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Anacleto: Un milagro y una necesidad para que no perezca la libertad - Capítulo XXII

Dentro de las múltiples ideas de Anacleto González Flores estuvo siempre la de que la máxima generosidad estaba ya señalada en el Evangelio en aquella sentencia de Jesucristo que dice: “Nadie ama más a un amigo que Aquél que de su vida por él”. Esta es una de las ideas que ha impulsado siempre al cristianismo a ofrecer, cuando así ha sido necesario, hasta la vida misma, ya sea a cambio de la de otros o por defensa de la misma fe, para conservarla como el tesoro más preciado que se puede legar a las generaciones futuras.

Nadie ama más a un amigo que Aquel que da su vida por el

Anacleto González Flores había vivido las terribles épocas de la revolución, donde el saqueo, el robo, la destrucción y la violación habían sido el gran incentivo de las turbas que seguían a los caudillos, que a su vez consideraban necesario permitir todo esta barbarie para conservar a sus seguidores.

Claro que nada de esto se analiza cuando estudiamos la Revolución Mexicana, porque la hemos tomado como la inspiración y modelo del México moderno, y ningún político de ningún partido se atreve a cuestionarla, para no ser acusado de reaccionario.

Pero lo que hemos logrado tener con este modelo es un país tan lleno de injusticias, donde la mitad de la población vive en índices de pobreza y la violencia sigue imperando en las ciudades y en el campo con una terrible influencia del narcotráfico. La Revolución desplazó de la enseñanza el Evangelio por principios muy “laicos” que comprometen muy poco la conciencia y nos fue vaciando el alma de contenido y de ideales.

Ya desde aquellas épocas el maestro se quejaba del alejamiento de la juventud de los ideales y del amor al Evangelio, en gran parte por la educación impuesta por las dictaduras de Benito Juárez y Porfirio Díaz, que  señalaron a la Iglesia y a la enseñanza religiosa como enemigos del progreso. Pero González Flores sabía que nuestra cultura y nuestra civilización se había creado bajo la luminosidad del Evangelio, y negar esto ha sido renunciar a nuestra propia esencia cultural e histórica, por eso hemos visto que el maestro proclama siempre al cristianismo no sólo como un símbolo religioso, sino como un signo de unidad histórica para la nación entera.

Pero la persecución religiosa, una realidad que ha sido continua desde la época de Juárez y que había sido revestida con diversas caras durante el porfiriato, ahora tomaba nuevamente la fase violenta con Plutarco Elías Calles y los bárbaros revolucionarios que constituían su corte. Calles y la masonería estaban seguros que este sería el golpe definitivo para terminar con “el oscurantismo católico” y muchos cristianos sintieron con esto amenazada no sólo la libertad religiosa, sino todas las libertades, y estaban seguros que no quedaría otro camino más que las armas para defenderse de esta agresión.

En desacuerdo no con la necesidad de luchar sino con el método, Anacleto proclamaba antes que nada la batalla de las ideas y el sacrifico personal, y ponía como cumbre de todo el martirio, no sólo físico sino espiritual, tomando como ejemplo el de los mártires de la Iglesia primitiva que fue tan exitosa. Escuchemos al maestro decir con emoción:

“El mártir es y ha sido el primer ciudadano de una democracia extraña e inesperada, que en medio del naufragio de la violencia arroja su vida para que jamás se extingan ni su voto ni su recuerdo.

“El mártir es un milagro y una necesidad para que no perezca la libertad en el mundo […] Y no es el puñal de Bruto el que nos salvará ni la espada de Aníbal, sino la entereza enérgica de los mártires y de los espíritus que sostengan incansablemente la bandera gloriosa de los verdaderos derechos del hombre. Pues en estos casos sobran espadas y faltan mártires”.

Habría que aclarar, basados en la vida de Anacleto, que el concepto de mártir no es aquel que se encuentra en un determinado lugar y circunstancia sin hacer nada, y de repente, casi por casualidad, es sorprendido y conducido a la muerte por defender un ideal; es más bien alguien que, batallando todos los días en el lugar que lo ha colocado su vocación, llega como combatiente y afronta con valor a los perseguidores que creen que con su muerte habrán terminado con la causa que defiende, cuando es al contrario, y en ese momento el vencido, se convierte en vencedor, porque el voto de los mártires no perece jamás.

Cuando la democracia era una burla para el pueblo, escribe Anacleto: “El fraude, el soborno y la mentira podrán conjurarse para engañar y arrojar cómputos falsos y para encumbrar nulidades salidas de los estercoleros. Y la democracia vendrá a ser lo que ha sido entre nosotros: un infame escamoteo de números y de violencia donde se carga de escupitajos y de ignominia al pueblo… No sucede esto dentro de la democracia de los mártires… el soborno, la mentira, el fraude… son imposibles”.

La vida dará la oportunidad al maestro de probar con su propio testimonio que lo que predicaba eran convicciones profundas y no sólo literatura emotiva y bella.

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