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Del ensueño a la locura; Carlota una princesa infortunada - Cap VII El futuro esposo

Maximiliano nació el 6 de julio de 1832, era el segundo hijo del archiduque Francisco Carlos y de la Archiduquesa Sofía, dos años menor que su hermano Francisco José que sería emperador de Austria. De los dos hijos, Maximiliano era el favorito de su madre por ser de carácter mucho más afable que su hermano.


Historia


Fue un alumno muy estudioso, se le facilitaban mucho los idiomas, pero le fascinaban las ciencias naturales, aunque también estudiaba derecho y otras materias. Tenía una institutriz muy capaz que era la baronesa Louise von Sturnmfeder que era conocida como Amie familiarmente. Estricta y cálida a la vez. En el castillo de Laxenburg, donde pasaba algunas vacaciones, Maximiliano y su institutriz realizaban grandes caminatas admirando la naturaleza, por lo que el joven príncipe se aficionó a los pájaros, las plantas y las flores.

Maximiliano era alto, rubio y de ojos azules, encantador en su trato con los demás, de temperamento romántico y aficionado a los caballos y a la equitación; se dice que eran un gran jinete.

Una vez nombrado emperador, su hermano –por una cierta rivalidad– no lo quería tener muy cerca, y se dice que por ello lo nombró teniente de la marina Austríaca de la cual llegaría a ser Almirante. Originalmente fue asignado a la fragata Venus. Ahí conocería al barón Wilhelm von Tegethoff, que sería un gran amigo para toda la vida.

Para ir conociendo mejor todo lo referente al mar, inició un viaje con su hermano Carlos Luis el 5 de septiembre de 1850 a bordo del vapor Almirante Schwarzenberg, visitando Líbano, Grecia, Turquía, Palestina y Egipto. En el viaje iba también un pintor, Johan Nepomuk Geiger, que pintaría algunos cuadros para adornar muros en el palacio de Miramar. Escribe que Jerusalén y Belén le dejaron una paz en el corazón y que agradece a su madre le haya educado en los principios cristianos que le confortan el alma.

“Mi primer viaje”, se titula un pequeño libro que escribió el príncipe para que no se perdieran los recuerdos de este maravilloso recorrido; se hizo una pequeña edición de tan sólo 50 ejemplares, que años más tarde se reproduciría en un número mayor.

Su interés por la ciencia era también grande. Le atraía mucho la idea de poder volar y decía que sería maravilloso hacerlo para sentir lo que sienten los pájaros en la contemplación desde las alturas.

En 1851 aborda la fragata Novara, recién remodelada, de 1,500 toneladas, con dos puentes, 50 cañones y 400 tripulantes a bordo del mismo. Saliendo de Trieste, visitará Nápoles, Roma, Livornio, Florencia y Cádiz, y se interna en la península española visitando la tumba de los Reyes Católicos, emocionándose por la huella que dejó la Casa de Austria en España.

Sobre su visita a Roma, le escribe a su madre que: “La Ciudad Eterna, la ciudad sagrada, ha producido en mí una inmensa impresión increíble, que no sabría definir de tan profunda. Vine a Roma gracias a Dios, un buen y fiel católico. Eran las diez cuando llegué al Vaticano para asistir a misa en la Capilla Sixtina. Después de la misa el Santo Padre me recibió en audiencia. La antecámara estaba decorada en gran gala. Avancé con mi cortejo y el Papa apareció en la puerta del salón del trono. Yo caí tres veces de rodillas suplicando al Santo Padre me permitiere besar sus pies, lo cual me autorizó después de unos minutos de vacilación”.

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