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Junípero Serra, un santo de tres naciones - Cap XI Resistencia a la conversión

Al visitar hoy San Diego nos admiramos por la belleza natural de su puerto y nos sorprendemos al ver en la bahía anclado un gran portaaviones de la marina más poderosa del mundo, así como algunos otros barcos de vela, sus grandes edificios de hoteles y restaurantes, desde los cuales se puede ver en movimiento a barcos para turismo y sobre todo bellísimos atardeceres. Son pocos, sin embargo, los que visitan la Misión de San Diego que se encuentra muy bien conservada y que guarda dentro de sus muros un aire de misticismo y mucho de historia.


la vida de un santo


Pero en los primeros tiempos las dificultades seguían y no faltaron voces que pensaban que lo mejor era abandonar la incipiente misión para buscar otro lugar donde se pudiera encontrar a personas mejor dispuestas a escuchar la palabra de Dios y a seguir su inspiración, además de aceptar una forma de vida que les permitiera mejorar su nivel  de vida.

A los pocos días del enfrentamiento ya narrado apareció un grupo de indios con algunos heridos para ver si la medicina de los españoles los podía ayudar. El doctor Pedro Prat los atendió diligentemente; sin embargo, no a todos les gustó que este grupo se acercara a los expedicionarios, y un joven indio con una macana se acercó al padre Fray Junípero Serra e intentó matarlo. Por suerte, uno de los soldados estaba cerca y salvó a fray Junípero de morir. El padre Fray Junípero lo perdonó y trató de buscar su amistad, pero el joven mantuvo su rencor. Varios años después sería arrestado y antes que cambiar su actitud prefirió ahorcarse en la prisión.

Mientras tanto se había enviado una expedición para localizar el puerto de Monterey, que ya se conocía vía marítima. La expedición regresó seis meses después con enfermos y heridos y casi muertos de hambre, lo que impidió establecer  otro centro de evangelización.

El padre Fray Junípero Serra escribe entonces que: “ tres veces me he encontrado en peligro de muerte de mano de estos pobres gentiles, que fue el día de la seráfica muerte de Santa Clara, el día de San Hipólito, y el día de la Asunción de Nuestra Señora, en el que me mataron a mi José María que me traje desde Loreto; pero gracias a Dios ya estamos con mucho sosiego. En los días inmediatos después, en los que todavía estábamos con muchos recelos de que se repitiese su avance, escribí, aunque con mucha incomodidad, una gran carta a vuestra reverencia para remitirla al barco, y que si me matasen sirviera de despedida y de noticia que vuestra reverencia la diese al colegio, como se  lo suplicaba; y como poco a poco se fue esto serenando, no la remití, y ahora que la he buscado no he podido hallarla…aquí quedamos los padres Juan Crespi, fray Fernando Parrón, fray Francisco Gómez y yo, por si viniesen los barcos y pudiésemos poner la segunda misión.

Si vemos que se van acabando los víveres y la esperanza, me quedaré con sólo con el padre fray Juan, para aguantar hasta el último esfuerzo. Dios nos de su santa gracia, y encomiéndenos a Dios para que así sea. Si vuestra reverencia viese que van a traer ganado, remítanos una porcioncita de incienso; que habiendo venido cargando los incensarios, se nos olvidó”.

Más adelante habla el padre de las dificultades e incomodidades que padecen, pero su resolución de seguir siempre adelante con su misión, sin perder nunca la fe ni la esperanza y seguramente sin siquiera imaginarse la ciudad que un día en el futuro se desarrollaría alrededor de esa su pequeña misión de San Diego de Alcalá.

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