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Del ensueño a la locura; Carlota una princesa infortunada - Cap XXXI Un mundo insospechado

Las primeras impresiones de los soberanos es que venían simplemente a ordenar un país que había caído en un desorden por falta de un gobierno estable. Sin embargo, lo que en realidad tenían que hacer era establecer una forma de gobernar y de ser de un país, ya que en verdad México hasta ese momento no se había consolidado como una nación, precisamente por los continuos cambios entre conservadores y liberales, cada uno con su forma tan diferente de concebir cómo debería ser el país independizado ya hacía más de cincuenta años.



Algunos detalles que parecen anecdóticos nos dan una idea de la diferencia cultural entre los nuevos gobernadores y la sociedad mexicana: mientras en Europa en todas las cortes se conocía cómo era el protocolo para tratar a los reyes, en México esto estaba muy distante y las damas de la nueva corte –muy al estilo de nuestra forma de ser–, al saludar a la emperatriz le daban un abrazo. Esto para ella resultaba totalmente inaceptable, ya que tanta familiaridad le parecía una falta de respeto y rechazaba esas formas, lo que empezó a crear un cierto distanciamiento, aunque pronto ella comprendió que esto era simplemente una forma de ser diferente y no significaba desde luego una falta de respeto, sino que era al contrario una muestra de afecto.

Pronto Maximiliano quiso conocer su nuevo país, del cual algunos decían que era un país de salvajes; y en cambio, otros lo describían como una región maravillosa. Dejó en la regencia a la emperatriz y gran parte a caballo porque era un gran jinete llegó a Querétaro, Guanajuato, León y Morelia y festejó la independencia en el mismísimo Dolores Hidalgo donde se había dado el llamado grito de independencia que todavía hoy festejamos.

Durante su recorrido se dio cuenta que un elemento que casi todos compartían era la fe católica; sin embargo, aunque el emperador tenía la misma religión, su pensamiento era bastante liberal en cuestiones políticas y pensaba que la Iglesia tenía demasiada influencia sobre la población, así que buscaría una manera en disminuirla.

Al regresar a la capital, Maximiliano se puso a trabajar; entre otras cosas, desconoció un acuerdo que había firmado Almonte con Francia, que daba prerrogativas a algunos ciudadanos franceses en el estado de Sonora, lo que le generó un distanciamiento con el embajador de esa nación.

El emperador empezaba su jornada casi de madrugada y a las ocho de la mañana hacía un paréntesis para pasear a caballo con sus principales colaboradores, pero aún durante el paseo aprovechaba el tiempo para tratar asuntos de trabajo. La jornada se extendía hasta las ocho de la noche, en que al emperador le gustaba caminar por las terrazas del castillo.

Maximiliano cada vez se sentía más mexicano y le encantaba todo lo que iba conociendo del país y Carlota por su parte escribía que muchos funcionarios del gobierno de Juárez ahora colaboraban con ellos, que su esposo gobernaba con mucha sabiduría y que ella visitaba algunas escuelas; y comentaba también que el pueblo veía con gusto que ahora los decretos que se daban no se cambiaban al día siguiente como había sucedido con muchos de los gobiernos anteriores.

Así por el momento todo iba marchando conforme a lo esperado por la joven pareja y parecía que el joven imperio tendría un brillante porvenir.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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