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Junípero Serra, un santo de 3 naciones - Cap IV En la Ciudad de México

Con gran gozo fue recibido fray Junípero en el Colegio de San Fernando. Después de participar en las oraciones de la comunidad, el recién llegado manifestó que sentía la gran fe que se respiraba en ese lugar y pidió al superior le nombrara un director espiritual. El encargo recayó sobre el padre fray Bernardo Pumeda, misionero de mucha fama, que aceptó el encargo y el isleño se puso bajo su dirección como si fuera el más humilde de los novicios.


El proceso de evangelización


La vida de Junípero no se distinguía en cuanto a disciplina a ninguno de los otros novicios: vivía en una celda muy humilde, cumplía con todos los horarios y con todas las actividades, participaba del coro y de todas las devociones, y contagiaba a los que le rodeaban de su gran espíritu de humildad y de su gran amor a la oración y los sacramentos.

Mientras tanto, la necesidad de misioneros era enorme en los territorios que ya se conocían y en otros muchos a los que por las dificultades naturales, a la falta de recursos, y muchas veces la violencia de sus habitantes, había hecho imposible que se predicara y se pudiera establecer el cristianismo.

Las misiones de la Sierra Gorda de Querétaro se habían ya establecido, pero tenían muchos problemas, no había suficientes misioneros, así que se tenía que pedir ayuda a otros colegios, y cuando los padres regresaban, las misiones se quedaban sin estar atendidas.

Un día paseando por el huerto el padre superior con varios de sus compañeros entre los cuales se encontraba Junípero, se mencionó este asunto y la necesidad de trabajar en esa bella región, conforme la conversación avanzaba, el corazón del padre Serra se llenaba de celo apostólico y sentía que las palabras que escuchaba estaban dirigidas a él porque ese era su deseo desde hacía muchos años en España: llevar el mensaje de Jesús a todos aquellos que no lo habían escuchado o que habiéndolo hecho ya necesitaban consolidarlo y tener acceso continuo a la palabra de Dios y a los sacramentos.

-Aquí me tiene-, dijo el padre Serra, y junto con el padre Francisco Palou y otros seis, se hicieron los nombramientos respectivos y los preparativos para esta gran misión. Junípero, en especial, aumentó la intensidad de sus ejercicios espirituales para estar preparado a lo que Dios le fuera pidiendo en el camino de este inicio de su vida misionera.

Como antecedente histórico, diremos que en la región ya habían llegado con anterioridad los padres dominicos y en otro los padres agustinos, pero en el centro de su misión había quedado un espacio hueco habitado por lo indios de la nación Pame que no habían sido todavía evangelizados, por lo que los primeros misioneros franciscanos tuvieron el cuidado de no ir a los territorios en que ya trabajan los hijos de Santo Domingo y de San Agustín. En 1743 recibieron la autorización del Rey de España para fundar ocho misiones en la Sierra Gorda, cinco de ellas se encomendaron al Colegio de San Fernando y tres a los Padres Descalzos del Apostólico Colegio de Pachuca.

Encabezados por el padre fray Pedro Pérez de Mezquia, los misioneros empezaron a trabajar, sembraron una cruz en medio de un valle e iniciaron su labor. Pero es necesario recalcar que los misioneros no fueron tan sólo predicadores, sino civilizadores y realmente fundadores de nuestra nación. Así les empezaron a enseñar a los indios el cultivo de la tierra con mejores técnicas y les llevaron vacas y bueyes para su sustento y para el trabajo.

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