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Dejando una estela de sonrisas

El panorama de la vida se presentaba muy poco favorable al quedar huérfano de madre a los pocos meses de vida. Por alguna circunstancia, cuando su papá se volvió a casar, no se lo llevó con él y vivió con la abuela, y luego con las tías. Todas magníficas personas, pero con poco carácter para educar a un niño demasiado inquieto y lleno de vida.


La vida de un gran hombre


Y por poco y se lo lleva el tren; es decir, en forma literal sufrió un accidente de lo más extraño. Resulta que, teniendo como doce años, su nana –en aquella época en Mérida no se requería ser de la clase acomodada para tener nana– regresaba de Campeche por tren y él quería ir a recogerla; claro que no le dieron permiso, cosa que no era ningún problema y se fue. Al parar el tren, subió a un vagón, cuando de pronto se dio cuenta que estaba sangrando y con una varilla enterrada en la entrepierna. Resulta ser que, mientras el tren estaba en la estación, llegó un carguero que no frenó y se estrelló contra el de pasajeros. Pronto todo Mérida conocía la noticia.

Pero su Ángel de la Guarda trabajó y el primero en verlo era casualmente el doctor de la familia, que después de la sorpresa de encontrado entre las víctimas del accidente, se fue en la ambulancia, y llegando al hospital organizó de inmediato la operación. Tres meses tardó en recuperarse y fue así como salvó la vida en un accidente en el que nunca debió estar involucrado.

Pasó el tiempo y sus parientes en Mérida decidieron enviarlo a México. Salió primero rumbo a Coatzacoalcos, donde se encontraba su papá en un barco carguero, que se descompuso en alta mar. Ahí estuvieron a la deriva hasta que otro los rescató y pudieron llegar al puerto donde pasó una temporada.

En la gran ciudad llegó a vivir con una tía viuda del que había sido secretario de Educación en Yucatán, el profesor David Vivas, que junto a la dedicación al magisterio en el que puso todos sus esfuerzos, cultivó la poesía y la escritura. Publicó en las principales revistas y periódicos de su época, siendo reconocido por su pluma y sus aportaciones pedagógicas. Publicó “El Niño Proletario”, libro de lectura para el segundo año de Educación Primaria Elemental, el cual, fue muy bien recibido por la crítica y por los alumnos en las aulas de los muchos centros escolares donde se utilizó. El libro fue reeditado en varias ocasiones. Ella, una mujer de un carácter recio, que inclusive había vivido sola en Nueva York, con unos valores cívicos y humanos muy firmes, de un gran sentido del honor y con la firme idea de que a las personas no había que ayudarlas con limosnas, sino enseñándolas a trabajar y a que desarrollaran lo mejor de sus talentos. Así que el joven Jorge recibió unas instrucciones muy sencillas: “Aquí para comer hay que trabajar y estudiar”.

Muchas vicisitudes pasó el joven e ingresó a estudiar la carrera de Contador Público Auditor, donde conocería a Francisco Cano Santa Ana, de características muy diferentes a él: ordenado, organizado, el ejemplo de la corrección total, con el que, de forma increíble desde el punto de vista humano, dadas sus diferencias de carácter, tendría  una amistad que duraría toda la vida.

Por esta amistad Jorge conocería a toda la familia, y participaría junto con otro grupo de amigos de muchísimas actividades y paseos inolvidables por los pueblos y campos de México, contagiando siempre a todos de su alegría, optimismo y bromas de las que nadie se podía escapar.

Así se enamoró de una de las hermanas de la familia Cano, que era muy bonita pero un tanto seria, por lo que –según él mismo contaba– pensaba siempre que no le haría caso; sin embargo, se casaron, y así quedó plenamente integrado a una familia que de hecho ya consideraba como suya. Llegaron cinco hijos; Jorge, Gerardo, Humberto, Mauricio y Susana.

Con mucho esfuerzo llegó a ser gerente de una empresa financiera, y emprendió la aventura de embarcarse en la compra de una casa en un lugar que en aquel entonces estaba como en otra órbita: Ciudad Satélite, en el año de 1958, y llegando a vivir en 1959, cuando no se soñaba que un día existiría siquiera el famoso periférico y donde lo único que circulaba por las calles eran vacas, burros y caballos de algunos ranchos cercanos.

Muchos de sus amigos no tuvieron la suerte de tener una tía que los encaminara o una familia que los acogiera, así que él siempre los apoyó con su optimismo, pero también con préstamos de los que desde luego nunca esperaba recuperar nada. En realidad, ésa fue una de las claves del éxito de su vida: no esperar nada a cambio de lo que daba: amistad, cariño o dinero.

Pero llegaron tiempos difíciles. La situación económica se tornó muy difícil. Aun así, conservó su optimismo y confianza en Dios; y después de varios giros llegó a un medio que desconocía, que era el de los bienes raíces, pero en el que a base de gran esfuerzo encontraría nuevamente una estabilidad económica.

Era un gran deportista y todos los años mis primos y nosotros esperábamos el resultado del torneo del pavo del Deportivo Chapultepec y le veíamos llegar con una gran sonrisa y la cena de Navidad. Después, al irse a vivir a Cocoyoc, cambiaría a jugar tenis, en donde se mantuvo activo hasta los ochenta años.

Su carácter era siempre alegre, se sentía bien en todos lados y a todos hacía sentir bien; no importaba si el que estaba enfrente era un gran empresario, el jardinero o la mesera del restaurante, para todos encontraba una forma de hacerlos sonreír y de gastarles alguna broma.

Tiempo después de la muerte de mi mamá Margarita, que le fue muy dolorosa, contrajo matrimonio con Irma Herrera, que es una gran mujer y estuvo a su lado hasta el final con un amor y una devoción notables.

Conservó esta forma de ser hasta su último aliento; pero al mismo tiempo, en los últimos años, su mirada estaba más en Dios. Decía que constantemente estaba dialogando con Él de una manera muy sencilla, agradeciéndole todo lo que le había dado, porque para él su vida estaba llena de felicidad. Defectos decía que había tenido muchos, errores y equivocaciones también; pero que con la ayuda de Dios y de los demás fue saliendo siempre adelante.

El sábado 21 de febrero de este año lo encontramos sumamente agotado, le costaba mucho hablar y más levantarse de su sillón. Aun así, disfrutó viendo fotografías de los hijos, nietos y bisnietos. En un momento determinado le dijo a Tere, mi esposa, que él ya se había puesto completamente en manos de Dios.

El martes 24, estando sentado en su sillón favorito durmiendo, simplemente se entregó en brazos del Señor y se fue con una tranquilidad envidiable a la Casa del Padre, a donde todos queremos llegar un día.

Quise compartir con ustedes la semblanza de Jorge Alberto Espinosa López, mi papá, porque creo que fue un hombre y un mexicano que sin aparecer en los titulares de los periódicos o haber hecho hazañas para los libros de récords, pasó sembrando alegría a todos los que lo rodearon y así ha sido testimoniado por muchos de sus amigos y aun conocidos, y al hacerlo ha dejado un mundo un poco mejor, que es a final de cuentas la labor a la que creo que todos estamos destinados.

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