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Los exiliados de Dios - Capitulo XXIII- Pedro Fabro

Pedro Fabro nació el 13 de abril de 1506 en Villaret ( Saboya), Francia. Murió el 1 de agosto de 1546 en Roma y, aunque no es tan conocido como Ignacio o Francisco Xavier, lo hemos visto en nuestra historia como uno de los fundadores de la Compañía de Jesús, y acaba de ser canonizado por el Papa Francisco el 17 de diciembre de 2013. Por cierto, no sale sobrando recordar que Francisco es el primer jesuita que es nombrado Papa en toda la historia.

Por lo anterior, considero que más que dedicar algunos capítulos a la historia de Fabro, que  fue el primer sacerdote jesuita, vale la pena leer las palabras pronunciadas por el Papa Francisco durante una misa oficiada por él en la Iglesia de los jesuitas en Roma, donde lo recordó después de su canonización.

Dijo el Santo Padre:

“Es necesario buscar a Dios para encontrarlo, y encontrarlo para buscarlo y siempre. Solamente esta inquietud le da paz al corazón de un jesuita.

“Una inquietud también apostólica no nos debe hacer renunciar al anuncio del kerigma, a evangelizar con coraje. Es la inquietud que nos prepara para recibir el don de la fecundidad apostólica, sin inquietud somos estériles. En esta inquietud que tenía Pedro Fabro, hombre de grandes deseos, había otro Daniel.

“Fabro era un hombre modesto, sensible, de profunda vida interior, dotado del don de tener amistad con personas de todo tipo. Era un espíritu inquieto, indeciso, nunca satisfecho. Bajo la guía de san Ignacio logró unir su sensibilidad inquieta, pero también dulce y exquisita, con la capacidad de tomar decisiones. Era un hombre de grandes deseos, se ha hecho cargo de sus deseos y los ha reconocido. Más aún, Pedro Fabro, cuando se proponen cosas difíciles es que se manifiesta el verdadero espíritu de un hombre de acción. Una fe profunda implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo.

“Esta es la pregunta que debemos ponernos: ¿tenemos también nosotros grandes visiones y arrojos? ¿Somos nosotros también audaces? ¿Nuestro sueño vuela alto, el celo nos devora? ¿O somos mediocres y nos conformamos de nuestras programaciones apostólicas de trabajadores? Recordémoslo siempre: la fuerza de la Iglesia no vive en sí misma y en su capacidad organizativa, pero se esconde en las aguas profundas de Dios. En estas aguas se agitan nuestros deseos y los deseos ensanchan el corazón, como decía san Agustín: rezar para desear y desear para ensanchar el corazón.

“Justamente en sus deseos Fabro podía discernir la voz de Dios. Sin deseos no se va a ninguna parte. Es por ello que hay que ofrecer los propios deseos al Señor. En las constituciones se dice que se ayuda al prójimo con los deseos presentados a Dios Nuestro Señor. Fabro tenía el verdadero deseo de ser dilatado en Dios, estaba totalmente centrado en Dios, por eso podía ir en espíritu de obediencia, también muchas veces a pié por todas partes de Europa a dialogar con todos con dulzura, era la lanza del Evangelio.

“Me hace pensar a la tentación que quizás podemos tener nosotros, de relacionar el anuncio del evangelio con palazos inquisitorios y condenatorios. No, el Evangelio se anuncia con dulzura, con fraternidad, con amor. Su familiaridad con Dios le llevaba a entender que la experiencia interior y la vida apostólica van siempre juntas. Escribe en sus memorias que el primer movimiento del corazón tiene que ser desear lo que es esencial y originario, o sea que el primer puesto sea dado a la solicitud perfecta de encontrar a Dios nuestro Señor. Fabro encuentra el deseo de dejar que Cristo opere en el centro del corazón. Solamente si se está centrado en Dios se puede ir a las periferias del mundo. Y Fabro viajó sin tregua también por las fronteras geográficas a tal punto, que se decía de él 'parece que haya nacido para no estar quieto en ninguna parte'.

“Fabro era devorado por el intenso deseo de comunicar al Señor. Si nosotros no tenemos su mismo deseo entonces tenemos necesidad de detenernos en oración y con fervor silencioso pedirle al Señor por intercesión de nuestro hermano Pedro, que vuelva a fascinarnos con el brillo del Señor que llevaba a Pedro a todas estas locuras apostólicas y a ese deseo sin control.

“Nosotros somos hombres en tensión, somos también hombres contradictorios e incoherentes, pecadores todos, pero hombres que quieren caminar bajo la mirada de Jesús. Somos pequeños, pecadores, pero queremos militar bajo el estandarte de la cruz, en la Compañía que lleva el nombre de Jesús. Nosotros que somos egoístas queremos entretanto vivir una vida agitada por grandes deseos. Renovemos entonces nuestra oración al Eterno Señor del Universo, para que con la ayuda de su Madre Gloriosa, podamos querer, desear, vivir el sentimiento de Cristo que se vació a sí mismo. Como decía Pedro Fabro, no busquemos en esta vida un nombre que no se aferre a aquel de Jesús. Recemos a la Virgen para ser puestos con su Hijo”.

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jorgeespinosacano@lycos.com

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