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Junípero Serra, un santo de 3 naciones - Cap III Un nuevo horizonte

Imaginemos las dificultades y peligros a los que se enfrentaban los que decidían cruzar el enorme océano para llegar a las Indias. Así, el 28 de agosto de1749 se embarcaban en Cádiz los padres en un barco no muy grande lleno de incomodidades y en el cual habrían de pasar varios sustos por el mal tiempo, estando a punto de naufragar poco antes de su llegada a Puerto Rico y sufrir mucho por la falta de alimentos y de agua, a tal grado que después escribe en sus memorias el buen padre que hubiera bebido gustoso agua del charco más inmundo, un buen entrenamiento de noventa y nueve días diríamos hoy para todo a lo que después tendrían que enfrentarse para poder cumplir su misión que de hecho ya había iniciado en el barco oficiando misa todos los días y confesando a todos los que lo solicitaban.


La vida de un beato


Al fin en la bella isla, el padre dio gracias a Dios y se dispuso en forma inmediata a iniciar una misión entre sus habitantes, aunque fuera breve. Su palabra era tan penetrante para los corazones, que la pequeña ermita de la Purísima Concepción no era suficiente para dar cabida a todos los que querían escucharle, por lo que le pidieron que en adelante sus prédicas fueran en la misma catedral, con los mismos resultados de un gran número de personas que se acercaron nuevamente a los sacramentos.

Se embarcaron el 2 de noviembre rumbo a Veracruz, y ya viendo las costas el 30 de ese mismo mes, les llegó la más terrible de las tormentas y el barco se fue rumbo a Campeche. Todos pensaron que perecerían y el padre no dejaba de rezar con más intensidad, invocando la intercesión de Santa Bárbara; y así, finalmente el 6 de noviembre desembarcaron en Veracruz.

Celebraron una misa precedida por uno de los padres dominicos, pero la predicación se la encargaron a Junípero. Como era de esperarse, su primer sermón fue muy emotivo y lleno de acciones de gracias para Dios y de esperanza, narrando lo que les había acontecido durante el viaje y dejando una magnífica impresión en todos los que le escucharon.

En ese entonces, el rey costeaba diligencias y caballos para que los misioneros pudieran llegar a la Ciudad de México; pero, para salir de inmediato y de acuerdo a como él interpretaba las reglas de San Francisco, pidió permiso para hacerlo a pie, y un misionero de Andalucía quiso acompañarlo.

No fue nada fácil recorrer el agreste y desconocido camino. Un día, en las montañas se encontraron frente a un río, no lo podían pasar y además hacía frío; de repente, a lo lejos les pareció que se veía una figura. Se acercaron y era un español que vivía por ahí cerca, que los ayudó e inclusive los hospedó en su casa. Al día siguiente se dieron cuenta que todo estaba cubierto de hielo, así que sin esta ayuda seguramente habrían muerto de frío. El padre siempre atribuyó la aparición del español a una ayuda de la Divina Providencia.

Al otro día, mientras caminaban, se encontraron a una persona que les pedía comida; le dieron lo único que llevaban y siguieron su camino. Y, cuando más hambrientos estaban, apareció un caballero a caballo que llevaba alimentos y los compartió con ellos. Así llegaron a una hacienda. Fray Junípero llevaba el pie inflamado. A la noche le dolía mucho y al día siguiente tenía una llaga ensangrentada que nunca se supo si fue porque le picó algún insecto, pero que le acompañó toda su vida, lo que nunca fue impedimento para que continuara sin sus épicas caminatas que lo llevaría un día hasta California.

Llegaron por fin a la Villa de Guadalupe, se detuvieron a dar gracias a la Virgen y a poco llegaron al Colegio de San Fernando, donde fueron recibidos con gran alegría; y enseguida se incorporaron a los rezos para dar gracias a Dios de su recorrido de ese día, era el  primero de enero de 1750 y Junípero tenía 36 años de edad.

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