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Edith Stein de filósofa judía a mártir cristiana – Cap XII Puñalada Divina

¿Qué vas a hacer en Colonia?, le preguntó su hermana Erna, mientras la estaba ayudando con lo que le faltaba para concluir con su mudanza. Edith respondió con una aparente tranquilidad: “Me voy a hacer religiosa carmelita”. Y Erna sintió como si recibiera una puñalada que viniera del cielo, y pensó que en la vida -a veces sin quererlo- las situaciones hacen felices a unas personas y a otras les causa un profundo dolor. No dijo nada, ni trató de convencerla, porque sabía que todo sería inútil.


La vida de una santa


El primer domingo de septiembre se encontraban solas en casa Edith y su mamá. La señora de setenta cuatro años le preguntó a su pequeña a qué se iba a dedicar en Colonia. Edith fue tomada por sorpresa y tardó un instante que le pareció eterno en poder contestar. Sintió una opresión en el pecho y que le faltaba la respiración, y al fin dijo: “Voy a vivir con las carmelitas”.

El tejido cayó de las manos de la afligida madre; para ella había sido un golpe terrible -que todavía no superaba- que Edith se hubiera convertido al catolicismo; pero que ahora quisiera ser monja, era demasiado para ella. Sin embargo, guardó silencio; pero en los días siguientes ese silencio hizo vacío entre ambas, a tal grado que Edith pensó que alguna de las dos de iba a enfermar. Conforme la familia se fue enterando, la situación para  la futura monja se tornó todavía más difícil. Una de sus sobrinas que era muy practicante, con gran fuerza trató de hacerla desistir de algo que para ella era un terrible error, era dejar la verdadera religión por una falsa.

El 12 de octubre era el cumpleaños de Edith y coincidía con la fiesta de los Tabernáculos que antiguamente era una fiesta de la cosecha y luego se relacionó con los años en que el Pueblo de Dios estuvo en el desierto antes de llegar a la Tierra Prometida. 

Edith acompañó a su mamá en tranvía a la sinagoga y escuchó con mucha atención al rabino. A la salida, su mamá quiso que regresaran a pie y le preguntó: ¿Te gustó el sermón? Edith respondió que sí. Entonces dijo la mamá: “¿Verdad que aquí también se puede ser religiosa?” “Sin lugar a dudas -respondió Edith- pero no cuando has conocido a otra persona”, refiriéndose a Jesús. La anciana respondió: “Yo no tengo nada contra Él; seguramente fue una buena persona, pero no puedo entender que se haya equiparado a Dios”. Todas las palabras de su madre eran verdaderas puñaladas para Edith.

Por la tarde, después de muchas visitas, se quedaron solas; entonces, la señora no pudo más y rompió en un llanto incontenible. Edith, con el alma destrozada, se acercó y puso la blanca cabeza entre su pecho y lloró también con ella. Por la noche durmieron juntas, sumidas ambas en una pena indescriptible, era como si cada una hubiera recibido una puñalada Divina que no podían explicar.

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