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Edith Stein de filósofa judía a mártir cristiana - Cap XIII Despedida y comienzo

Fue extremadamente difícil. Después de un gran abrazo, la señora Stein no pudo soportar y se soltó en un llanto incontrolable. Edith suavemente la dejó en brazos de otra de sus hermanas y en compañía de Rosa y Else se encaminó a la estación. A lo lejos se oyó el grito de su sobrina Erika: “¡Qué te ayude el Eterno!”, y nadie más estaba para decirle adiós, como en otras ocasiones.


La vida de una santa


El camino a la estación fue de una lucha terrible. Pensaba que debería sentirse enormemente feliz por ir al encuentro de su vocación, pero la tristeza de su familia, y en especial de su madre, le provocaban un sentimiento de culpa que no podía evadir. El viaje en el tren no fue mejor: atravesaba bosques y campos que otras veces le inspiraban un sentimiento de paz y alegría, pero en esta ocasión más bien le parecían paisajes tristes.

Por fin llegó a Colonia, la recibió su catecúmena, que al día siguiente la invitó a tomar un café y le obsequió un ramo de crisantemos. Poco a poco la paz llegaba al corazón de Edith y así ingresó como novicia al Carmelo, donde tendría seis meses para irse adaptando a la vida del convento.

Tras las puertas del enorme edificio quedaba una trayectoria llena de luchas que la había encumbrado en el mundo de la filosofía, donde era ya ampliamente reconocida; ya no habría más auditorios llenos que la aplaudieran ni universidades que la invitaran a dar conferencias; ya no disfrutaría de las conversaciones con los maestros más famosos del mundo de la filosofía; pero sobre todo, ya no tendría el contacto con su amada familia. A todo eso había renunciado voluntariamente para acudir al llamado que le hacía El Señor para seguirlo de una manera más perfecta.

Además, en el convento sus compañeras eran jóvenes y de una formación muy pobre comparada con la de ella, y ni siquiera estaban al tanto de su trayectoria profesional. Eran por otra parte mucho más jóvenes; y por si fuera poco, tendría que dedicarse a tareas domésticas a las que ya no estaba acostumbrada. Pero nada de esto la turbaba, porque su alma estaba llenándose de una gran paz.

Pero la alegría natural de Edith regresó muy pronto y con docilidad obedecía; aunque era torpe en las manualidades, se esmeraba en aprender a usar el hilo y las agujas para coser. Se ponía gustosa al servicio de las demás, como lo había leído en Santa Teresa, y pronto las novicias la empezaron a ver como una hermana mayor y a acercársele para pedir su consejo.

Edith había dicho durante sus conferencias que el corazón femenino está completamente unido al corazón divino; por eso, no espera recompensa alguna, sino que amará gratuitamente; y ahora tenía la oportunidad de demostrar  que lo que había enseñado en la etapa anterior de su vida se podía hacer realidad.

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