con plumas de pájaro sobre la cabeza, collares de cuentas, brazaletes dorados y cobijas de colores; todos se sentían parte de la comunidad y un gran orgullo por la obra que habían concluido después de mucho trabajo.

Indios de otras comunidades que habían sido invitados asistieron a las fiestas de consagración de la iglesia y aprovecharon para invitar al padre Kino para que no dejara de visitarlos. Así se organizó la expedición para ir a Caborca, Magdalena y Altar, donde además de las labores misioneras las autoridades civiles que acompañaron a los padres aprovecharon para dejar constituidas a las autoridades civiles.

El padre Kino vio a lo lejos una colina y subió hasta lo más alto y desde ahí contempló el mar, su corazón aún latía por California y no perdía las esperanzas de que un día ese lugar quedara colonizado.

Los indios pimas se mostraron como siempre muy afables y agradecidos con fray Eusebio, a quien consideraban  no solamente un sacerdote que los evangelizaba y les proporcionaba los sacramentos, sino como a un verdadero padre que con su trato afable y humano los hacía sentir la presencia de Dios en sus vidas y los motivaba para ser mejores personas en todos los aspectos, mejorando también su nivel de vida material, pues los misioneros fueron en verdad no solamente catequistas, sino verdaderos civilizadores en toda la extensión de la palabra.

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