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Pablo, el caminante eterno. Capítulo IX. El nuevo Pablo

Saulo el fariseo lleno de fuerza inspirado en la ley pensaba que la destrucción del cristianismo justificaba claramente todas las medidas que fueran necesarias incluyendo la violencia, tendría que transformarse en un hombre que, sin perder sus dotes naturales, ni su visión profética, ni su fuerza, ni su ánimo, ni su voluntad, transformaba su mente viendo todo ahora bajo el espíritu de Jesús, que era en realidad el auténtico espíritu de la Ley.


Pablo eterno


Pero su nueva posición era en extremo complicada, muchos de los cristianos desconfiaban y pensaban inclusive que Pablo estaba actuando como un espía y seguramente los traicionaría, otros ponían en tela de juicio la autenticidad de su conversión y seguramente nos eran pocos los dudaban  que Jesús se le  hubiera parecido en persona a un hombre que era su más grande perseguidor.

Por el lado contrario sus antiguos amigos, compañeros y seguidores estaban verdaderamente convencidos de que este hombre se había convertido en el peor de los renegados, en un enorme traidor y por lo tanto no merecía vivir, así Pablo empezaba su vida cristiana en medio de grandes tribulaciones, que serían la característica predominante en gran parte de su vida.

Pero Pablo estaba convencido de que por haber sido perseguidor ahora tenía que ser el que trabajara con más ahínco dando a conocer a Jesús como salvador, y como judío que era quería que los primeros en seguir a Jesús fueran sus hermanos de raza, ya que para él todo el sentido de existir de ese pueblo era precisamente reconocer en Jesús ese mesías que habían esperado durante tanto tiempo, y no podía darse por vencido sin intentarlo.

Desde el punto de vista humano parece muy comprensible la actitud de los judíos, ellos habían visto la fuerza de Dios aplicada en su favor, así habían salido de Egipto, y después habían vencido a muchos enemigos, y aunque ciertamente habían padecido de cautiverios fuera de su tierra y aún ahora en su propio territorio estaban dominados por lo romanos, la idea de que el mesías gozaría de la fuerza que Dios les daría la fortaleza para vencer a estos romanos soberbios y paganos, que además de tenerlos sometidos los despreciaban, así que un mesías muerto en una cruz no iba con esta idea.

Los enemigos de Pablo vieron a un personaje que por sus características podía resultar demasiado peligrosos, por lo tanto, empezaron a buscar la manera de matarlo, pero pese a muchas dudas había ya un grupo de cristianos que creían en la auténtica conversión del fariseo, así que le ofrecieron su apoyo y buscaron un plan para que pudiera salvar la vida.

Las ciudades amuralladas en esa época cerraban sus puertas a determinada hora y se ponían guardias, por lo que había que buscar un plan que fuera ingenioso para poder escapar. Así una tarde después de orar con los hermanos disfrazaron a Pablo para que no fuera reconocido y lo llevaron a la casa de uno de los hermanos que daba sobre el muro de la ciudad. Llegada la noche quitaron una de las ventanas y metieron con muchas dificultades al hombre dentro de una cesta, después con una cuerda bien atada y tomando todas las precauciones para que no se fuera a caer lo fueron descendiendo hasta que tocó tierra, una vez ahí salió de la cesta y se encaminó a toda prisa a través de los huertos que rodeaban la ciudad y se encaminó hacia el sur, cuando sintió que ya había suficiente tierra de por medio se postró en tierra y se puso a dar gracias  a Dios.

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