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Del ensueño a la locura; Carlota, una princesa infortunada - Cap IX Carlota idealiza a su príncipe

Una característica de los enamorados es no ver los defectos del ser amado y, por el contrario, magnificar sus cualidades; y las princesas, antes de serlo, son mujeres, por lo que son presas de esta situación, y Carlota no sería la excepción. En sus cartas describe con verdadera pasión todo lo que ella ve como cualidades superiores de Maximiliano, y sobre todo le encanta su sentido religioso.


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“En la misa conserva un porte perfecto y se percibe en lo que dice, que su espíritu se ha nutrido afortunadamente de único y verdadero alimento”; y que para Maximiliano la bondad y la caridad son los primeros deberes de un príncipe, que tiene además el don de juzgar correctamente a las personas; es además un muy buen conversador y escritor en el idioma alemán, haciendo maravillas de las narraciones de sus viajes, concretando su gusto artístico en el Castillo de Miramar.

Carlota va concluyendo que sus corazones están cada vez más cercanos y se van encaminando a formar una unidad de amor verdadera en el matrimonio.

Sus arrebatos emotivos le llevan a decir –aunque sabe que nada hay perfecto en la tierra– que le parece que es imposible encontrar un cuadro de más virtudes y cualidades, que los de la casa real con la cual va emparentar.

Le parece muy contrastante la personalidad de Maximiliano con la figura austera de su padre el Rey, y ni que decir de su hermano, al que considera que no tiene miramientos para con los demás y es un indolente. Esta comparación le hace resaltar aún más las características de cortesía, educación y distinción del príncipe austriaco.

Sin embargo, le sorprende y le incomoda un tanto que siendo su hermano y su futuro esposo tan diferentes, cuando se encuentran se tratan con bastante simpatía e inclusive Leopoldo le llega a decir a Carlota que no encuentra ningún defecto grave en el hombre, por lo que ve con buenos ojos su relación.

La reina María Amelia, abuela de Carlota, le escribe al archiduque: “La bella carta que vuestra alteza imperial me ha escrito y todos los sentimientos que ahí me expresa me han conmovido profundamente. Desde hace mucho tiempo apreciaba ya vuestras sólidas y nobles cualidades del corazón y el espíritu y elevaba mis votos por veros unidos a mi nieta bienamada.

“Cuando supe que el Rey, mi yerno, le entregaba la mano de su hija, mi felicidad ha sido grande, porque tengo la confianza de que la hará feliz como ella merece serlo. Ella caminará por los senderos marcados por su angelical madre, quien desde lo alto del cielo vela por ella y hará vuestra felicidad. Yo bendigo a Dios desde el fondo de mi corazón por haberme concedido la gracia, de antes de morir ver asegurado el porvenir de mi querida Carlota a quien amo como a mi propia hija”.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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