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Un mexicano excepcional

El 20 de noviembre la Iglesia conmemora a Anacleto González Flores, que no cabe duda, fue un hombre excepcional. Su doctrina y sus ideas siguen vigentes a casi 90 años de su muerte. Es de estos grandes mexicanos que vivieron en el primer tercio del siglo pasado, y dieron un primer impulso al país para salir de la gran miseria en que se encontraba después de la Revolución de 1910.


Vida de un santo


Fue un gran intelectual, excelente orador, un profesionista brillante y ejemplar, y líder espiritual. No es fácil encontrar un personaje con todas estas cualidades. Podríamos decir que dentro de la Iglesia ha habido grandes intelectuales o grandes profesionistas, o mártires. Pero alguien que conjunte todas estas características, siendo además un laico y padre de familia, parece fuera de serie.

Sin embargo, su vida y obra es casi desconocida para la mayoría de los mexicanos, aún para el católico medio donde para algunos es conocido más por su martirio que por su trabajo intelectual.

Estamos acostumbrados, cuando hablamos de algún personaje que la Iglesia eleva a los altares, a pensar en religiosos, sacerdotes o monjas, o en su caso, a laicos que se dedican a escribir solamente sobre cuestiones específicamente religiosas, no obstante, Anacleto abarca un sinnúmero de temas y para ejemplo hemos seleccionado la Civilización, que para “El Maestro”, es progreso en todos los órdenes: “Y no soy yo ni sois vosotros, ni siquiera las generaciones que nos han precedido, los únicos que creemos que la civilización es y debe ser el anhelo supremo de todos los hombres; es Dios que ha querido fijar un término a todas las razas y que ese término sea la civilización; es la humanidad entera, que empujada fuertemente por el torrente de los siglos busca con ansia indescriptible y con afán delirante, una cumbre: la del progreso. Y eso que Dios ama infinitamente y que la humanidad quiere con delirio, no puede menos que revestir una importancia indiscutible”.

En esa misma pieza oratoria Anacleto reconoce que la búsqueda de los bienes materiales y del mismo poder es parte de la civilización, y es más que deben ser parte de ella, pero para que sea en beneficio de todos aclara: “Acerca del desarrollo material e intelectual no hay discrepancia, pero si lo hay y muy honda respecto al elemento moral”. Por lo que más adelante habla de la importancia de las ideas para fincar la verdadera civilización: “Y el poder de la idea desde la materia y la inteligencia se alza hasta el orden moral, y es el pensamiento de Moisés entre los israelitas, el de Zoroastro entre los persas, el de Confucio entre los chinos, el de Sócrates entre los griegos, el de Epícteto y Séneca entre los romanos y principalmente el de Cristo entre los pueblos más cultos, el que traza los derroteros que ha de seguir el género humano y marca las normas para juzgar los actos de los hombres. ¡Oh! sí, la idea es la fuerza esencialmente creadora de la civilización”.

Pero no solamente Anacleto piensa que las ideas son las únicas piezas clave de la civilización a la cual define como: “La verdad aplicada hasta sus últimas consecuencias a la vida del género humano”, sino que el arte y la belleza forman una parte esencial de la misma y por lo tanto anima a su auditorio a buscarlas: “¿Queréis vosotros también contribuir al progreso? ¿Queréis poner aunque sea un grano de arena en el edificio enorme y grandioso de la civilización? Pues buscad las creaciones del artista, id tras las visiones del genio, procurad las obras del Dante de Rafael y de Miguel Ángel, de este modo habréis puesto en contacto vuestra alma con las concepciones esplendorosas que, como el sol, deben poner su luz en todos los senderos y en todos los campos desolados y entristecidos. ¡Ah! Pero no olvidéis jamás que solamente allí donde cae la verdad se hunde la civilización, que el arte sólo existe, solo existe allí donde se levanta la verdad cristalizada en los hechos y que el bello arte sólo se encuentra allí donde esplende la verdad cristalizada en el prisma policromo y encantador de la belleza”.

Anacleto buscaba que los católicos fueran hombres y mujeres plenamente integrados al torrente de la vida en todos los órdenes y que la fuerza de su vida espiritual transformara a la sociedad de tal manera que México fuera un lugar donde se viviera con justicia y con paz, para él el cristianismo era una poderosa fuerza civilizadora que tenía que reflejarse más allá de los templos y de las ceremonias litúrgicas, él pedía una espiritualidad profunda pero que se reflejara en acciones generosas que transformaran la política, la enseñanza, los medios de comunicación y la justicia social.

Juan Pablo II lo nombró beato, y la ceremonia de beatificación se realizó en el Estadio Jalisco bajo el pontificado de Benedicto XVI el 20 de noviembre de 2005.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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