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Los exiliados de Dios – Cap. XXIX El padre Kino

En un pequeño pueblo llamado Segno que se encuentra cerca de la ciudad de Trento, Italia, donde se celebró en el siglo XVI el tal vez más famoso concilio de la Iglesia Católica, nació Eusebio Kino una mañana de agosto de 1645. Sus familiares se gloriaban de ser poseedores de un título nobiliario y, a base del trabajo de sus tierras, habían hecho una nada despreciable fortuna.


Sigue la serie de la compañía de Jesús


Su situación les permitió enviar a Eusebio a estudiar al colegio jesuita en la ciudad de Trento, donde aprendió italiano, alemán y latín. El joven Eusebio demostró pronto un gran talento y dedicación, por lo que alcanzó una beca para asistir a un colegio cerca de y Innsbruck, Austria, que también pertenecía a la Compañía de Jesús.

Admiraba mucho a San Francisco Javier y deseaba profundamente tener la oportunidad de imitarlo, viajando como misionero a China; pero, a los 18 años, enfermó gravemente y los médicos consideraron que su enfermedad sería incurable. Eusebio Kino se puso en manos de Dios y por intercesión de su admirado San Francisco Javier prometió que si recobraba la salud solicitaría su ingreso a la Compañía de Jesús y se ofrecería para trabajar en las misiones.

Sorpresivamente recobró la salud y entró al noviciado en 1665 a la edad de 20 años, en Baviera, Alemania, firmando como Eusebio Francisco, tal como lo seguiría haciendo hasta el final de su vida. Curiosamente se sentía muy atraído por las matemáticas y soñaba con poder enseñar en alguna escuela de Pekín.

Continuó estudios de filosofía y teología en la universidad de Ingoldstadt, Alemania, donde además obtuvo un doctorado en matemáticas, astronomía y cartografía. Mientras estudiaba, no dejaba de solicitar ser enviado como misionero, hasta que en 1678, habiendo sido ya ordenado sacerdote, su solicitud fue aprobada, pero el destino no era el que él había soñado, puesto que se le notificó que su misión la desarrollaría en la Nueva España.

Regresó a su ciudad natal para despedirse de sus amigos y familiares, sabiendo que no los volvería a ver, y llegó al puerto de Génova, en donde desembarcó rumbo a Cádiz; pero, al llegar, se enteró que la flota en la que debería partir ya estaba en camino a su destino, por lo que tuvo que esperar dos años en Sevilla, donde aprovechó el tiempo para aprender el español, conocer sobre la Nueva España y seguir su especialización en las matemáticas.

Al fin, el 27 de enero de 1681 pudo embarcarse para la Nueva España; y, después de una difícil travesía como eran todas en aquella época, llegó a Veracruz el 1 de mayo, partiendo casi de inmediato para la Ciudad de México, donde por ese entonces se estaba preparando una expedición de exploradores comandada por don Isidro Atondo  que le otorgó el nombramiento de cosmógrafo de Su Majestad, lo que significaba que estaría especializado en medir las distancias y consignarlas en los mapas oficiales.

Salieron dos fragatas navegando con grandes dificultades, pues el viento y las corrientes estaban en su contra; al llegar a la desembocadura del río Sinaloa, tomaron la dirección al oeste y cruzaron el Mar de Cortés para dirigirse a California y empezar esta gran aventura.

Por todas las condiciones meteorológicas y las corrientes marinas, la travesía, desde que se embarcaron hasta que llegaron a California, duró casi dos meses y medio, llegando por la bahía de La Paz el 1 de abril de 1683.

 

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